Nuestra Señora de Fátima: Madre de la misericordia, causa de nuestra alegría

Homilía en la fiesta de Nuestra Señora de Fátima en la parroquia de Bravos

"Podemos acudir a la Virgen María con la dificultad que sea, con el mal que sea. Y allí está el corazón que comprende"

Queridos hermanos sacerdotes, queridos hermanos y hermanas que habéis venido peregrinando a este santuario de Bravos en la fiesta de la Virgen de Fátima. Vivimos tiempos de retos bien importantes y al mismo tiempo motivadores, que tienen que sacar lo mejor de nosotros mismos en este Año Jubilar de la Misericordia. Tiempos desprovistos precisamente de misericordia y de alegría verdadera. De algún modo, lo que nos pasa puede simbolizarse, recreando la escena del Evangelio que acabamos de leer, como si de repente nos hubiéramos quedado sin vino para celebrar el banquete de la vida. Gracias a Dios, la Virgen María, hoy como ayer, está ahí, atenta madre e intercesora.

Ella sigue inspirando confianza. Lo vemos cuando contemplamos multitud de personas que peregrinan hacia santuarios, como este de Bravos. Personas, nosotros mismos, que ante su imagen se congregan con flores, con velas, y rezan y cantan con fervor y entusiasmo. Y sobre este ambiente de fe, flota un aire de paz y de alegría que no se da en otras partes. Es el encuentro incomparable de los hijos confiados con una madre que siempre responde a las plegarias y es amparo en cualquier situación. Para nosotros y para nuestro mundo. No nos hemos de olvidar de pedir por los demás, especialmente por quienes están en peor situación que la nuestra.

Podemos acudir a la Virgen María con la dificultad que sea, con el mal que sea. Y allí está el corazón que comprende, los ojos que miran con cariño, el consuelo y la paz para encontrar la alegría perdida, la fortaleza de Dios para continuar el imprescindible banquete de la vida. Sabemos que el amor de esta madre, reflejo del Amor de Dios, no falla nunca. Y al no fallar su amor, al lado de ella brota y se mantiene la alegría. Este don que hemos recibido en la Iglesia, lo podemos y debemos ofrecer a quien necesite guía y orientación, consuelo, alegría, sanación, seguridad, confianza…

Dios nos ha regalado en la Iglesia a su propia madre como nuestra. Ella siempre está atenta y disponible, con el corazón abierto a sus hijos e hijas. Ella sabe nuestra necesidad del vino del consuelo e intercede por nosotros. Ella, volviendo a nosotros sus ojos misericordiosos, nos repite: «Haced lo que Él os diga». Y Dios Padre nos regala a manos llenas, en Jesús, el vino nuevo de su misericordia.

Confiar en la Virgen María es confiar que tienen solución nuestros problemas y los del mundo. Es creer que las lágrimas pueden convertirse en alegría. Confiar en la Virgen María es experimentar que el amor misericordioso de Dios hace posible lo imposible. Estamos muy necesitados del vino de la fe, del vino del amor de Dios, del vino de la misericordia, del vino nuevo, el de mayor calidad, para celebrar mejor el banquete de la vida, sobre todo cuando se torna complicado.

Vivamos así, para mantener la alegría o recuperarla donde se haya perdido. Demos testimonio de nuestra fe, practiquemos la misericordia. Vayamos, sin vacilar, peregrinos confiados, hacia el Corazón de la Madre que siempre escucha e intercede ante su Hijo por nuestras necesidades y las de toda la humanidad. Después, solo tenemos que hacer lo que Él nos diga. Hermosa escucha, mejor consecuencia, que se derrama sobre todos como el mejor vino de la misericordia.

+ Luis Ángel de las Heras, cmf
Obispo de Mondoñedo-Ferrol