Alegría sacerdotal, alegría de toda la Iglesia

Concatedral de San Julián de Ferrol, martes 11 de abril de 2017

Homilía de Mons. De las Heras en la Misa Crismal (Martes Santo)

"Queridos hermanos y hermanas de Mondoñedo-Ferrol: ayudadnos a vivir la alegría sacerdotal en medio de vosotros desde nuestra vocación de servicio, vocación con compromiso de lavatorio. Será también vuestra alegría"

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios que hemos proclamado nos invita a los seguidores de Cristo a sentirnos ungidos para anunciar la Buena Nueva, sobre todo si hay razones para la desesperanza y la tristeza. Así pues, ungidos para vendar los corazones desgarrados, dar vista a los ciegos, proclamar la libertad a los cautivos, el año de gracia del Señor —tiempo de salvación—, el gozo verdadero. En un mundo convulso y violento, aún en medio de persecución, como la que sufren hermanos nuestros que pierden sus vidas por la fe, la Palabra siempre nos invita a la alegría como discípulos misioneros. Decía en la Misa Crismal de 2014 el papa Francisco que los sacerdotes eran «ungidos con óleo de alegría para ungir con óleo de alegría». Y señalaba tres rasgos de la alegría sacerdotal: que nos unge (no que nos unta ni nos vuelve suntuosos y presuntuosos), que es incorruptible y que es una alegría misionera, que irradia y atrae a todos. Estamos invitados a renovar hoy la alegría sacerdotal, la alegría de toda la Iglesia. Una y otra son alegrías misioneras.

En medio de la misión evangelizadora de los sacerdotes y de la Iglesia, hoy cobra protagonismo la bendición del óleo de los enfermos y del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma. Los óleos bendecidos y el crisma consagrado por el obispo con los sacerdotes, unen esta celebración eucarística con los distintos sacramentos que celebraremos acompañando momentos cruciales de la vida de las personas de esta Iglesia de Mondoñedo-Ferrol desde el momento de su bautismo hasta su muerte.

La celebración de la Misa Crismal nos evoca a los sacerdotes, por gracia y agradecimiento, aquel momento de imposición de manos y plegaria por el que somos incorporados al sacerdocio de Jesucristo. Es, pues, un día para renovar nuestra alegría en medio del Pueblo de Dios al que estamos llamados a servir. Las preguntas para renovar nuestras promesas sacerdotales, que yo os haré, queridos hermanos sacerdotes, y me haré a mí mismo, nos las hace el Señor. Así nos disponemos a renovar el don de creer y comprometernos, de crecer en comunión tal y como, por amor a Él, a la Iglesia y a la humanidad, lo aceptamos gozosos el día de nuestra ordenación presbiteral para el servicio del Pueblo de Dios, la Iglesia. En ella Él nos ha liberado con su sangre y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre (cf Ap 1, 5-6).

Año tras año realizamos esta renovación pública de las promesas sacerdotales, pero cada sacerdote las renueva en la entrega cotidiana de su vida ministerial. Cada uno mantiene y acrecienta la configuración con Cristo, nuestro tesoro, en un dinamismo de superación personal que renuncia a cualquier autorreferencialidad, a cualquier búsqueda de uno mismo.

Ano a ano, facemos esta renovación pública das promesas sacerdotais, pero cada sacerdote renóvaas na entrega cotiá da sua vida ministerial. Cada un mantén e acrecenta a configuración con Cristo, o noso tesouro, nun dinamismo de superación persoa que renuncia a calquera autorreferencialidade, a calquera busca dun mesmo.

Como ha dicho el papa Francisco, el pasado 1 de abril en la audiencia con motivo del 125º aniversario del Colegio Español de Roma: «Allí donde está nuestro tesoro, está nuestro corazón. Se nos pide adquirir la auténtica libertad de los hijos de Dios, con una adecuada relación con el mundo y los bienes terrenales. (…) No os olvidéis de esto: el diablo entra siempre por el bolsillo. El beato Domingo y Sol decía que para socorrer al que tiene necesidad había que estar dispuesto a ‘vender la camisa’. Yo no os pediré tanto; sacerdotes descamisados, no, pero solo os pido que seáis testigos de Cristo a través de la sencillez y la austeridad de vida».

Los sacerdotes no pedimos nada para nosotros, sino que ponemos nuestra vida entera a disposición de Dios y de su Pueblo. «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Así estamos llamados a anunciar que quien pierde la vida por el Señor y su Evangelio, la gana (cf Mt 16, 25: Lc 9, 24). Este camino es camino discipular de alegría en el Señor, que da testimonio e invita a otros a participar de la misma alegría y la suscita. En 2013 ya afirmó el Papa Francisco: «Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; […]. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia».

Queridos hermanos y hermanas de Mondoñedo-Ferrol: ayudadnos a vivir la alegría sacerdotal en medio de vosotros desde nuestra vocación de servicio, vocación con compromiso de lavatorio. Será también vuestra alegría. Teniéndoos a vosotros presentes en cada una de las comunidades, no le preguntamos al Señor ¿qué puede hacer por nosotros, sacerdotes? Porque ya lo ha hecho todo cuando nos ha llamado a colaborar estrechamente como presbíteros en su plan de salvación. Pero sí podemos preguntarle, alegres y disponibles: ¿En qué puedo seguir ayudándote? ¿Qué más puedo dar yo por ti, Señor, y por mis hermanos y hermanas, cuando cada vez descubro más necesidades y voy teniendo menos fuerzas?

Terminaba Benedicto XVI su homilía de la Misa Crismal en 2012 diciendo: «Nadie debe tener nunca la sensación de que cumplimos concienzudamente nuestro horario de trabajo, pero que antes y después sólo nos pertenecemos a nosotros mismos. Un sacerdote no se pertenece jamás a sí mismo. Las personas han de percibir nuestro celo, mediante el cual damos un testimonio creíble del evangelio de Jesucristo. Pidamos al Señor que nos colme con la alegría de su mensaje, para que con gozoso celo podamos servir a su verdad y a su amor».

Queridos hermanos sacerdotes: que gocemos de la alegría sacerdotal, ungidos con óleo de alegría para ungir con óleo de alegría, evangelizar a los pobres y anunciar el gozo de la Buena Noticia en medio de este Pueblo de Dios en cada porción de Mondoñedo-Ferrol. Lo que hagamos bien aquí será un bien para la Iglesia universal y para toda la sociedad.

Que la alegría de discípulos misioneros, laicos, consagrados y presbíteros, sea incorruptible. Que en los matrimonios y las familias, en las comunidades de personas consagradas, en el presbiterio diocesano, en las comunidades parroquiales e interparroquiales, en las comunidades educativas, en las cofradías, en todo grupo cristiano, nos ayudemos a desterrar la comodidad, el desánimo, la acedia, la falta de fe, esperanza y caridad para vivir y testimoniar la alegría del encuentro con Jesús.

Que a alegría de discípulos misioneiros, laicos, consagrados e presbíteros, sexa incorruptible. Que nos matrimonios e nas familias, nas comunidades de persoas consagradas, no presbiterio diocesano, nas comunidades parroquiais e interparroquiais, nas comunidades educativas, nas confrarías, en todo grupo cristián, nos axudemos a desterrar a comodidade, o desánimo, a acedia, a falta de fe, esperanza e caridade para vivir e testemuñar a ledicia do encontro con Xesús.

Que nuestra Iglesia diocesana crezca en esa alegría discipular misionera que irradia y atrae reconociendo la diversidad, al tiempo que nos sabemos y crecemos en comunión de carismas y ministerios.

Amén.