En la Clausura del Año Jubilar de la Misericordia

Mondoñedo, Ferrol y Viveiro, 19 y 20 de noviembre de 2016

"Dejémonos bendecir con gratitud por quienes nos mueven a misericordia. Aprendamos a pedir perdón si miramos a otro lado y pasamos de largo"

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos celebrado un Año intenso de la Misericordia. Clausurarlo es parte de su intensidad y una invitación a dar gracias recordando lo vivido.

En el final del año litúrgico las lecturas nos hacen pensar en la meta, en el Reino. Reino de la Alianza de la Verdad, la Justicia y la Misericordia. El Señor nos ha sacado del dominio de las tinieblas, nos ha trasladado al reino de su Hijo querido por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón. Por esta redención y por este perdón en el Reino esperado, las víctimas de este mundo serán instrumentos de la justicia y de la misericordia de Dios.

Peregrinos de la misericordia en esta tierra, estamos llamados a trabajar para que todos alcancen misericordia. Trabajar por la misericordia, ser personas misericordiosas, nos permite sentarnos al banquete del Reino. En cambio, quien no trabaja por el Reino, quien aleja de su vida el anuncio de Cristo, quien vive de espaldas al hermano solo, oprimido, desamparado, quien no acoge y contagia la misericordia no camina hacia el Reino. No se hace digno del banquete.

La misericordia prepara el camino del Señor que viene a regir la tierra con justicia y rectitud, a instaurar su Reino. Por nuestra parte, hemos de estar dispuestos a entrar en él, como el ladrón arrepentido. El arrepentimiento con la humildad de pedir perdón abre las puertas del Reino. El ladrón arrepentido refleja la realidad de nuestra vida llamada a recorrer la senda de la misericordia, a experimentar la paz y la alegría del perdón de Dios Padre para tratar con misericordia a nuestros hermanos, especialmente a quienes nos han ofendido y muestran su arrepentimiento desde el reconocimiento de la verdad y pidiendo perdón.

El perdón y la misericordia son condiciones de futuro para la humanidad, para la Iglesia, para cada uno de nosotros. Nadie está libre de pecado, pero puede ser liberado con un signo de arrepentimiento. Dios conoce cada corazón y reconoce cualquier señal por débil que sea.

Liberémonos de cualquier tentación de desconfianza en la llegada del Reino de Dios; de cualquier tentación de pensar que cuanto va mal no tiene solución. No escuchemos ni sigamos cantos de desventura que niegan la acción transformadora de Dios sobre la humanidad. Tampoco nos dejemos llevar de la comodidad. Salgamos a recorrer el camino de la misericordia con alforjas de verdad y sandalias de arrepentimiento. Llegaremos al Reino de Dios Padre Misericordioso, que al mismo tiempo está ya presente en cada corazón.

Emprendamos la revolución de la ternura y de la misericordia contemplando a Cristo; llenémonos de los sentimientos del Hijo y dejémonos encender por el fuego del Espíritu Santo. Hagamos que sea natural y espontáneo partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que vemos desnudo, dar posada al peregrino y que, de este modo, nadie se desentienda de sus semejantes (cf Is 58,7).

Dejémonos bendecir con gratitud por quienes nos mueven a misericordia. Aprendamos a pedir perdón si miramos a otro lado y pasamos de largo.

Así ha de brillar la vida cristiana como una aurora que cura las heridas propias y ajenas, que abre caminos de justicia, que destierra la opresión, el gesto amenazador, la maledicencia… Para que, finalmente resplandezca la luz de Cristo en medio de las tinieblas (cf Is 58,8-10).

El Año de la Misericordia nos ha acercado a la contemplación de un mundo nuevo que ha de surgir, el Reino, una Iglesia renovada, cuya viga maestra es la misericordia.

Queridos hermanos y hermanas, termino. Dios ha bendecido este año y nos bendice personal y comunitariamente. Bendecidos, cada uno de nosotros bien puede añadir a su nombre el de Dios: misericordia. Adquirimos un nombre nuevo, para ser personas nuevas. Que la clausura de este año nos abra al Reino del Hijo, siendo misericordiosos como el Padre, viviendo en misericordia, como verdaderos y alegres peregrinos.

+ Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF
Obispo de Mondoñedo-Ferrol