Bodas de Oro Sacerdotales del Cardenal Rouco Varela        

      Reportaje en la revista ALFA Y OMEGA

      Abril de 2009

                                                                     

 
 
 
   

REPORTAJE

 

         

 

Antonio Mª

 Rouco Varela

50 años

de sacerdote

 

 

 

 

Revista ALFA Y OMEGA

nº 634/26-3-2009

Edición Nacional

 

 

 

 

"TENGO A UN CARDENAL

ENTRE MIS ANTIGUOS

ALUMNOS"

D. ENRIQUE CAL PARDO

Deán de la Catedral de Mondoñedo

 

DE RECUERDOS

Y PASEOS

POR TIERRAS DE GALICIA

D. EUGENIO GARCÍA AMOR

Cura-Párroco de Santa María de Vilalba

       
       
       
 

LA MISMA ILUSIÓN

D. ÁNGEL PAZ GÓMEZ

Vicario Judicial de Mondoñedo-Ferrol

 

UN NIÑO QUE PROMETÍA

D. JOSÉ BELLO LAGÜELA

Cura-Párroco de Santiago de Viveiro

   
   
   
 

 

 

"TENGO UN CARDENAL ENTRE MIS ANTIGUOS ALUMNOS"


 

Monseñor Francisco Barbado, obispo
de Salamanca, impone las manos al nuevo
presbítero Antonio María Rouco

Los mayores vivimos de recuerdos. Nos olvidamos del presente, para limitarnos a unos cuantos retazos del pasado. Pero también éstos se van desdibujando poco a poco. Alguna, no obstante, se conserva con frescura en la mente. Entre los recuerdos de mis años de profesor y formador joven del Seminario de Mondoñedo, persiste uno con rasgos destacados: es el de aquel seminarista niño y adolescente a quien todos llamaban Tucho (Antonio María) Rouco Varela. La mayoría de los seminaristas eran (y fuimos) hijos del ambiente rural. A él se le notaba un no sé qué de hijo de villa. Así era: de Villalba (Lugo).
La vida del seminario de aquel entonces, en la que él estaba sumido, era de oración y estudio, con sus recreos, juegos, preferentemente el fútbol, con sus paseos de jueves y domingos, en los que los alumnos semejaban una serpentina zigzagueante, debida al color rojo de sus becas y la borla de sus bonetes, en contraste con el negro de sus sotanas. Por aquel entonces, el tráfico por las carreteras de acceso a Mondoñedo no impedía que pudiesen desfilar de dos en fondo, hasta llegar a un lugar acogedor, que permitiese detenerse y descansar un rato.


No eran aquellos tiempos años de abundancia en los seminarios. Para paliar un poco esa deficiencia, me imagino que en las bolsas de ropa limpia que semanalmente recibía (y que le hacía llegar Suso de Federico desde Villalba), le llegaba, además del mimo de su madre, algún producto alimenticio. Como quiera que las cartas que escribía a sus padres y remitía en las bolsas de la ropa no pasaban por las manos de los formadores (llamados entonces superiores), no puedo certificar la frecuencia de las mismas.


Los libros ocupaban todas las horas de estudio de nuestro protagonista; de su atención y actividad en las clases daban fe sus profesores y las notas que a fin de mes iba a recoger de manos del Rector. A no dudarlo, siempre escuchaba de los labios de éste la misma frase: «Muy bien, sigue por ese camino». Los estudios no le obligaban a estar siempre inclinado sobre los libros. Le permitían seguir con detalle la marcha de la Liga de fútbol; si bien ignoro si lo hacía siempre con medios del todo legítimos.
A través de la clase de segundo curso de Lengua Griega, en la que me tuvo de profesor, comprendí sus relevantes cualidades intelectuales. Y mi opinión era compartida por todos los demás profesores. Pero un pequeño detalle hizo darme cuenta de que atesoraba otras cualidades, como eran las musicales. Un verano se propuso aprender a tocar el piano. Cuando regresó al seminario en el mes de octubre, pude percatarme de que poseía un notable dominio del piano, como si le hubiera dedicado un curso completo. Así iban aflorando, cada vez con más claridad, sus cualidades, tanto intelectuales como musicales.



