Jornada Mundial de Oración por la Paz

Eucaristía en la Concatedral de San Julián de Ferrol

"Contemplemos en las víctimas de nuestro mundo, lejos o cerca de nosotros, el amor no amado que necesita que se derrame a raudales la misericordia que cura a un ser humano lastimado"

El papa Francisco ha propuesto esta jornada de oración por la paz en comunión con la reunión y oración que se celebró ayer, 20 de septiembre, en la ciudad de Asís, treinta años después de la que convocó Juan Pablo II con el mismo motivo, en el mismo lugar, invitando igualmente a representantes religiosos de todo el mundo.

Orar por la paz exige comprometerse con la paz. El papa Francisco nos invita a pensar en la «sed de paz». Evoca la sed de Jesús en la cruz, como imagen de esta necesidad extrema: «sed de paz». Además, la ha señalado como una sed de amor, elemento esencial para vivir. Sed que tiene el Señor en la cruz: darnos el agua viva del amor y recibir nuestro amor.

También ha recordado el papa que Santa Teresa de Calcuta quiso que, en todas las capillas de las comunidades de su congregación, cerca del crucifijo, estuviese escrita la frase “tengo sed”.  Madre Teresa quiso saciar la sed de amor de Jesús en la cruz sirviendo a los más pobres. Sed de Dios que se calma con nuestro amor compasivo y misericordioso.

En ese “tengo sed” de Jesús en la cruz, hemos de escuchar la voz de los que sufren, la mirada perdida de los inocentes y la súplica angustiada de los más necesitados de paz. Para limpiar nuestro mundo contaminado con el odio, el rencor, el resentimiento… Contaminación que causa más sed, más necesidad, más pena y más dolor.

Ante la cruz de Jesús, el papa nos invita a contemplar, como hizo Francisco de Asís, al amor no amado. Al amor rechazado. Rechazo que sufrió el inocente moribundo que teniendo sed recibió vinagre amargo.

La indiferencia, el rechazo, la frialdad enturbian las relaciones humanas, llevándonos a regiones de dolor, destrucción y muerte en lugar de conducirnos a las regiones de misericordia, gozo, amor, vida y paz que Jesucristo anuncia y promete contando con nuestra colaboración.

Contemplemos en las víctimas de nuestro mundo, lejos o cerca de nosotros, el amor no amado que necesita que se derrame a raudales la misericordia que cura a un ser humano lastimado. Examinémonos también nosotros mismos. Las víctimas en las circunstancias más extremas tienen sed. Pero todos tenemos sed. Sed de paz, sed de justicia, sed de amor.

La paz es una necesidad en cualquier corazón humano. Nosotros, gracias a Dios, no vivimos ahora en situación de guerra, aunque sí sufrimos distintas expresiones de violencia en nuestro entorno social. Pero aún libres de todo eso, estamos necesitados de paz. Tantas cosas en la vida nos la quitan casi sin darnos cuenta…

Nuestra oración por la paz hoy nos lleva a pedir por aquellos que más la necesitan. Pero al mismo tiempo nos hace comprometernos en una vida que ha de desprender urgente, inaplazable e imprescindiblemente misericordia, compasión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Una vida donde el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza. Una vida en la que el amor, tal y como Dios ama, esté por encima de todo. Una vida en la que amar sin mirar a quién —amigos, no tan amigos o enemigos— sea una acción que brote con coherencia de una persona cristiana, consciente de que todo ser humano es digno de ser amado.

Que la paz de Jesús, el Mesías, el Señor, Príncipe de la Paz, rebose en cada corazón, en nuestras comunidades cristianas, en nuestra diócesis de Mondoñedo-Ferrol, en nuestra Iglesia universal y en nuestro mundo.

+Luis Ángel de las Heras, cmf
Obispo de Mondoñedo-Ferrol