Diario de un obispo en tiempos de coronavirus: capítulo 9

Del 4 al 10 de mayo de 2020

Mons. Luis Ángel escribe para el portal Religión Digital

"En la Iglesia deberíamos mirar en primer lugar a los últimos muchas más veces"

La semana de fase 0 fue intensa en la preparación para la reapertura del culto público en nuestras iglesias. Las medidas de prevención que nos envió la Comisión Ejecutiva de la CEE sirvieron de punto de partida para que, en el consejo diocesano de gobierno primero y en la reunión del colegio de arciprestes después, estableciéramos unas disposiciones concretas para la diócesis. Nos sirvió comenzar por quienes han de ser los primeros: los que tienen dificultades; los enfermos; los que viven solos; los que se sienten ya desbordados por el peso de esta situación. En la Iglesia deberíamos mirar en primer lugar a los últimos muchas más veces.

Varias llamadas telefónicas de sacerdotes fueron clarificadoras. Uno de ellos, inquieto, buen pastor y buena persona, sinceramente preocupado por la reapertura y por hacerlo todo lo mejor posible, llamó preguntándome si íbamos a abrir las iglesias. Tras repasar juntos los requisitos que había que cumplir, él mismo se dio la respuesta de ser prudente y esperar.

Habernos visto privados de la celebración comunitaria de los sacramentos fue un sacrificio muy grande que incluso acrecentó otros sufrimientos. No obstante, fuimos siguiendo las orientaciones del papa Francisco que en todo momento fueron lúcidas, sensatas, prudentes y firmes en Cristo Jesús, el Señor. Él dio un mensaje claro: ceremonias en una plaza de san Pedro vacía, en la basílica de san Pedro prácticamente vacía, en la capilla de Santa Marta prácticamente vacía. El mensaje del Santo Padre fue y es muy claro: primero debemos cuidar el valor de la vida y es posible ser santos en tiempos de reclusión, renunciando a un profundo anhelo del alma.

La reapertura del culto público en nuestras iglesias no es comparable con ninguna otra actividad y, por supuesto, tiene motivaciones muy diferentes de otras que todos queremos o necesitamos que se reanuden. Disponernos a celebrar comunitariamente la fe y los sacramentos, aunque todavía con limitaciones, responde a nuestra necesidad de alimentarnos espiritualmente, pero siempre protegiendo la vida humana, don de Dios, que defendemos enteramente desde la concepción hasta la muerte natural, no solo en momentos puntuales. Nos mueve el mandato del amor fraterno y el respeto y la protección de la vida y la salud de todos, empezando por los hermanos. Desde esta perspectiva de fe y deber moral, reanudaremos el culto público en el marco que hemos establecido siguiendo las normas de sanidad.


En medio de este proceso, si aparecen dudas angustiosas y malos espíritus, habrá que invocar al Espíritu Santo, cuya fiesta de Pentecostés celebraremos pronto. Nos inspirará la armonía que viene de Él y nos fortalecerá para abandonar cualquier mal espíritu que enturbie el corazón con pensamientos y sentimientos lejanos u opuestos al amor de Dios.

Así, pensar en los demás y proteger la salud y la vida humana fue inspirando y dando forma a cada una de nuestras disposiciones diocesanas con agarimo, moito agarimo. Con ese cariño recomendamos a las personas en situación de riesgo que siguieran las celebraciones por los medios audiovisuales en directo y anunciamos la prórroga de la dispensa del precepto dominical. Con verdadera preocupación pastoral, invitamos a la lectura de la Palabra de Dios y a la oración en casa o en comunidad, además de la comunión espiritual. Con esa misma caridad de padre, hermano y amigo, invité a vivir esta “reapertura” con paz y prudencia a los sacerdotes con más riesgo para su salud, en una carta dirigida a todo el presbiterio diocesano.

