diócesis de mondoñedo-ferrol

                      

                                                                                                                                                                    restringir para compartir

                             

 
 
 
       
 

Restringir para compartir

Antonio RODRÍGUEZ BASANTA

Heraldo de Viveiro, 7 de diciembre de 2007

     
     
 

Basta pararnos un momento para pensar y darnos cuenta de que para vivir no precisamos tanto como creemos. En Occidente, en este “primer mundo” desarrollado, estamos en la era de la abundancia y el despilfarro, que escandalosamente contrasta con el otro “mundo empobrecido” que no interesa, únicamente para extraer sus materias a bajo coste económico y a alto precio humanitario.

 

Si tuviéramos un mínimo de curiosidad por conocer las condiciones de vida de estas tres cuartas partes de la humanidad caeríamos en la cuenta de que no somos el ombligo del mundo y que hay otras personas, incluso muy cerca de nosotros, y otros pueblos que tienen tanto derecho como nosotros a vivir y a vivir con un mínimo de calidad de vida y bienestar. Si tuviéramos ese mínimo de curiosidad, puede que antes de comprar y gastar echaríamos las cuentas y no nos dejaríamos llevar ciegamente por el impulso consumista.

 

Existe una red, unas veces solapada y otras más descarada, de intereses económicos que sin escrúpulos y sin una pizca de humanidad deja en la estacada a los más débiles. Todo con tal de sacar rentabilidad y enriquecerse a costa de lo que sea y de quien sea.

 

Precisamente en estas fechas que se avecinan es cuando más se manifesta esta fiebre consumista. Los reclamos publicitarios y las campañas comerciales con sus trucos hacen que caigamos fácilmente en esta trampa. Somos manipulados, compramos lo que no precisamos, no somos capaces de salir de la rutina del “usar y tirar”, del “producir para consumir”. Pensamos que la mejor manera de regalar es gastar, cuando la persona que queremos nos está pidiendo otras cosas que no dependen de nuestro bolsillo, sino del corazón: cercanía, compañía, atención, paciencia, cariño...

 

Escribía hace poco el monje benedictino alemán Anselm Grün: “todavía cuando tengamos muchas cosas, no podemos comprar el placer de vivir”. Y finalizaba con este refrán griego: “nada contenta a quien no se contenta con poco”.

 

La Navidad siempre es buena para pensar en los otros, para tomar conciencia de las carencias y necesidades de nuestros semejantes y actuar. Para restringir al menos en parte nuestros gastos y compartir. Para hacer de nuestra convivencia una sociedad más solidaria, de nuestro progreso un futuro sostenible para nuestros nietos, de nuestro bienestar una casa de puertas abiertas para acoger, partir el pan  - el pan ganado y trabajado, el pan regalado y saboreado -  y conversar.

 

Tenemos infinidad de ocasiones para llevarlo a cabo. Siempre podemos ayudar a alguien, eso si, sabiéndolo hacer evanlicamente: no tocando la campana para que todos se enteren ni desde nuestra autosuficiencia, sino humildemente “sin que a tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha, y también agradecidamente, porque “hay más alegría en dar que en recibir”. Incluso a través de Cáritas, Manos Unidas, o cualquiera de las ONGs que merezca nuestra confianza.

 

Es aquello que escribió Benedicto XVI en su  libro “Jesús de Nazaret”: “A Dios puede verse con el corazón: la simple razón no basta”. Así lo vio María y José, los pastores y los Magos. Así, “con el corazón”, también podemos y debemos verlo nosotros, a través del hermano que nos necesita.

 

Nunca es tarde para comezar.

     
   
   
   
 
 

                       (c) diócesis de mondoñedo-ferrol                             www.mondonedoferrol.org                                      2008                                   mcs@mondonedoferrol.org