En el funeral por el sacerdote Vicente Casas Trasancos

"Consuela tú ahora a quienes te han consolado en esta vida. Acerca tú ahora a Dios a quienes te han acercado a Él"

Nos ha unido esta tarde el paso a la vida eterna de vuestro hijo, ahijado, hermano, tío, sobrino, primo y nuestro amigo, compañero, profesor, músico, sacerdote del Señor… Vicente Casas Trasancos. Una voz privilegiada que hoy canta la gloria en la casa del Padre tras su paso por este valle de lágrimas mirando hacia Dios. Una vida que nos habla del camino cierto hacia la vida eterna y verdadera.

El hombre de este pasaje del evangelio de Lucas se acerca a Jesús convencido de que existe la vida eterna. Vicente también vivió convencido y seguro de la vida eterna. ¿Cómo vivir, entonces, en esta tierra sin perder el paso hacia la vida eterna ni el puesto en ella? Esta inquietud no nubla ni quita belleza a la existencia humana, por dura y cruel que aparezca. Esta inquietud esclarece el corazón humano para acoger el misterio de la vida y de la muerte, que Cristo ha venido a iluminar.

Sabemos que sólo de la unión con Dios, el viviente eterno y absoluto, puede emanar la vida eterna. Observar los mandamientos lleva a poner delante del Maestro la verdad desnuda de la propia vida. Y es entonces cuando Jesús nos invita a liberarnos de todo lo que nos pesa para formar parte de su grupo de amigos y seguidores, los que viven y mueren para el Señor.

Así, nos convoca a un modo de vida totalmente distinto, como el que Vicente acogió respondiendo a la vocación sacerdotal. Vivir para el Señor, dándolo todo; acompañar a Jesús, escuchar su Palabra, llenarse de su Espíritu, compartir su banquete, en los momentos de prosperidad y en los de adversidad. Esta es la voluntad de Dios que Vicente aceptó, que todos nosotros estamos invitados a acoger para caminar más ligeros, para comprender en el interior del corazón el dolor y el misterio de esta vida e igualmente el misterio y el gozo que nos aguarda en la vida del reino de Dios.

El seguimiento de Jesús es camino directo a la vida eterna, como lo ha sido para Vicente y lo es para quienes hacen lo que el Maestro les dice. Eso es unirse a Jesús, es vivir y morir para Dios, entrando a formar parte de una familia nueva. La de los amigos de Dios. Amigos del bien, de la bondad y de la verdad. Amigos del perdón, de la justicia y de la belleza. Amigos que gozan de una amistad nueva que anhelamos y experimentamos frágilmente en este mundo, pero que no queda rota por la muerte, sino que resiste indestructible hasta ser plena en el otro.

Vicente, sacerdote del Señor, amigo de Jesús, canta para siempre la gloria de Dios. Has dejado todo y has recibido todo, con el aguijón de la enfermedad, con el dolor que no ha llegado nunca a apagar tu sed de Dios; que ha hecho crecer tu cariño por quienes han compartido tu sufrimiento hasta esta patria de consuelo y esperanza que se ha abierto ya para ti. Cuida tú ahora de quienes han cuidado de ti en tu enfermedad. Consuela tú ahora a quienes te han consolado en esta vida. Acerca tú ahora a Dios a quienes te han acercado a Él, que siempre ha sido tu pastor. Él, en quien nada te ha faltado, en quien has recibido el ciento por uno con la persecución de la enfermedad y el sufrimiento. Él en quien te espera la vida eterna.

Que Nuestra Señora de los Remedios, siempre presente en tu corazón y en tus labios, envuelva de luz nuestro recuerdo hacia ti para proseguir con fuerzas este camino en el que tú nos has adelantado. Camino del Reino al que nos proponemos llegar con la esperanza de iluminar las sombras que hoy vemos. Señor Jesús, Maestro de luz, dale a Vicente la luz eterna. Descanse en paz. Amén.