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                                                                                                                                                                        Don Rosendo

                             

 
 
 
       
 

Don Rosendo

Pablo MOSQUERA

El Progreso, 12 de febrero de 2008

     
     
 

En marzo habría cumplido 99 años, de los que 75 los dedicó a la Iglesia como sacerdote. En Junio, el día de los Apóstoles, Pedro y Pablo, habría hecho las bodas de platino siendo el sacerdote más veterano de la Diócesis de Mondoñedo. En este febrero, más loco por el cambio climático, le dimos tierra en el camposanto de su parroquia de Santa María de Lieiro, a un hombre de Dios, austero hasta sus últimas consecuencias; tras un funeral de cuerpo presente en el que participaron, presididos por el Vicario de la Diócesis, treinta y cuatro sacerdotes, en un homenaje al decano, al hombre que forma parte de la historia del siglo XX en San Cibrao, donde: casó, bautizó, confesó y enterró, a varias generaciones de mariñanos.

Tengo una foto, delante de la casa del Mira Mar, en la que mi hermano está vestido con la ropa de la primera comunión, con Don Rosendo, con mi padre, y mis ocho años, con evidentes signos de una pedrada recibida en la cabeza, en una de aquellas batallas entre los del Puerto de Arriba y los del Puerto de Abajo, del pueblo en el que todo el mundo, obedecía a la Iglesia Católica que administraba el sacerdote, serio, metódico, escrupuloso y fiel seguidor de la curia española de los años de la posguerra, temerosa de Dios y aislada de Europa y convencida de ser la reserva espiritual de la cristiandad.

Pero el tiempo fue pasando. cada vez le costaba más llegar hasta el quiosco de Juana Mari, para comprar El Progreso; paseo que aprovechaba para enterarse de lo que acontecía, fuera de su morada de piedra, con balconada abierta, y puerta de recia madera, y la cocina que mira al sur, al lado de un conjunto que forman, casa cural, fuente de agua, huerta con frutales e iglesia parroquial.

En el funeral me volví a encontrar con los rostros de mi gente. Los que hicimos el catecismo en los primeros bancos, de madera, de rodillas, antes de la misa de los domingos. Con las chicas del otro lado, que hoy son señoras con nietos, y que me recordaban lo que significó el párroco de toda la vida, el hombre que representaba la ortodoxia de la Iglesia más obediente y circunspecta en la liturgia, que se tuvo que ir adaptando al mestizaje generacional, cuyo ejemplo está en como viven los curas de hoy, mezclados entre el paisaje y paisanaje, y como vivían los curas, como Don Rosendo, que trataba de ser la autoridad que venía de Dios, y los gendarmes de buenas costumbres, el decoro y el cumplimiento de las normas de la Santa Madre Iglesia. Pero con todo, Don Rosendo era un hombre de fe. Un soldado de la doctrina. Un asceta de la vida. Un tímido. Un hombre sorprendente, capaz de darme el más entrañable de los abrazos, el día que ofició el funeral por la muerte de mi padre.

Me contaban: Carlos y Suso, los sacerdotes titulares de las parroquias del Concello de Cervo, de los últimos tiempos, que siempre les había respetado, a pesar de los cambios que trajeron consigo, los nuevos y jóvenes curas, perfectamente integrados con las gentes.

Las mujeres como Sagrario y Esperanza, estaban tristes. Se marchaba para siempre un símbolo del pueblo. El eslabón que había "dado continuidad" a una generación tras otra. El notario de toda una larga etapa del siglo XX, el hombre que daba fe de nuestros compromisos religiosos, de la pila bautismal, hasta el momento de recibir los últimos auxilios en el tránsito hacia la tierra de la que formamos parte en un ciclo orgánico.

Me emocionó oír como la última canción que sonó en la iglesia que preside una talla románica de una Virgen del siglo XII, fue "La muerte no es el final", por haberla cantado en tantos funerales de militares y guardias civiles, cada vez que ETA hacía de las suyas. Entonces, el viejo reloj de la sacristía sonaba como lo hacía antes de la misa que oficiaba Don Rosendo en el Puerto de San Cibrao, ese lugar mágico, en cuyo museo del mar hay infinidad de fotografías de actos religiosos dedicados a nuestra patrona del carmen, que preside Don Rosendo.

     
   
   
   
 
 

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