En los 25 años de la beatificación de los mártires claretianos de Barbastro

Homilía de Mons. De las Heras en la eucaristía de acción de gracias en la Catedral de Barbastro

"El poder incalculable del amor, del perdón, de la misericordia y de la esperanza que Cristo ha traído a esta tierra"

Cuando conmemoramos el 25 aniversario de la beatificación del seminario mártir de Barbastro, hacemos profesión de fe de haber recibido el mismo tesoro que nuestros hermanos mártires claretianos, de todos nuestros hermanos mártires bien recordados en esta querida Iglesia particular de Barbastro-Monzón. Un tesoro que llevamos en una vasija del mismo barro de nuestros mártires (cf 2 Cor 4,7). Tengámoslo presente para celebrar este acontecimiento llenos de gratitud y mirando el futuro con esperanza.

Nuestros hermanos mártires, forjados en la fragua del Corazón de María, fragua materna de fuego del amor de Dios y del fuego del martirio, hoy siguen hablando porque están vivos, en ese misterio de la vida eterna que tanto nos embelesa y que debemos temer menos y aceptar más con la alegría del que va a la casa del Señor y pisa los umbrales del gozo eterno, desconocido en esta peregrinación terrena y siempre anhelado.

El vínculo de la vasija de barro que nos une a los mártires nos descubre la fuerza de Dios en todo tiempo (cf 2 Cor 4,7). El poder incalculable del amor, del perdón, de la misericordia y de la esperanza que Cristo ha traído a esta tierra. Como ellos, nosotros también “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). “Y éste es el testimonio: Dios nos ha dado la vida eterna y esta vida está en su Hijo” (1 Jn 5,11).

La arcilla frágil de nuestras vasijas nos permite mostrar la vida de Jesús (cf 2 Cor 4,11), que contemplamos en nuestros mártires. Entregados por su causa, la vida del Crucificado – Resucitado se manifiesta en los papelitos, en el taburete del piano, en el envoltorio de chocolate, en el pañuelo, en la carta a su querida Congregación.

Hoy siguen escribiendo con lápices eternos, no gastados, el testimonio de la vida del Hijo de Dios que vive en ellos. Y por eso hoy también hay más y más personas alcanzadas por la gracia para descubrir la gloria de Dios en estos incomparables hijos de la Iglesia y de la Congregación claretiana que tienen el mérito y el coraje de haber acogido al Dios vivo, Jesucristo, muerto en la cruz y resucitado para darnos vida nueva.

De esta manera, estos hermanos nuestros testifican que no son más que el Maestro (cf Jn 15, 20), que han sido escogidos por Él y que, si son rechazados, es por quienes no saben lo que hacen (cf Jn 15, 21) y merecen mirada de perdón y oportunidad de reconciliación y de esperanza.

Aceptemos la herencia de esta esta eterna juventud claretiana. Acojamos la gracia de Cristo que tiene el poder de transformarnos. Escribamos nosotros hoy también palabras de amor y de perdón, en medio de cualquier odio, condena, indiferencia, incomprensión y sufrimiento, que no faltan. Grabémoslas en cualquier papel, con el lápiz de nuestras vidas vividas desde Dios y voluntariamente entregadas. Pronunciemos palabras de vida más allá de la muerte, conscientes de que el Evangelio —que hemos sido llamados a anunciar— es el que engendra a los mártires y nos da garantía de la llegada del Reino.

Los beatos mártires claretianos de Barbastro nos muestran la senda del aprecio de HIJOS a una Congregación, MADRE de tantos y tan distintos Misioneros Claretianos, Hijos del Inmaculado Corazón de María, que construyen fraternidad, misión e Iglesia por el mundo entero. Nos muestran igualmente la senda del aprecio filial a la Iglesia universal.

Sus vidas, sus intensos días en el salón de los escolapios, reflejan la vivencia sencilla de los consejos evangélicos con estilo profético hasta el fin. La valentía que nace de la escucha fiel a la voluntad del Padre, la transparencia de un corazón indiviso   —orante y centrado en Cristo— y el desprendimiento que libera para la entrega inimaginablemente compensada.

Ellos también alientan nuestro peregrinaje de discípulos-misioneros —en tiempos distintos, pero en el mismo tiempo del Reino—, corriendo la misma suerte que el resto del pueblo de Dios en tantos rincones del mundo. Sin vacilar, con claridad; sin temer, con arrojo; sin juzgar, con misericordia.

Al contemplar esta herencia, tenemos la fortuna de ser invitados a saborear mejor el cáliz que Dios Padre nos ofrece. El mismo cáliz que Jesús bebió hasta el final y luego otros muchos, como nuestros hermanos mártires claretianos de Barbastro, han sido capaces de apurar.

Escuchemos el eco de estas hermosas páginas cristianas, eclesiales y claretianas de Barbastro proclamadas a los cuatro vientos desde hace veinticinco años y que nos señalan ahora el infinito. Mártires de Cristo, que murieron por su causa, nos muestran el camino seguro a la Congregación de los misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, a la familia claretiana y, a través de este carisma, a toda la Iglesia en pie de misión. Una Iglesia viva, que anuncia el gozo del Evangelio de Jesús y es misericordiosa y samaritana. Una Iglesia que ofrece al mundo el plan de salvación que necesita y todavía no conoce. Apuremos el cáliz para adelantar la llegada del Reino de Dios que está cada vez más cerca. Con los beatos mártires Felipe de Jesús Munárriz y compañeros, guardados en el Corazón Inmaculado de María, andariega del Reino, miramos al futuro alegres y esperanzados. Sigamos estas huellas, que son las del Maestro. Amén.