Con mirada fraterna

Millones de niños se desplazan de un lugar a otro, dentro y fuera de sus fronteras

Artículo publicado por el obispo Luis Ángel en "Revista 21: la revista cristiana de hoy"

"Una palabra amable, una sonrisa pausada, una mirada comprensiva pueden ayudar a sanar las heridas que deja en ellos su condición de pequeños emigrantes en soledad"

A finales de noviembre encontré a un muchacho en el Seminario Santa Catalina de Mondoñedo que estaba solo. Inmediatamente pregunté si era un menor. Se trataba de un joven extranjero, mayor de edad, esperando que un hermano suyo le llamara cuando tuviera un puesto de trabajo para él.

No era un menor no acompañado, pero me hizo pensar inmediatamente en los llamados MENA. En Ferrol, Cáritas Diocesana acompaña a varios, incluso cuando alcanzan la mayoría de edad y no tienen autonomía de vida. He celebrado la Eucaristía y he comido con algunos de ellos, junto a otras personas que frecuentan Cáritas. He podido escuchar sus viajes físicos y existenciales, sus historias, que bien podrían inspirar guiones de cine...

En realidad, con la seriedad y profundidad que merecen, sus historias son dignas de guiones de la Buena Nueva. Su presencia entre nosotros abre hermosas páginas del Evangelio. Los menores de edad que emigran solos tienen rostro, nombre, familia, origen, relatos que superan la ficción… Cada uno es una llamada de Jesús a sus discípulos para que seamos misioneros acogedores comprometidos con ellos. Una palabra amable, una sonrisa pausada, una mirada comprensiva pueden ayudar a sanar las heridas que deja en ellos su condición de pequeños emigrantes en soledad. Desde ellas, pueden sentirse tratados por nosotros como lo que verdaderamente son: hermanos acompañados y no extranjeros desamparados. Contemplar a Cristo nos exige —no es opcional— mirar a los ojos a estos niños y niñas y conocer, por una parte, sus miedos, sus desconciertos, sus carencias, su drama; por otra, sus expectativas, sus ilusiones, sus esperanzas, su dignidad.

Esta mirada nos devolverá, por suerte, como si de un espejo se tratara, lo que tememos de ellos, lo que nos desconcierta, lo que nos hace a nosotros vulnerables… Es decir, nos revelará nuestras propias carencias, nuestro drama personal y también la esperanza que puede llenar nuestra existencia cristiana si les hacemos un hueco en nuestras vidas. Igual que cuando abrazamos a otros débiles y pequeños que nos sacan de nuestras indigencias y mezquindades y nos enriquecen, igual que hizo el Señor, con su pobreza.

Escuchamos noticias alarmantes sobre estos menores. Nos debe inquietar que puedan sufrir más de lo que ya han sufrido y que ese sufrimiento provoque daño a otros; nos debe incomodar sentirnos amenazados. Es evidente nuestra fragilidad. Confiemos en la luz de Dios para desterrar estas sombras que se ciernen en nuestra tierra.

Mientras confiamos en Él sin vacilar, despleguemos urgentemente más velas en la nave de la Iglesia, confeccionadas con paños misericordiosos y samaritanos, y tendamos una vez más nuestras redes. Antes que hundirse, navegará más rápida y ligera la barca de Pedro si subimos a bordo mallas repletas de nombres que el amor ha encontrado a la deriva. Boguemos mar adentro, enredados para que nadie perezca, y arribaremos mejor al puerto del Reino de Dios.

Fuente: Revista 21

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel