Mons. De las Heras: 'Doy gracias al Señor por el don de la vida y el 'sí' de D. José Gea'

Homilía en los funerales por el obispo Gea Escolano

Concatedral de Ferrol y Catedral de Mondoñedo, 10 y 11 de febrero de 2017

"D. José ha sido un bien para esta Iglesia particular y es justo y necesario agradecérselo a Dios y recoger los frutos de este sembrador suyo que quiso compartir su fe en Cristo"

Queridos hermanos y hermanas, queridos hermanos sacerdotes y personas consagradas, queridos hermanos en el episcopado:

Gracias por hacer un hueco en vuestras muchas ocupaciones para celebrar nuestra fe en la Resurrección con motivo de la muerte de monseñor José Gea Escolano, obispo emérito de Mondoñedo-Ferrol.

En el paso que ha realizado a la Casa del Padre, hacemos memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos. Como D. José, nosotros también queremos llegar a vivir con Cristo para siempre. Esta es nuestra fe. Esta es nuestra esperanza.

Quiero dar gracias al Señor por el don de la vida y el sí de D. José Gea Escolano. De su vida y de la historia de su sí ha sido testigo y beneficiaria nuestra diócesis de Mondoñedo-Ferrol. D. José ha sido un bien para esta Iglesia particular y es justo y necesario agradecérselo a Dios y recoger los frutos de este sembrador suyo que quiso compartir su fe en Cristo, respondiendo a la llamada divina por medio de su servicio en el ministerio episcopal.

D. José se expresó mucho y con mucha claridad. Es fácil recordar cómo pensaba, qué le preocupaba y cómo orientaba su vida y ministerio. Tenía ese aire de buen humor y campechanía que le hacía cercano y cordial, dando lugar a muchas anécdotas. Tenía también esa expresión directa, nítida, libre que le alejaba de lo políticamente correcto para exponer lo que pensaba sin miedo al rechazo. Quizá en el fondo y en la forma estaba su lema episcopal: “La palabra de Dios no está encadenada” (2Tim 2, 9), frase que encontramos en la segunda carta de san Pablo a Timoteo y acabamos de escuchar. Es cierto que el anuncio de Cristo, muerto en la cruz y resucitado, puede llevarnos a sufrir algunas cadenas, a vivir señalados o bajo el signo de la persecución… Pero la Palabra de Dios no es esclava de nada ni de nadie, ni siquiera cuando padecemos por causa de la fe. La palabra de Dios libera y permite vivir en Dios, ser de Dios, morir con él y, por fin, vivir con él para siempre. ¿Quién no va a querer vivir con Dios para siempre después de haberlo conocido?

Para dar gracias a Dios en esta ocasión, sería suficiente que recordásemos cada uno lo que hemos recibido del Señor a través de D. José. Pero, además, os ofrezco tres perlas de sus confesiones publicadas hace años en su obra “Un obispo se confiesa. Historia de un sí”, que habéis podido leer o conocer. Y si no, podéis hacerlo ahora (se puede descargar online en http://www.letrasdigitales.es/jose-gea/ ).

Él escribió así: «Mi vida es también vida de la Iglesia, por lo que no es indiferente para los cristianos, como tampoco la de éstos es indiferente para un obispo». Y seguía diciendo: «Quise presentar un testimonio de vida, pero poniendo a Dios como protagonista, no poniéndome yo. Soy muy poquita cosa»; «un obispo normal y corriente que no ha destacado en nada y que lo único que ha pretendido en su vida ha sido servir al Señor allí donde el Señor lo ha puesto».

Desde la conciencia de la pequeñez humana, sintiéndose un “obispo normal”, “muy poquita cosa” —esto es de una gran sabiduría—, supo que su vida no le pertenecía, no era suya, sino de Dios, el verdadero protagonista de toda gran historia humana. Así reconoció que su vida era vida de la Iglesia. Como tal, con Dios por protagonista, la vida de D. José llega a ser relevante para los cristianos. De la misma manera hay una justa correspondencia: las vidas de todos los hijos e hijas de la Iglesia deben ser importantes para un obispo.

La segunda perla que os ofrezco son estas palabras de D. José que leo y no comento: «Mientras estamos metidos en nuestras tareas y ocupaciones, quizá no somos tan conscientes de la obra de Dios en nosotros; por eso nos va muy bien pararnos a pensar en lo que Dios ha ido haciendo en nosotros desde nuestra infancia, fijándonos más en lo que el Señor ha hecho en nosotros, que en lo que nosotros hayamos podido hacer por el Señor».

En tercer lugar, resalto una entrañable despedida de la introducción que hace en ese libro suyo: «Al compartir con los lectores las gracias que Dios me ha dado, os animo a que veáis cómo también el Señor ha escrito en vuestra vida páginas bellísimas de amor. En esa historia de amor de Dios con vosotros, iréis descubriendo el proyecto de Dios sobre cada uno, proyecto de amor, como el mío y como el de todos sus hijos». Hasta aquí sus palabras. Dios siempre escribe bellas páginas de amor e invita a escribirlas. Pero para hacerlo con buena caligrafía hay que tener suficiente humildad para dejar que Dios guíe nuestra mano al trazar las letras de nuestra vida.

La acción de gracias por D. José ilumina hoy nuestra vida cristiana y eclesial, nuestros retos misioneros. Su muerte, unida a la de Cristo, es un paso hacia la gloria, la gloria de quien no se ha servido a sí mismo sino al Señor, a la Iglesia, a tanta gente. Las palabras del Señor en el Evangelio que hemos escuchado son palabras de amor muy alentadoras: «Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo» (Jn 17, 24).

Así lo pedimos para D. José. Con nuestra gratitud deseamos que vea cara a cara la gloria del Señor. Esta es nuestra certeza. La muerte no puede apartarnos del amor de Cristo, amor que el Padre ha dado al Hijo desde siempre para que nos lo entregue a nosotros gratuitamente. Que continuemos la senda de la vida escribiendo jubilosos bellas páginas con la caligrafía de Dios hasta alcanzar el gozo que no termina.

Que la Virgen María, Ntra. Señora de los Remedios, patrona de la diócesis, a quien invocamos hoy también como Madre de los Desamparados, advocación entrañable en tierras valencianas de D. José, presente a su hijo fiel y devoto a Jesucristo, Pastor y Obispo de nuestras almas, para que reciba de sus manos la corona de gloria imperecedera por haber cuidado de su Iglesia como servidor bueno, sencillo, simpático y fiel.

Amén.

+ Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal
Obispo de Mondoñedo-Ferrol