Enseguida surgió la idea de comenzar la reapertura del culto público en las iglesias señaladas en el Plan Diocesano de Unidades Pastorales como Centros de Atención Pastoral. Fue un excelente consenso, producto del diálogo y el intercambio de pareceres en las reuniones. Sobre la mesa teníamos un mapa para orientarnos en esta coyuntura. El Plan Diocesano de UPA comenzó a llamarse coloquialmente hace ya tiempo “mapa de unidades pastorales”. Realmente lo es. Caminar hacia un lugar nuevo exige aprender un arte de cartografía socio-eclesial, para saber por dónde ir, y cómo elegir las rutas en las encrucijadas. Este momento es de encrucijada. El mapa ayuda a mantener sosiego y naturalidad para medir nuestras fuerzas y planificar bien, procurando adelantarnos a lo que hay que hacer. Aunque los mapas no incluyen todo, este nos sirvió para organizar el inicio de la “desescalada” en la diócesis.


Las disposiciones que estuvimos buscando para ayudar son elementos del mapa para avanzar en esta travesía extraña, insegura, sorprendente. Señales para colocarse en los templos y evitar aglomeraciones de riesgo. Indicadores que exigen mascarillas, distancias físicas, lavado de manos, desinfección de espacios… Actitudes y prácticas que iremos asimilando para evitar contagiar a otros durante el tiempo que sea preciso.

En medio de los preparativos, reflexionando sobre la expresión “nueva normalidad”, me pareció importante evocar la novedad cristiana con la carta “Hacia un tiempo nuevo”. Sencillamente para recordar que Cristo vivo hace nuevas todas las cosas y su novedad es la que inspira y alienta los pasos de todos los bautizados y, por tanto, también de este proceso desde el mandato del amor y la alegre esperanza que brota de nuestra fe.

Recorrer este camino implica mirar desde las víctimas, desde quienes más han sufrido, desde quienes más riesgos han corrido. Implica hacer propio el sufrimiento que está causando la pandemia, al mismo tiempo que somos testigos de la esperanza cristiana y damos testimonio de que Dios está siempre con nosotros, de nuestra parte, comenzando por los más vulnerables. Por eso, las disposiciones expresaron la preocupación y prioridad por quienes están más expuestos al riesgo del contagio y el dolor de la enfermedad, los profesionales de la salud y todos los que se dejan el corazón y las manos prodigando atenciones.

Varias voces han reflexionado sobre el “cuidado” en este tiempo de «coronavirus». Quizá sea uno de los valores que tuvimos y tendremos la oportunidad de recuperar durante la pandemia y el confinamiento. Cuidado de la persona, de la vida, de la Creación entera. En este tiempo fuerte se repitió mucho esta despedida: ¡Cuídate! Pero la conciencia despierta del cuidado no fue solo sobre uno mismo, sino hacia los demás. Esas interjecciones afectuosas se abrieron así al plural con los semejantes: “¡Cuidaos! Entre vosotros.” “¡Cuidad! A los otros”. “¡Cuidémonos entre nosotros!” El cuidado es de unos para con otros, en un arte perfectible para la interdependencia entre las personas humanas que mira al futuro con vocación constructiva. Aquí nadie puede quedar descartado. Romper la cadena del cuidado particular, fraternal y universal es truncar el futuro de la humanidad, como ha quedado demostrado tantas veces en la historia, no solo ahora. Se hará imprescindible cuidar la calidad del cuidado y mejorarla, claro.

Si la delegación de Pastoral de la Salud llamó la atención sobre el acompañamiento a los enfermos y el cuidado de la vida humana, estos días lo hizo, además, la delegación de Justicia, Paz y Cuidado de la Creación, que también forma parte del equipo de animación misionera misericordiosa y samaritana de la diócesis. Siguiendo la iniciativa que se empezó a divulgar por el mundo entero, nos informó e invitó a participar en la Semana Laudato Si’, en el quinto aniversario de la publicación de la Encíclica del papa Francisco, que se desarrollará del 16 al 24 de mayo. Quedamos inscritos y animados para participar en esta estupenda propuesta.


