En la fiesta de Nuestra Señora de la Merced

Capilla de los PP. Mercedarios de Ferrol

"Esta celebración en el Año Jubilar de la Misericordia nos compromete a contemplar y descubrir en María, como hizo San Pedro Nolasco, la dulzura de su mirada y la alegría de la Misericordia de Dios especialmente para con los últimos y, singularmente, los privados y mendigos de libertad"

Queridos hermanos Mercedarios, queridos cofrades de esta Cofradía de la Merced, miembros de la comunidad educativa, antiguos alumnos, familia mercedaria, muchas felicidades por vuestra fiesta. El carisma mercedario enriquece esta Iglesia de Mondoñedo-Ferrol.

El Pueblo de Dios siempre ensalza a los humildes que cumplen la voluntad del Padre, enfrentándose a quienes, aliados con el mal, quieren oprimir a otros hombres, sus hermanos. Judit, fiel al Dios de Israel hace frente al mal, prefigura y anuncia a la Virgen María, orgullo de nuestra raza por aceptar ser la Madre de Dios; de un Dios que se abaja naciendo de una mujer, bajo la ley, hasta acoger lo último de este mundo.

María es la Madre Jesucristo, rostro de la Misericordia de Dios Padre. María es, por tanto, Madre de la Misericordia, Nuestra Señora de la Merced, Cautiva y Encarcelada, signo y recuerdo de la presencia de Dios en los excluidos, en los encarcelados, esclavos y oprimidos de todos los tiempos. Así lo descubrió y nos lo ha transmitido San Pedro Nolasco, gran santo de la Misericordia.

Esta celebración en el Año Jubilar de la Misericordia nos compromete a contemplar y descubrir en María, como hizo San Pedro Nolasco, la dulzura de su mirada y la alegría de la Misericordia de Dios especialmente para con los últimos y, singularmente, los privados y mendigos de libertad.

Nadie ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre como su Madre y nuestra madre, la Virgen de la Merced. Todo en la vida de María es reflejo de la Misericordia hecha carne. Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres.

Guardó en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, el Magníficat, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende «de generación en generación» (Lc 1,50) hasta hoy. También nosotros estamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María. También los cautivos de nuestros días están ahí presentes.

En la escena del Evangelio que hemos escuchado hoy, al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo amado, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios, la redención. Hasta dónde ha de llegar nuestro perdón: más allá incluso de «setenta veces siete». María garantiza que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Ella nunca se cansa de volver a nosotros sus ojos misericordiosos. No nos cansemos nosotros de tener ojos misericordiosos para con los demás.

Que San Pedro Nolasco, que hizo de la misericordia la misión de su vida, interceda por todos. Por los miembros de la Orden de la Merced, por los cofrades de vuestra cofradía, por la familia mercedaria, por la comunidad educativa de este colegio, y por quienes nos hemos reunido en esta tarde. Que aprendamos a hacer de la Misericordia liberadora un modo de pensar y de actuar, un estilo de vida que sirva a tanta gente que lo necesita a través de nosotros.

+ Luis Ángel de las Heras, cmf
Obispo de Mondoñedo-Ferrol