Compartiendo docencia

Terminados en Mondoñedo los estudios de Humanidades y Filosofía, marchó a Salamanca, a cursar los estudios teológicos. De allí, a Munich, en donde obtuvo el doctorado en Derecho Canónico. Volvimos a encontrarnos en los dos años en que ambos explicábamos Teología en el seminario mindoniense. Vuelve de profesor a Munich y, más tarde, se incorpora a la Universidad Pontificia de Salamanca. Volvimos a coincidir en Santiago de Compostela, primero, en la primera sesión del Concilio gallego. Más tarde, nos volvimos a encontrar en la Ciudad del Apóstol, él en condición de obispo auxiliar, primero, y de arzobispo titular, después, mientras que yo impartía unas clases en el Instituto Teológico Compostelano de la misma localidad.
La formación y docencia de alumnos tiene momentos difíciles y de grandes sinsabores. Pero cuando uno vuelve la vista atrás y descubre entre sus pasados alumnos a un cardenal de la Iglesia, se da todo por bien empleado. Por eso hoy mi alma se inunda de alegría.
No he tenido la suerte de acompañarle en el momento de su ordenación sacerdotal y Primera Misa. Por eso, cincuenta años más tarde, acepto gustoso la invitación de participar en los actos de sus Bodas de Oro sacerdotales, siquiera sea a través de estas sencillas líneas, con las que quisiera significarle todo mi afecto, mis mejores deseos y mi más profunda gratitud por la confianza que depositó en mí en ciertos momentos.
Que en estos días pueda rememorar con alegría desbordante todos aquellos sentimientos que inundaron su alma sacerdotal en el momento de su ordenación y Primera Misa.


Enrique Cal Pardo
Deán de la catedral de Mondoñedo

 

 

   
   
   
   
 

DE RECUERDOS Y PASEOS POR TIERRAS DE GALICIA

 

Iglesia parroquial de Santa María, de Villalba (Lugo)

Cuando van a cumplirse las Bodas de Oro de la ordenación sacerdotal de nuestro entrañable cardenal Rouco Varela, no podemos menos de evocar sus raíces familiares y sus raíces cristianas, que tienen en la tierra gallega de Villalba (Lugo) una densa vitalidad y permanencia. En la Hoja mensual de nuestra parroquia, en marzo de 2007, se publicó una breve semblanza del cardenal que comenzaba así: «Entre las figuras que siguen dejando marca en nuestra pequeña historia no puede faltar el cardenal vilalbés Antonio Rouco Varela. Él sigue compartiendo nuestra vida desde su misión pastoral en Madrid, y goza aquí de nuestra acogida y de la valiosa aportación que nos hace con su servicio y con su patrocinio». Revisando los libros parroquiales, constatamos que tuvo cinco hermanos mayores que él: Manuel, María Eugenia, Visitación, Vicente y José. Su casa natal, situada en una de las calles más tradicionales de Villalba (Porta de Cima), sigue ofreciéndonos un mensaje de fraterna vecindad y de abundante comunicación.



Sus años iniciales

Los que compartieron aquellos años escolares del cardenal -conocido entonces como Tucho- evocan tantos momentos de su vida y de sus juegos, que giraban en torno a la plaza de Santa María y en la escuela de una maestra -doña Amelia- de la que el cardenal Rouco guarda siempre una memoria agradecida. Muchas veces ha aludido cariñosamente a ella en los diversos comentarios y homilías de nuestra iglesia.
Más tarde, a lo largo de sus estudios en el Seminario de Mondoñedo y en la Universidad de Salamanca, tuvo oportunidad de pasar en Villalba sus tiempos de vacación y las visitas ocasionales que le deparaba el calendario escolar. Siempre fue el grato compañero de los muchachos y jóvenes que habían compartido su vida escolar y su participación en las actividades parroquiales.