El 7 de mayo de 2020 la familia claretiana celebró el 70 aniversario de la canonización de san Antonio María Claret, misionero apostólico, mi fundador y padre. Su carisma es una extraordinaria fuente de inspiración en este viaje misionero que me llevó hasta el norte de Galicia, donde este mismo día se cumplieron cuatro años de mi ordenación episcopal en la catedral de Mondoñedo. Un gran don inmerecido que nunca agradeceré suficientemente en medio del pueblo de Dios que peregrina en Mondoñedo-Ferrol. Muchas felicitaciones, con mucha oración, que llegó como agua de mayo. Incluso pude agradecer una videollamada de la residencia de mi padre en la que él me felicitó como un buen padre que es. De hecho, se había adelantado por sus propios medios para felicitarme hacía unos días a través de mi hermana por si este día no podía hacerlo. Las irreductibles distancias de este tiempo fuerte hacen crecer el cariño, aumentan la cercanía del corazón que aviva la inteligencia.

El 9 de mayo hizo 70 años de la Declaración Schuman (Robert Schuman, Ministro francés de Asuntos Exteriores, pronunció la Declaración que lleva su nombre el 9 de mayo de 1950, en la que proponía la creación de una Comunidad Europea del Carbón y del Acero cuyos miembros pondrían en común su producción). En este aniversario, se celebró el #DíaDeEuropa ante la pandemia y otros retos para el sueño europeo y para la Unión Europea, resultado de aquella CECA. Mantener la unidad se convierte en un deseo, en una tarea, en un compromiso, en un ruego y también en una plegaria de raíces cristianas.

Resultó llamativo el #DíaDeEuropa en una fotografía de líderes con mascarillas delante de la bandera europea. El símbolo de la Unión Europea, de la identidad y la unidad del continente, este año debe invitarnos a visionar el futuro de unidad, solidaridad y armonía entre los pueblos de Europa, ideales que representan las doce estrellas amarillas formando un círculo sobre el fondo azul. Con trasfondo, futuro y orígenes cristianos, el cardenal Hollerich, arzobispo de Luxemburgo y Presidente de la COMECE (comisión de conferencias episcopales de obispos católicos de Europa), se unió a esta celebración y lanzó un mensaje de la Iglesia en Europa pidiendo más solidaridad y empatía y estar del lado de los más pobres. Reivindicó un realismo europeo fundamentado en la solidaridad y la paz, de tal modo que la Unión Europea sea un instrumento para la paz mundial. Al final llamó a luchar no solo contra el Covid-19, sino también contra los virus del nacionalismo y del egoísmo.


Del domingo del Buen Pastor a la fiesta de san Juan de Ávila, el 10 de mayo. Con ocasión de esta festividad, el Prefecto de la Congregación para el Clero, a petición de la Comisión Episcopal para el Clero, envió una carta felicitando a todos los sacerdotes de España en estos momentos particulares, recordando a los que han fallecido y a quienes siguen junto a enfermos, familiares y personas necesitadas. Afirma el cardenal Beniamino Stella que el testimonio de estos sacerdotes es antídoto contra la tentación de utilizar egoístamente el ministerio sacerdotal, que, así, ellos anuncian silenciosamente que Dios no se deja ganar en generosidad e invita a sacerdotes y diáconos a mirar hacia el futuro aprovechando esta crisis para la renovación en la fe y el desarrollo de la vida cristiana. Conseguirlo supone reconocer la fragilidad, las falsas seguridades, las preguntas por el sentido de la vida, la necesidad de solidaridad y el testimonio de entrega de tantas personas comunes. Y cita a san Juan de Ávila: «No esperéis horas ni lugares ni obras para recogeros a amar a Dios; mas todos los acontecimientos serán despertadores de amor».

Siguiendo el pensamiento del Maestro y Doctor Ávila, ojalá todos nos dejemos despertar por sonoros “despertadores de amor” presentes en la realidad que ha irrumpido en este tiempo fuerte. Mientras, en estas tierras nos acercamos a la fase 1 con precaución y prudencia, con solidaridad y responsabilidad, como nos invita a hacer el delegado de Pastoral de la Salud de esta diócesis. Y ya comenzó a difundirse el anuncio de los horarios de Misas en la esperada reapertura del culto público.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel