| |
"Hace
algunas cuantas semanas, con motivo de una reunión con algunos de mis
antiguos compañeros de curso, estuve en el Seminario de Mondoñedo. Allí
tuve la ocasión de adquirir un curioso libro, de más de setecientas
páginas, bajo el título Un alpendre de sombra e de luar: A escola
literaria da diócese de Mondoñedo-Ferrol, en el que Félix Villares
Mouteira nos presenta toda una galería de poetas con lo más sobresaliente
de su producción, cuyo denominador común es -y no otro- el haber pasado
por las vetustas aulas de nuestro Seminario Conciliar. La verdad es que
desde poco tiempo atrás -leí, creo recordar, alguna concisa reseña en la
prensa- tenía noticia de su reciente publicación, por lo que sentía un
especial deseo y curiosidad por echarle una ojeada a un libro tan
singular, donde, suponía, me iba a encontrar -como de hecho fue así- con
alguna que otra sorpresa.
Sorpresa, en primer lugar,
por desconocer la vena poética de personas que llegué a conocer cuando yo
era seminarista, y, por otro lado, porque desconocía - o por lo menos
había olvidado- el pasado seminarístico de varios de los poetas famosos
aquí incluidos, como,
por ejemplo, Pastor Díaz o Trapero Pardo. Y, en fin, sorpresa también en
algún otro caso porque ignoraba totalmente las dos facetas de seminarista
y poeta de alguna persona que conocía por otros motivos.
En el libro
pensaba, desde luego, encontrarme con el poeta gallego de mi niñez -fue
cura de mi parroquia de San Xiao de Narón- José Crecente Vega, cuyo libro
Codeseira lía -todavía conservo- cuando apenas tenía diez años. Pensaba
también - ¿cómo no?- en el insigne poeta mindoniense Noriega Varela, así
como en Chao Espina junto con mi recordado profesor de latín -¡y de
Poética!- D. Francisco Fanego Losada, que era capaz de escribir poemas
latinos en perfectos hexámetros. Esperaba así mismo poder leer alguna
composición de mi también inolvidable y querido profesor D. Uxío García
Amor, de quien no sabría decir si es mejor músico que poeta: sus sonetos
me encantaron. No estaba tan seguro de encontrar, no obstante, a mi buen
amigo Lázaro Domínguez, el poeta más laureado de la poesía castellana,
pues, aunque es Gallego -de segundo apellido- no lo es de nacimiento y
nunca le escuché, hablar en nuestra lengua autonómica: la única
composición que aquí se incluye, recordando a nuestro vate ferrolano,
Pérez Parallé, la encuentro de una calidad poética y lingüística
indiscutible.
No puedo,
obviamente, referirme a todos los poemas que componen esta simpática
antología, ni siquiera nombrar a todos y cada uno de sus autores, que
suman más de medio centenar a partir de los inicios del siglo XIX. Entre
mis poetas conocidos personalmente, no puedo por menos de nombrar a D.
José Cascudo, a quien no sabía poeta, pero sí buen matemático -me dio
Geometría- y ¿cómo olvidar sus famosos zuecos de cuero de fondo de madera
que, por lo visto, él mismo fabricaba? ("Hay que trazarle una
perpendicular a los zuecos de Cascudo", gritaba en una ocasión un
compañero mío sonámbulo). No puedo, en fin, olvidar a mis queridos
compañeros: el polifacético Pedro Díaz Fernández -cura, biólogo,
alfarero... y ahora poeta-, a B. García Cendán y, desde luego, al
malogrado y siempre llorado A. Martínez Barcón "Ámbar", con quien tanto he
compartido en mis primeros años de Seminario.
Es necesario,
desde luego, agradecer
a Félix Villares por esta pequeña y curiosa muestra literaria, cuya
compilación debió de ser harto dificultosa, pues -por lo menos en algunos
casos- tendría que ir precedida de una exhaustiva y rigurosa
investigación, no siempre fácil.
A pesar de todo, seguramente aquí habrá que aplicar -como siempre ocurre
en este tipo de publicaciones- aquello de que no están todos los que son
o, probablemente, tampoco sean todos los que están. En este último sentido
hay que reconocer que el compilador fue un tanto generoso, cosa que no me
parece mal, pues, claro está, no peca el generoso, sino el avaro...
Pero tampoco
hay que pasarse. Y yo creo que Félix Villares se pasó una pizca al
pretender meter toda esta pléyade de poetas nada menos que en el
rimbombante -y no menos pretencioso- saco de "escola literaria de la
diócesis de Mondoñedo-Ferrol". Por mucho que se pretenda, difícil -por no
decir imposible- será encontrar vínculos propiamente literarios en poesía
de estos autores, que lo único que tienen en común es haberlo sido, en
épocas muy distintas, alumnos del Seminario de Mondoñedo, donde por cierto
la enseñanza de la literatura nunca fue plato fuerte. |