En el centro está la cruz del amor y de la vida

Pregón de la Semana Santa 2018

"Así muere Jesús en la cruz. Silencio estrepitoso de la muerte violenta, cruel, injusta, indigna, reprobable, que produce un dolor indescriptible en el alma"

En el centro está la cruz. El signo más importante de nuestra memoria cristiana. En la cruz, necedad para los que no entienden a Jesús, está la sabiduría de Dios. Una sabiduría que se nos ofrece para ir amasando como pan del corazón creyente. Porque nos muestra que el camino de la gloria es del abajamiento. La cruz nos habla, nos sugiere, nos inspira. La cruz refleja dolor profundo y lacerante. Pero también la cruz es la puerta de la vida, que queremos franquear con ganas, hasta con ansias y, desde luego, con necesidad. La sabiduría de la cruz está ante nosotros. Dejemos que caiga el muro de la necedad y del escándalo que la cruz representa para nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes todavía [muy] paganos.

Caminemos hacia la cruz que nos lleva a la luz. Caminemos buscando al Dios verdadero, al de las cinco llagas. Llagas en las que vemos las heridas del hermano, las de tantos otros hermanos y las nuestras. Llagas que revelan triunfo de gloria tras el dolor punzante de las vidas rotas.

Caminemos tras sus huellas. Las que deja el madero arrastrado con el peso insoportable de la culpa del hombre. Las huellas del hijo del hombre que sufre para que otros sufran menos. Las huellas de quienes alzan la voz por quienes han sido acallados por la opresión injusta. Las huellas de quienes arrastran los pies desnudos y dejan surcos en lugar de pisadas ligeras. Son las huellas de un condenado que resulta molesto a quienes quieren hacer siempre su capricho sin contar con Dios ni con los hombres. Son las huellas de un  perseguido que tiene palabras de liberación y de perdón, de un ajusticiado que es garantía de justicia.

El Nazareno con la cruz a cuestas viene a nosotros vestido con traje amoratado de violencia, que deja vislumbrar la mayor riqueza en la más grande pobreza. Contemplar a Jesús con la cruz a cuestas nos revela que nadie tiene derecho a cargar a otros con cruces insoportables, degradantes, inhumanas. Porque el Nazareno y quienes lo siguen cargan con cruces ajenas, libre y voluntariamente, para experimentar que la de Dios es una carga suave y ligera. Se aprende a ser discípulo caminando con la cruz a cuestas y sintiendo la carga llevadera por la alegría de vivir con el Maestro.

Hay también un seguidor forzado, que llega a ser discípulo libremente. Nada le hace presagiar este seguimiento. Pero el mal está ensoberbecido, ufano. Se cree triunfante. Y arrastra cargando fardos pesados sin tener en cuenta a nadie. Porque mientras Dios pide permiso, el Maligno y sus secuaces serpentean, arramblan, humillan y obligan sin esperar concesión de nadie. Pero Simón de Cirene se convierte en discípulo del bien en medio del mal. Comparte camino de dolor, condena y vergüenza, y aprovecha la oportunidad de ser humilde y no humillado, de ser compasivo y no vengativo. Hermosa vocación de cirineo.

Tras el cirineo, la Verónica nos permite ver el rostro del dolor más grande con la plenitud serena de quien ha hecho siempre la voluntad del Padre. En el paño ensangrentado descubrimos el rostro de Cristo. Verónica nos invita a mitigar el sufrimiento, para acompañar soledades, para devolver la dignidad perdida. Nos invita a transformarnos de corazón, paño en mano, saliendo al camino del Calvario de tantos hermanos. En cada rostro lastimado por la vida encontraremos la faz de nuestro Señor Glorioso.

Sigue cayendo Jesús con la cruz a cuestas. Caemos todos. Son caídas que fortalecen el corazón del discípulo con coraza de bondad, de misericordia y de ternura. Coraza que desenmascara el mal en sus mil formas. Coraza que acrisola al discípulo y enciende sus entrañas en caridad revolucionaria.

Caridad que mueve el corazón del condenado para salvar y consolar. Como las mujeres de Jerusalén, nosotros hemos llorado. En nuestro desconsuelo, hallamos el consuelo del Nazareno. En Jesús hay lienzo de misericordia para quien no conoce clemencia. Hay pañuelo de ternura para solos y desamparados, para enfermos y desasistidos, para perseguidos y ajusticiados.

Contemplamos a Aquél que nos ha tratado con misericordia, despojado sin piedad, arrebatada su dignidad. La violencia se hace lengua inhumana para mancillar e infligir un daño desconcertante entre carcajadas del Averno. Pareciera como si el odio y la venganza fueran la única respuesta ¡No! El mal seguiría triunfando. Jesús solo está dispuesto a pagar con amor cualquier afrenta.

Así muere Jesús en la cruz. Silencio estrepitoso de la muerte violenta, cruel, injusta, indigna, reprobable, que produce un dolor indescriptible en el alma. El alma traspasada por una espada —como la de María, la Madre— siempre duele más que el cuerpo.

Jesús es bajado de la cruz ceñido de silencio. Con Él bajan al abismo los corazones piadosos que han seguido el camino. Bajamos todos en silencio a la hondura de la piedad que recoge el dolor insufrible del Crucificado. Al camino sencillo de los que desde abajo construyen, poco a poco, paso a paso, humildemente, la Ciudad de lo alto. Queremos derrochar hoy ungüento de esperanza para cada herida y cada muerte que ponemos al alcance de Cristo Resucitado, Vida que nos da vida.

¡Bendita Semana Santa 2018!

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

cmf@luisangel