El poeta que soñaba con Dios...

¿Lo habéis adivinado ya?

Antonio Machado Ruiz (Sevilla,1875-Colliure (Francia),1939)  fue uno de los principales escritores de la Generación del 98, junto con su hermano Manuel, que era un año mayor. Se había formado en la llamada Institución Libre de Enseñanza.

Tuvo una vida muy agitada en muchos sentidos: académicamente, políticamente, afectivamente. Aunque considerado agnóstico y anticlerical (no es lo mismo), la fe siempre anduvo “rondando sus murallas”. Él lo decía así: “En el fondo soy creyente en una realidad espiritual opuesta al mundo sensible”.

Y así lo dejó traslucir en muchos de sus poemas.

De su infancia en Sevilla conserva el recuerdo siempre vivo de la Semana Santa con su:

SAETA                                                                                                                                                    
¿Quién me presta una escalera para subir al madero,
para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!


El mar, que presentía, río abajo, es  el que le recuerda a Dios:

Dios no es el mar, está en el mar, riela
como luna en el agua, o aparece
como una blanca vela;
en el mar se despierta o se adormece.
Creó la mar, y nace
de la mar cual la nube y la tormenta;
es el Criador y la criatura lo hace;
su aliento es alma, y por el alma alienta.
Yo he de hacerte, mi Dios, cual tú me hiciste,
y para darte el alma que me diste
en mí te he de crear. Que el puro río
de caridad que fluye eternamente,
fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío,
de una fe sin amor la turbia fuente!

Este Dios que, como el mar  va y viene, que crea y es “creado” y que intenta ser creído con una amorosa fe.


Todos recordamos los versos del “Caminante…” tan temblorosamente cantados por Serrat. Pues resulta que:

¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar?...
Todo el que camina anda,
como Jesús, sobre el mar.

 

Y cuando pierde a su amada, suena su queja amarga:

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar. 


Dice un himno de la Liturgia de las horas: “De noche  eran los sueños tu lengua más profunda…” (Martes II Visp.) , y el poeta sueña, y sueña en ÉL:

Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñé que Dios me oía...
Después soñé que soñaba.

***

Todo hombre tiene dos
batallas que pelear.
En sueños lucha con Dios;
y despierto, con el mar.

***

Anoche soñé que oía
a Dios, gritándome: ¡Alerta!
Luego era dios quien dormía.
y yo gritaba: ¡Despierta!

¿No os recuerda esta última frase el grito de los apóstoles cuando la barca se hundía?


Pero el sueño más conocido de Machado es éste, que muchos nos sabemos de memoria:

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Dí: ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

Las tres primeras estrofas (sueños) son una prefiguración de la última, donde Dios se manifiesta ya en el sueño-ilusión.

La primera es una fuente misteriosa y desconocida. San Juan de la Cruz le hubiera respondido: “Qué bien sé yo la fonte/que mana y corre/aunque es de noche...”.

La segunda es una colmena donde, por obra de las doradas abejas, las viejas amarguras se transforman en blanca dulzura. “Vuestra tristeza se convertirá en gozo...”.

La tercera sube de tono y es nada menos que un sol, cercano y hogareño, pero también radiante de luz. No se puede mirar directamente el sol sin que nuestros ojos se cierren o lloren.

Finalmente, quien está detrás de la fuente, de la colmena y del sol es ¡el mismo DIOS!
Ojalá el poeta se haya encontrado realmente con este Dios, tantas veces soñado, cuando cerró sus ojos definitivamente en el destierro.

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*He utilizado el libro “Dios en la poesía actual”, de Ernestina de Champourcin (Madrid 1970), gracias al escritor ferrolano Luis Alonso Girgado, que me lo regaló. También la “Antología poética” (Madrid, 1969).

Publicado: 19/05/2016: 5130
Rosendo Yáñez Pena

A Pedra (1935) - Sacerdote - Capellán de la residencia 'Mi Casa'-Ferrol