Inseparable del párroco

Sin duda, la parroquia de Villalba tuvo una serie de sacerdotes que influyeron notablemente en el florecimiento de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Uno de ellos -conocido por su fama de santidad- fue don Gabriel Pita da Veiga, que rigió esta parroquia de 1938 a 1947. Coincidió, pues, con la infancia y la adolescencia del cardenal, y él animó su ingreso en el Seminario de Mondoñedo, en 1946. Allí le acompañó más tarde, como director espiritual del Seminario. Otros sacerdotes de los que queda memoria vocacional fueron don José Paz Dopico (Don Joseíto), don Atilano Rico, don Adolfo Pato... Un pequeño lote de nombres que quedan bien reflejados en las palabras que el cardenal dedicó un día a don Gabriel: «Nuestra vocación inicial al sacerdocio era sencillamente ésta: Yo quiero ser como don Gabriel. Mis padres me decían: Te vamos a hacer la cama al lado de don Gabriel, porque no quería separarme de él».



Aquella Primera Misa...

Después de recibir la ordenación sacerdotal en Salamanca, el cardenal quiso cantar su Primera Misa en la iglesia de Villalba, el día 1 de abril, siendo acompañado por el párroco, don Adolfo Pato, y por otros curas vilalbeses. Sin duda que el retablo mayor y tantos otros detalles de nuestra iglesia, ya entonces presentes, le siguen sirviendo ahora de memoria y de escenario siempre evocador y entrañable.
No puedo menos de aludir a las muchas horas que me tocó compartir con el cardenal, en los tiempos de estudio y de docencia en el Seminario de Mondoñedo. Las largas sobremesas del comedor, los paseos, las horas de oración y de reflexión comunitaria, en las que el cardenal Rouco siempre era un punto de referencia y de estímulo fraterno. Incluso una cierta afición compartida por la música clásica, de la que escuchábamos cada mañana la sintonía con que nos despertaban los altavoces de la casa.



Aún hoy, visitas frecuentes

El cardenal sigue ofreciéndonos en Villalba las flores y frutos que derivan de sus raíces tan bien cultivadas a lo largo de los años. Disfrutamos de sus visitas navideñas y estivales en que, además de acompañar a su familia, pasea por los caminos y aldeas de nuestra comarca, y cada tarde preside la Misa parroquial en nuestra iglesia, entreteniéndose a la salida con los múltiples amigos y vecinos que acuden a saludarlo. Algunas de las distinciones corporativas que le fueron concedidas en los últimos años -como la del Grelo de ouro- tuvieron aquí su escenario, dando lugar a que la conocida identificación de Villalba como Vila-Fraga do Cardenal se correspondiese, cada vez más, con la entrañable realidad de su integración en nuestra vida comunitaria.
La noticia de esta celebración de las Bodas de Oro sacerdotales de nuestro cardenal nos ofrece la oportunidad de testimoniarle nuestro recuerdo agradecido en estas fechas primaverales, evocando aquella Primera Misa que el día 1 de abril de 1959 presidió en la iglesia parroquial de Villalba, donde también había sido bautizado el 21 de agosto de 1936. Con él seguiremos caminando al encuentro del Señor.


Eugenio García Amor
Cura párroco de Villalba

 

 

   
   
   
 

LA MISMA ILUSIÓN


Celebración de sus Bodas de Plata sacerdotales,
en la misma catedral vieja de Salamanca

