En la fiesta de San Juan de Ávila, patrono del clero

Catedral de Mondoñedo, martes 10 de mayo de 2016

"La vivencia sincera y fecunda de la misericordia por parte de cada uno de nosotros permitirá que la experimenten todas las personas que nos han sido encomendadas"

Queridos hermanos del presbiterio diocesano de Mondoñedo-Ferrol:

Me alegro de compartir con vosotros, por primera vez, esta fiesta de San Juan de Ávila, a los pocos días de mi ordenación episcopal e inicio del ministerio pastoral en esta Iglesia particular que peregrina en el noroeste de Galicia desde hace siglos.

Decía el mensaje de la CEE con motivo del Vº Centenario del nacimiento de San Juan de Ávila en 1999: «Para los sacerdotes, S. Juan de Ávila es un modelo actual. […] San Juan de Ávila [es] el ejemplo realizado de un sacerdote santo que ha encontrado la fuente de su espiritualidad en el ejercicio de su ministerio, configurado con Cristo Sacerdote y Pastor, pobre y desprendido, casto, obediente y servidor; un sacerdote con vida de oración y honda experiencia de Dios, enamorado de la Eucaristía, fiel devoto de la Virgen, bien preparado en ciencias humanas y teológicas, conocedor de la cultura de su tiempo, estudioso y en formación permanente integral, acogedor, viviendo en comunión  la amistad, la fraternidad sacerdotal y el trabajo apostólico; un apóstol infatigable entregado a la misión, predicador del misterio cristiano y de la conversión, padre y maestro en el sacramento de la penitencia, guía y consejero de espíritus, discernidor de carismas, animador de vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales, innovador de métodos pastorales, preocupado por la educación de los niños y jóvenes. San Juan de Ávila es, en fin, la caridad pastoral viviente. San Juan de Ávila [es] un modelo de lo que es un verdadero apóstol, un ejemplo vivo de la caridad pastoral, como clave de la espiritualidad sacerdotal, vivida diariamente en el ejercicio del ministerio».

En este año de la misericordia bien podemos recordar lo que con toda nitidez el Maestro Ávila afirma en su sermón 76, 21; 77,1: «La llamada de Dios es una obra de misericordia y, como toda vocación, es, en primer lugar, una llamada a convertir nuestro corazón y nuestra vida a Él».

San Juan de Ávila, que fortalece su vida en una entrega apostólica generosa, nos invita también a ser en nuestra vida sacerdotal posada generosa del buen samaritano. Una existencia entregada y generosa que sea lugar de paz y de sosiego, donde quien se encuentre herido pueda recuperar sus fuerzas, encender de nuevo su corazón y continuar el camino de la vida con renovada esperanza.

Para el Maestro Ávila el altar en el que nos vamos a unir todos ahora es la mesa de la paz, entre Dios y los hombres, mesa de concordia, mesa de caridad, mesa de comunión de pobres y ricos. Y en su impulso apostólico afirma que necesitamos una renovada valentía pastoral capaz de proponer y favorecer el encuentro de las personas humanas con la entrañable misericordia de Dios. Por eso, la vivencia sincera y fecunda de la misericordia por parte de cada uno de nosotros permitirá que la experimenten todas las personas que nos han sido encomendadas.

Finalmente, como testigos de la misericordia que sois, os dirijo una palabra de felicitación a quienes celebráis Bodas sacerdotales de Diamante: D. Eladio Felpeto y D. Jesús Torrado. De Oro: D. Antonio Losada, D. Evaristo Lorenzo, D. Daniel Novo y D. Ángel Vigo. De Plata: D. Manuel Polo y D. Vicente Casas, aunque no esté aquí hoy por encontrarse enfermo, como sabéis. Así mismo, encomendamos al Señor con agradecimiento a D. Enrique Cal Pardo, muy recientemente fallecido, con quien hubiéramos dado gracias a Dios hoy por sus 70 años de ministerio presbiteral.

Bien podemos experimentar que el Señor nos hace ricos con su pobreza y nos fortalece en nuestra fragilidad, sabiendo que Él fue quien nos eligió (cf Jn 15,16). Con vuestros rostros y vidas sacerdotales reencontramos todos la belleza y la verdad del don del ministerio ordenado en la Iglesia; descubrimos la necesidad que tenemos de servicialidad, de amistad, de fraternidad, de misericordia y de santidad movidos por el Espíritu de Dios. El Buen Pastor nos sorprende siempre y eleva nuestro espíritu para dejarnos apacentar y apacentar mejor con Él la porción de su Pueblo que nos ha confiado.

+ Luis Ángel de las Heras, cmf
Obispo de Mondoñedo-Ferrol