En la Solemnidad del Corpus Christi

SI Catedral-Basílica de Mondoñedo y Concatedral de Ferrol

Homilía del obispo Mons. Luis Ángel de las Heras

1. Una memoria agradecida: la Eucaristía (EG 13)

Celebramos el centro y la fuente de toda la vida de la Iglesia, en la memoria viva de Jesús. La Eucaristía nos configura con Jesús compasivo y misericordioso, con Cristo Eucaristía, a quien contemplamos, a quien adoramos.

La fiesta del Corpus Christi en este Año de la Misericordia, nos tiene que ayudar a ser más misericordiosos, a crecer y avanzar en el camino de la compasión, del amor, de la justicia que vienen de Dios. Este camino, recorrido por Jesús hasta el extremo, se hace presencia y memoria agradecida para nosotros en este sacramento. La Eucaristía, es el gran sacramento de la compasión, de la misericordia, del amor y de la justicia de Dios. En él vemos que Dios está junto a nosotros en todo momento, especialmente en los más difíciles. Por medio de Jesucristo nos ofrece un nuevo pan. Un pan que fortalece para superar cualquier mal, incluso la muerte y obtener la vida eterna. San Ignacio de Antioquía llamó a la Eucaristía medicina de la inmortalidad.
 

2. Una exigencia liberadora: ofrecer la vida de Jesucristo (EG 49)

Pero, además, el que multiplicó el pan, en la Eucaristía nos abre los ojos ante los débiles de la tierra y nos llama a poner nuestro pan a disposición de los hermanos. Cuando los discípulos dicen: “Despide ya a la gente”, él responde: “Dadles vosotros de comer”. Un cristiano no puede pensar solo en sí mismo, no puede permitirse el egoísmo, ni la insolidaridad ni el descarte. El Dios que en Jesús nos dijo que hay que salir a los caminos para invitar al banquete a los pobres, los lisiados, los ciegos y los cojos, nos invita en cada Eucaristía a sentarlos a la mesa. El que lavó los pies de los discípulos, cada vez que actualizamos su recuerdo en la Eucaristía renueva con nosotros el gesto de la vida entregada y hecha servicio justo, caritativo, compasivo, misericordioso.
 

3. Una acción de toda la Iglesia: salida misionera (EG 20)

La procesión que celebraremos al finalizar la Eucaristía de hoy muestra la presencia de Jesucristo en el pan eucarístico por nuestras calles. Es al mismo tiempo un símbolo elocuente de la cercanía del Señor que sale para encontrarse con todos los que le quieran acoger. En especial, se acerca a quienes sufren, a quienes no tienen esperanza, a quienes han perdido o han visto malograda la alegría de la vida o la alegría del amor.

Nosotros somos enviados igualmente para hallar a quienes viven sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida (cf EG 49). Somos enviados a quienes Él ha venido a salvar y no a condenar. Con el Señor y en su nombre, estamos convocados a una salida misionera, expresando que Cristo vive, está entre nosotros y se ofrece para que todos tengan vida, abundante y eterna. Por eso no debemos despedir a nadie, no debemos descartar a nadie.

Hoy es el día de la Caridad. Cáritas nos invita a dejar nuestra huella practicando la justicia, que es la primera exigencia de la caridad. Se trata de una invitación para construir un entorno, una sociedad, un mundo sostenible para las personas y para el medio ambiente, toda la obra del Creador.

Hemos conocido el Amor de Dios. Eso nos lleva a adoptar un estilo de vida solidario, misericordioso, caritativo, ecológico y justo, a participar de forma comprometida con gestos y acciones concretas para favorecer el respeto de los derechos fundamentales de todos y procurar que todos tengan cubiertas sus necesidades.
 

4. Una oración confiada: simplemente ser ante sus ojos (EG 264)

Hacer memoria agradecida y ofrecer la vida de Jesucristo en salida misionera, conlleva orar incesantemente para descubrir quiénes somos y anunciarlo. «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva!» (EG 264).

Y es que «cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios (1)» . En cambio «cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios» (EG 272). Que Él abra nuestros ojos para que simple y profundamente «seamos» antes sus ojos.

Lo pedimos con este himno poético de D. Uxío García Amor titulado “Abre os nosos ollos”:

Abre os nosos ollos,
fai que coa túa gloria
saiban descubrirte
vendo a luz na sombra.
Tí, transfigurado,
tí, señor da historia:
na túa luz nós vemos
a luz que transforma.
Vemos no pan noso,
que sabe á congoxa,
o Pan xubiloso
que leva a túa forza.
Abre os nosos ollos:
fai que se nos volvan
capaces de verte
na vida e na historia.
Amén.

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(1) Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 16: AAS 98 (2006), 230.