El 28 de marzo de 1959, monseñor Francisco Barbado Viejo, obispo de Salamanca, nos confirió el Presbiterado a 28 compañeros del Colegio Mayor San Carlos de la Universidad Pontificia de Salamanca; entre ellos, se encontraba quien hoy es el arzobispo de Madrid, el cardenal Antonio María Rouco Varela. El marco era incomparable: la catedral vieja de Salamanca. También era de una gran belleza y significado la ceremonia litúrgica: durante la celebración de la Vigilia Pascual. En las Bodas de Oro sacerdotales, los recuerdos se sedimentan, se adensan y van a lo esencial. Eso me sucede en estos momentos y pienso que lo mismo sucederá al señor cardenal.
Recuerdo muy bien el día y la hora de nuestra ordenación. A las siete de la tarde, en una tarde luminosa y fresquita, aguardábamos en la puerta de la catedral, con nuestras vestiduras litúrgicas, llenos de agradecimiento y de esperanza: la esperanza de un sacerdocio vivido fielmente en el servicio a la Iglesia. Todo, también el ambiente pascual que ya comenzaba a respirarse, nos llamaba al optimismo, quizás un poco insensato, pero bastante acertado, de la juventud. La ordenación fue una ceremonia larga y solemne que duró hasta más allá de la medianoche: se siguió el rito establecido por Su Santidad Pío XII y, además, junto a los colegiales del San Carlos, se ordenaron muchos estudiantes más. Creo que todos los que nos ordenamos en aquella noche bendita hemos vuelto los ojos del alma a ella, pidiendo a Cristo resucitado su alegría, intentando que nuestro sacerdocio tuviese la misma confianza pascual con que comenzó. Seguro que el señor cardenal habrá recurrido más de una vez a la luz pascual de nuestra ordenación, cuando las tinieblas de nuestra época hacían especialmente delicado su ministerio episcopal.
 

Mirando hacia atrás

Al escribir estas líneas sobre nuestra ordenación sacerdotal, los recuerdos no se detienen en ella, sino que me llevan hasta nuestra niñez en Galicia en tiempos de tantas privaciones. Era el mes de agosto de 1946 cuando, lleno de morriña y de temor a lo desconocido, ingresé en el Seminario Menor de Lorenzana. La primera persona que vi fue un muchacho, jugando a la pelota en el claustro de aquel viejo monasterio benedictino convertido en Seminario Menor. Resultó ser Antonio María Rouco Varela. Antonio tenía entonces una gran afición al fútbol. No sé cómo se las arreglaba para conseguir, cosa nada fácil en aquellos tiempos, el periódico o el Marca; desde luego, seguía los acontecimientos futbolísticos con verdadera pasión.
Poco a poco, fuimos descubriendo que Antonio María estaba siempre alegre, que conectaba con todos los compañeros, que era muy inteligente, que tenía una bondad natural extraordinaria, y que otra de sus principales aficiones era la lectura y tenía una notable capacidad de concentración en ella, hasta el punto de que no era fácil distraerle. El campo de sus intereses abarcaba un arco muy amplio.

En el curso cuarto de Humanidades, caía yo gravemente enfermo del pulmón, aquellas enfermedades tan temidas en los años de posguerra y hambre, y perdí aquel curso. Lo que me resultó más doloroso fue el tener que dejar a mis queridos compañeros. A esas edades eso se siente como un penoso destierro. Pero, por fortuna, al llegar al Colegio San Carlos de Salamanca para cursar Teología en la Universidad Pontificia, encontré allí a don Antonio Rouco que empezaba entonces el segundo curso de Teología. Recordaré siempre que, desde el primer momento, se puso a mi disposición y me dijo algo así: «No te preocupes, yo lo pasé mal aquí los primeros días, pero te ayudaré para que a ti no te suceda lo mismo». Y, efectivamente, estuvo pendiente de mí los primeros días y me introdujo en el grupo de sus compañeros y amigos. He de confesar que, gracias a él, todo me resultó muy fácil.
Él era ya sumamente apreciado por sus condiscípulos. Sobresalía su carácter afable, alegre, con sentido del humor, bondadoso, siempre delicado. Y, desde luego, lleno de una prudencia exquisita. Soy testigo de su extraordinario interés por la formación teológica, de su celo apostólico, de su piedad profunda y recia, de su preparación e ilusión ante las sagradas órdenes. Seguía, ahora a nivel teológico, con el mismo interés por la cultura y por los ensayos teológicos. En esos años, Salamanca era un auténtico hervidero cultural: eran los años de Incunable, de los cursos de cine de José Luis Martín Descalzo, de Film Ideal, del Premio Nobel de Albert Camus, de los teatros leídos...


