Queremos habitar en tu casa, Señor

Viernes 19 de octubre de 2018

Pronunciada por el vicario general, en ausencia de monseñor De las Heras

Homilía en el aniversario de la Dedicación de la S.I. Basílica-Catedral de Mondoñedo

"Trabajemos por hacer brillar la luz de Dios en cada rincón de su casa y mostremos la grandeza de habitar en ella a quienes todavía no la conocen porque no se han encontrado con Jesucristo"

En algún momento de nuestra vida cristiana, nos hemos visto abocados a exclamar, experimentar, pensar o sentir: “Quiero habitar en tu casa, Señor”. En el camino sinodal de estos tiempos en los que vamos forjando el nosotros eclesial, hemos de aprender a vivir diciendo: “Queremos habitar en tu casa, Señor”.

Esta es la casa del Señor. Él ha querido vivir en ella y se ha adelantado a ofrecérnosla a nosotros para que la habitemos, permaneciendo en su interior con Él y con los hermanos en la fe. Nuestra Iglesia particular de Mondoñedo-Ferrol viene edificándose como casa del Señor, tal y como celebramos en el aniversario de la Dedicación de su Santa Iglesia Basílica Catedral de Ntra. Sra. de la Asunción, más allá incluso de los 800 años que celebraremos en la conmemoración del inicio de la construcción del templo.

Hoy es un día para dar gracias a Dios, que nos ha regalado una casa; no de piedra y madera, hechura humana que hay que cuidar, restaurar y conservar, sino una casa que trasciende los muros del esfuerzo humano y hace brillar una comunidad fundada en la fe, la esperanza y el amor.

Durante este curso nos hemos propuesto metas realistas para nuestra conversión misionera, personal y comunitaria, conscientes, como decíamos el año pasado, de que cada diocesano es una piedra viva que necesita restaurarse, pulirse, adaptarse, revestirse con la hermosura de Cristo y su Evangelio.

Por tanto, buscaremos juntos un anuncio renovado que ofrece a los creyentes, también a los tibios o no practicantes, una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora (EG 11). Con este fin, queremos revisar y comenzar a mejorar la propuesta cristiana y los procesos de iniciación y acompañamiento en la fe. Pero en vano se cansan los albañiles si el Señor no construye la casa. A Él le confiamos nuestros esfuerzos y nuestra determinada determinación de restaurar su Iglesia, constituyendo cada rincón de nuestra diócesis en estado de misión (cf EG 25).

Este proyecto es el que nos hace exclamar hoy: “Queremos habitar en tu casa, Señor”. Sin conformarnos con un cumplimiento externo o mediocre, sino profundizando en el sentido de las normas, moviéndonos por el amor que debe reinar en la casa de Dios y, en consecuencia, yendo más allá de lo exigible con generosa donación.

Queremos habitar en tu casa, Señor, sin calumniar con la lengua. Sin chismorrear. Sin hacer mal al prójimo. Sin acarrear desgracias a nuestros vecinos, como gentes de paz que quieren vivir en la paz de la casa de Dios.

Somos conscientes de que no habitará la casa del Señor quien comete fraudes, el que dice mentiras (cf Sal 101,7), y que debe ser exhortado al reconocimiento de su delito y a cambiar su conducta el que actúa como reprueba el Señor. Habitarán la casa del Señor quienes tienen una conducta intachable y cooperan para que los hermanos la tengan también. Quienes, reconociéndose pecadores, buscan y practican la misericordia, pero no consienten en instalarse en la corrupción pactando con el pecado -y mucho menos con el crimen-.

Querer habitar en la casa del Señor nos exige pedir perdón por nuestros errores, escándalos, pecados y delitos, como han hecho los últimos Papas. Nos exige dar importancia a aquello que puede ser la puerta del pecado grave y de la transgresión, sobre todo si consentimos un comportamiento irresponsable que enturbie el aire del Espíritu que hemos de respirar en la casa del Señor.

Más en concreto, querer habitar en la casa del Señor nos exige pedir perdón por los abusos sexuales, de poder y de conciencia, sobre todo contra menores y adultos vulnerables, como afirma el papa Francisco en su carta de agosto pasado al Pueblo de Dios. Lo hacemos sintiendo con toda la Iglesia, casa de Dios en medio de su Pueblo, seguros de que “si un miembro sufre, todos sufren con él” (1Co 12,26). Solidarios con quienes sufren y dolidos por nuestros pecados, hemos de dar pasos para favorecer que se atienda a las víctimas, que se comprenda su sufrimiento -que en algunos casos no cesa-, y  que no tengamos miedo de reconocer el escándalo de una conducta reprobable, con el fin de que no se vuelva a producir.

No siempre hemos sido dignos de habitar en la casa del Señor. Pero queremos serlo y el esfuerzo por cambiar es camino de restauración de la casa del Señor, buscando el bien y practicando la justicia, diciendo la verdad de corazón, facilitando el resarcimiento que ayude a superar el sufrimiento infligido y acogiéndonos a la misericordia divina.

Que cada cual repare en su conducta, revise si está cerca o lejos de la justicia de Dios, de decir la verdad de corazón, de no calumniar, de no hacer mal ni acarrear desgracias al prójimo. Que cada cual piense lo que tiene que cambiar para habitar en la casa del Señor por años sin término, de modo que cumpla lo prometido aunque sea en daño propio. Que todos honremos a los que aman a Dios, que son muchos santos de la puerta de al lado, los cuales sostienen la casa y a cada uno de sus habitantes para que ninguno vacile jamás.

