En la Fiesta de la Sagrada Familia

Homilía en la Catedral de Mondoñedo y Concatedral de Ferrol, 30-31 de diciembre de 2017

"Jesús con su familia, está presente en tantas historias de amor familiar, en la de cada uno de nosotros, en las de las familias de nuestra diócesis, en todas las familias del mundo"

Durante la Navidad vemos una y otra vez el belén: en casa, en la iglesia, en la asociación, en la calle, en algún establecimiento comercial… En este gesto navideño de ver belenes, llega la fiesta de la Sagrada Familia. Ha estado delante de nosotros todo el tiempo: María y José rodeando a Jesús recién nacido. Al mismo tiempo descubríamos a los pastores, a otros personajes y a otros seres vivos perfectamente colocados en el paisaje de cada belén. Esta familia de Nazaret de Galilea que por un hecho histórico encontramos en Belén de Judá, es motivo de nuestra celebración hoy, como fiesta de bendición y acción de gracias por su modelo y por nuestras familias.

Para ello, nuestra visión de la familia de Nazaret ha de detenerse, evitando pasar rápida y superficialmente, para ser contemplativa y profunda. Contemplemos a la familia de Jesús, a la Sagrada Familia, en el belén que cada uno hemos “montado” en nuestra mente y albergamos en nuestro corazón.

¿Nos parece que están muy solos, lejos de sus familiares y de su pueblo? ¿Nos da pena que no haya habido sitio en la posada? ¿Nos parece injusto que María haya dado a luz a Jesús en un pobre portal? ¿Nos inquieta que no tengan suficientes medios para sobrevivir? ¿En qué lugar del belén me sitúo yo y sitúo a mi familia contemplando a la familia de Jesús?

En nuestra contemplación, llegamos hoy a la presentación de Jesús en el templo que hemos escuchado en el Evangelio. A los cuarenta días del nacimiento de Jesús, María y José lo llevan al templo de Jerusalén, a cumplir con los preceptos sagrados. Allí descubrimos a dos personas que creen en las promesas de Dios. En su larga vida tienen experiencia de que Dios siempre cumple lo que promete. Por eso son capaces de vislumbrar el futuro, el tiempo de Dios, y pueden ver los sufrimientos por los que pasará ese niño, esa madre, esa familia. No obstante, esos dolores traerán la novedad de la Resurrección, del Reino de Dios, de la Vida que no termina, del amor que traspasa cualquier frontera, incluso la más fuerte, la de la muerte, la de la otra Vida.

Nuestra contemplación del belén que ponemos, recreamos y actualizamos en nuestra mente, nos permite agradecer el don de la familia de Jesús, el don del Dios de la familia, el don de cada familia. Él ha querido que la familia sea un espacio sagrado, cuidado con esmero, en el que cada miembro se vista de misericordia entrañable, de bondad, de humildad, de dulzura, de comprensión. Un espacio, lugar y hogar, en el que nos sobrellevemos, nos pidamos perdón y nos perdonemos experimentando y contagiando la paz de Cristo. Un espacio en el que el amor sea el vínculo de unión por excelencia y llegue a ser un lazo más fuerte que el de la sangre.

Nuestra contemplación hace que descubramos en el belén la grandeza y amplitud de la familia, de la que también empiezan a formar parte los pastores, los niños, los que se acercan a adorar, los que vienen de lejos como los magos de Oriente, los que van a conocer a Jesús y se sentirán unidos entre sí por Él. Con naturalidad podemos ver entonces que la Iglesia es familia de familias y que cada familia es un bien para las otras y para toda la Iglesia, del mismo modo que la Iglesia es un bien para cada familia.

Y como todo bien viene de Dios, sabemos que Él, que ha tenido y conocido familia humana, es quien nos inspira para que seamos acogedores en la familia: los padres para con los hijos, los hijos para con los padres y todos para con otros, porque ninguna familia bendecida por Dios se cierra en sí misma.

Él también nos ayuda a establecer lazos con la familia ampliada y con otras familias, para ofrecernos a acompañar a cuantos lo acepten, sobre todo si hay situaciones difíciles, del signo que sea. Siempre pidiendo permiso, puesto que Dios lo hace primero y nos enseña a pedirlo en el mayor respeto a la libertad que podemos conocer.

En la acogida y el acompañamiento, en la familia nuclear y en la ampliada, cada cual contribuye a tener buena salud familiar, a ser curados y ayudar a curar con la actitud misericordiosa y samaritana que surge del amor de Dios a la persona humana vivido extraordinariamente en familia. Ese amor que nos desvela en detalle la belleza de la paternidad, de la maternidad, de la filiación, de la fraternidad. Ese amor que celebra los momentos felices y sostiene en los episodios complicados de la vida, precisamente cuando se estrechan más los vínculos familiares. Ese amor que pone de relieve la alegría por la vida que nace y crece y el cuidado amoroso de todos, desde los pequeños a los ancianos.

En el belén que cada uno tiene puesto en su imaginación hoy contemplamos al pequeño Jesús, Cristo vivo, acompañado por María, por José, por ángeles, pastores y otra mucha gente. Jesús con su familia, está presente en tantas historias de amor familiar, en la de cada uno de nosotros, en las de las familias de nuestra diócesis, en todas las familias del mundo. De un modo particular, que nos compromete fuertemente, está presente en las familias que viven en situaciones de guerra, en las familias desplazadas, de inmigrantes y refugiados, en las familias que luchan por superar dificultades para salir adelante, en las familias enfermas de desamor y violencia. Hemos de lograr que cada familia, aunque encuentre debilidad, pueda sentirse y ser una luz en la oscuridad del mundo.

Invoquemos el Espíritu Santo sobre todas las familias de la tierra, con las que queremos construir familia humana según el proyecto de amor de Cristo Jesús, para que sean bendecidas por el Padre Dios que conoce y nos muestra la grandeza de la familia. Amén.