Ordenación sacerdotal

Y llegó el tan ansiado día del paso definitivo, en el que habíamos soñado desde los lejanos años del Seminario de Lorenzana. Ese día, más bien esa tarde, nos entregamos al Señor con la ilusión de servir a la Iglesia dónde y cómo ella quisiese. Éramos lo suficientemente insensatos, santamente insensatos, como para firmar al Señor un cheque en blanco sin temor alguno a los sinsabores que pudiese traernos nuestro ministerio. ¡Gracias a Dios! Y, desde luego, los muchos años de trabajos no nos han hecho perder nuestra ilusión primera. Pusimos nuestro sacerdocio a los pies de la Virgen, encomendamos a ella que nos alcanzara la gracia del Espíritu Santo para mantenernos en la palabra dada..., y ella, no nosotros, nos ha hecho cumplir la palabra que dimos aquella tarde y acercarnos al Señor cada mañana con una juventud de espíritu renovada: Introibo ad altare Dei, -ad Deum qui laetificat juventutem meam...

Ángel Paz Gómez
Vicario judicial de Mondoñedo-Ferrol

 
   
   
   
   
 

 

UN NIÑO QUE PROMETÍA


El río Ladra, a su paso por Villalba, de Lugo

Soy villalbés, nací en el mismo año que el cardenal Rouco, y coincidimos en el colegio de doña Amelia Mato y en el seminario. Cuando le conocí, tendríamos siete u ocho años. Yo llegaba de la escuela pública de Sancobad, a la privada de doña Amelia. Allí estaba, muy adelantado, mi nuevo compañero. Siempre lo miré con cariño, pero viéndolo en otro plano. Era un niño formal y serio. Recuerdo el día en que llegó vestido con pantalón corto, como usábamos entonces los niños, pero de negro. Un negro de luto: su padre había muerto. En mi corazón de niño lo sentí mucho, y sufría porque él ya no tenía padre. Cumplidos los diez años, él estaba tan aventajado que le permitieron ingresar en el Seminario de la diócesis. Era un niño que valía para sacerdote: su formación humana y religiosa era esmerada. Su saber, ciertamente, era sobresaliente. Prometía ser un destacado sacerdote. Detrás de este niño inteligente había una familia que supo transmitirle los sanos valores; una maestra, doña Amelia, que era una santa; y una parroquia, Villalba, de mucha vivencia cristiana, cuidada por dos sacerdotes con fama de santos. Él ya estaba en el Seminario de Mondoñedo cuando yo ingresé. Los seminaristas solían bajar hasta donde yo vivía, porque allí había sombra agradable para descansar, y pasaba el río Ladra, donde se bañaban, y al que a veces él bajaba solo para pensar con tranquilidad.


Pasaron los años y su lugar estaba en la Universidad: con una fe bien cimentada y vivida, con un gran amor a Dios y a la Iglesia, con una inquebrantable adhesión al Papa y a su doctrina, pudo ser, y fue, sabio profesor. Cuando le nombraron obispo auxiliar de Santiago yo estaba de cura en la parroquia de San Nicolás, en la villa de Neda, que limita con la archidiócesis santiaguesa. Por eso, cuando hizo la visita pastoral a algunas de aquellas parroquias, los curas tuvieron a bien invitarme. Así pude verle, hablarle y comer con él. Incluso alguna vez se acercó hasta Neda para saludarme. En contacto con tantas personas y tan variadas, con tanta experiencia de pastor, no nos extrañó que el Papa pensara en él y lo nombrara arzobispo de Madrid y más tarde cardenal de la Santa Iglesia, con tantos otros nombramientos y encargos, que dicen de él lo que representa para la Iglesia en España y para la Iglesia universal, a la que tantos servicios presta. Verdaderamente, es el orgullo de nuestro pueblo, y le deseamos felices Bodas de Oro sacerdotales. Que Dios le siga mirando con amor. 

José Bello Lagüela

   
   
   
   
 
 

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