|
Basta pararnos
un momento para pensar y darnos cuenta
de que para vivir no precisamos tanto como creemos.
En Occidente, en este “primer
mundo” desarrollado, estamos en la
era de la abundancia y el
despilfarro, que escandalosamente contrasta con el
otro “mundo empobrecido” que no interesa, únicamente
para extraer sus materias a
bajo coste económico
y a alto precio humanitario.
Si tuviéramos
un mínimo de curiosidad por conocer las
condiciones de vida de estas
tres cuartas partes de la humanidad caeríamos
en la cuenta de que no somos
el ombligo del
mundo y que hay otras personas,
incluso muy cerca de nosotros,
y otros pueblos que tienen
tanto derecho como nosotros
a vivir y a vivir con
un mínimo de calidad de vida y bienestar.
Si
tuviéramos ese mínimo de curiosidad, puede
que antes de comprar y gastar
echaríamos las cuentas
y no nos dejaríamos llevar
ciegamente por el impulso
consumista.
Existe una red,
unas veces solapada y otras más descarada, de
intereses económicos que sin escrúpulos y
sin una pizca de humanidad
deja en la estacada a
los más débiles. Todo con tal de sacar rentabilidad
y enriquecerse a costa de lo
que sea y de quien sea.
Precisamente
en estas fechas que se avecinan
es cuando más se manifesta
esta fiebre consumista. Los
reclamos publicitarios y las
campañas comerciales con sus
trucos hacen que caigamos
fácilmente en
esta trampa. Somos manipulados, compramos lo
que no precisamos, no somos capaces de salir de
la rutina del “usar y
tirar”, del “producir para consumir”. Pensamos que
la mejor manera de regalar
es gastar, cuando la
persona que queremos nos está pidiendo
otras cosas que no dependen de nuestro
bolsillo, sino del
corazón: cercanía, compañía, atención, paciencia,
cariño...
Escribía
hace poco el monje
benedictino alemán Anselm Grün: “todavía cuando
tengamos muchas cosas,
no podemos comprar el placer
de vivir”. Y finalizaba con
este refrán griego: “nada contenta a quien
no se contenta con poco”.
La Navidad
siempre es buena para pensar
en los otros, para tomar conciencia de las
carencias y necesidades de nuestros
semejantes y actuar. Para
restringir al menos en parte
nuestros gastos y compartir.
Para hacer de nuestra
convivencia una sociedad más solidaria, de
nuestro progreso un futuro sostenible
para nuestros nietos, de
nuestro bienestar una casa
de puertas abiertas para acoger,
partir el pan - el pan ganado
y trabajado, el
pan regalado y saboreado - y
conversar.
Tenemos
infinidad de ocasiones para llevarlo
a cabo.
Siempre podemos ayudar
a alguien, eso si, sabiéndolo
hacer evangélicamente: no
tocando la campana para que
todos se enteren ni desde nuestra autosuficiencia,
sino humildemente “sin que a
tu mano izquierda
sepa lo que hace
tu derecha”,
y
también agradecidamente, porque “hay
más alegría en dar que en recibir”. Incluso a
través de Cáritas, Manos
Unidas, o cualquiera
de las ONGs que merezca nuestra
confianza.
Es aquello
que escribió Benedicto XVI en su
libro “Jesús de Nazaret”: “A Dios
puede verse con el
corazón: la simple razón no basta”. Así lo
vio María y José,
los pastores y los
Magos. Así, “con el corazón”, también
podemos
y debemos verlo
nosotros, a través del hermano que
nos necesita.
Nunca es
tarde para comezar. |