Sintámonos alegres por haber sido llamados a habitar, cuidar y restaurar la casa del Señor. Reconozcamos que necesitamos la fortaleza que nuestra casa nos transmite; trabajemos por hacer brillar la luz de Dios en cada rincón de su casa y mostremos la grandeza de habitar en ella a quienes todavía no la conocen porque no se han encontrado con Jesucristo. Especialmente a los jóvenes, que en este tiempo sinodal –y siempre- forman parte del corazón de la Iglesia: es a ellos, que tienen el mundo y la vida entera por delante, a quienes debemos pasar el hermoso testigo de la fe, como quien abre la puerta de la casa más hermosa a la próxima generación que habrá de habitarla. El Señor quiere vivir con ellos –con todos nosotros-. No escatimemos ningún esfuerzo, ninguna oración, para que nadie quede fuera de los atrios del templo de Dios. Que podamos cantar a coro con voces de un nosotros eclesial: “qué alegría cuando nos dijeron: vamos a la casa del Señor” (cf Sal 122).
 


Galego

«Queremos habitar na túa casa, Señor»

Nalgún momento da nosa vida cristiá, témonos visto abocados a exclamar, experimentar, pensar ou sentir: «Quero habitar na túa casa, Señor». No camiño sinodal destes tempos nos que imos forxando o nós eclesial, temos que aprender a vivir dicindo: «Queremos habitar na túa casa, Señor».

Esta é a casa do Señor. El quixo vivir nela e adiantouse a ofrecérnola a nós para que a habitemos, permanecendo no seu interior con El e cos irmáns na fe. A nosa Igrexa particular de Mondoñedo-Ferrol vense edificando coma casa do Señor, tal e coma celebramos no aniversario da Dedicación da súa Santa Igrexa Basílica Catedral de Nosa Señora da Asunción, mesmo alén dos oitocentos anos que celebraremos na conmemoración do inicio da construción do templo.

Hoxe é un día para dar grazas a Deus, que nos regalou unha casa; non de pedra e madeira, feitura humana que hai que coidar, restaurar e conservar, senón unha casa que transcende os muros do esforzo humano e fai brillar unha comunidade fundada na fe, a esperanza e mailo amor.

Durante este curso propuxémonos metas realistas para a nosa conversión misioneira, persoal e comunitaria, conscientes, coma dicíamos o ano pasado, de que cada diocesano é unha pedra viva que necesita restaurarse, pulirse, adaptarse, revestirse coa fermosura de Cristo e do seu Evanxeo.

Por tanto, buscaremos xuntos un anuncio renovado que ofrece aos crentes, tamén aos mornos ou non practicantes, unha nova alegría na fe e unha fecundidade evanxelizadora (EG 11). Con este fin, queremos revisar e comezar a mellorar a proposta cristiá e os procesos de iniciación e acompañamento na fe. Pero, en balde se esforzan os canteiros se o Señor non fai a casa. A El lle confiamos os nosos esforzos e a nosa determinada determinación de restaurar a súa Igrexa, constituíndo cada recanto da nosa diocese en estado de misión (cf. EG 25).

Este proxecto é o que nos fai exclamar hoxe: «Queremos habitar na túa casa, Señor». Sen nos conformar cun cumprimento externo ou mediocre, senón afondando no sentido das normas, movéndonos polo amor que debe reinar na casa de Deus e, en consecuencia, indo alén do exixible con xenerosa doazón.

Queremos habitar na túa casa, Señor, sen calumniar coa lingua. Sen rexoubar. Sen facermos mal ao próximo. Sen cargarmos desgracias aos nosos veciños, coma xentes de paz que queren vivir na paz da casa de Deus.

Somos conscientes de que non habitará na casa del Señor quen comete fraudes, quen di mentiras (cf. Sal 101,7), e que o que actúa coma reproba o Señor que debe ser exhortado a recoñecer o seu delito e a cambiar a súa conducta. Habitarán a casa do Señor quen ten unha conducta impecable e cooperan para que os irmáns tamén a teñan. Quen, recoñecéndose pecador, busca e practica a misericordia, pero non consente instalarse na corrupción pactando co pecado —e moito menos co crime—.

Querer habitar na casa del Señor exíxenos pedir perdón polos nosos erros, escándalos, pecados e delitos, coma fixeron os últimos Papas. Exíxenos dar importancia a aquelo que pode ser a porta do pecado grave e da transgresión, sobre todo se consentimos un comportamento irresponsable que enturbe o aire do Espírito que temos que respirar na casa do Señor.

Máis en concreto, querer habitar na casa do Señor exíxenos pedir perdón polos abusos sexuais, de poder e de conciencia, sobre todo contra menores e adultos vulnerables, coma afirma o papa Francisco na súa carta do agosto pasado ao Pobo de Dios. Facémolo sentindo con toda a Igrexa, casa de Deus no medio do seu Pobo, seguros de que «se un membro sofre, todos sofren con el» (1Cor 12,26). Solidarios con quen sufre e doídos polos nosos pecados, temos que dar pasos para favorecer que se atenda as vítimas, que se comprenda o seu sufrimento —que nalgúns casos non cesa—, e que non teñamos medo de recoñecer o escándalo dunha conducta reprobable, co fin de que non se volva a producir.

Non sempre temos sido dignos de habitar na casa do Señor. Pero queremos selo e o esforzo por cambiar é camiño de restauración da casa do Señor, buscando o ben e practicando a xustiza, dicindo a verdade de corazón, facilitando o resarcimento que axude a superar o sufrimento inflixido e acolléndonos á misericordia divina.

Que cada quen repare na súa conducta, revise se está preto ou lonxe da xustiza de Deus, de dicir a verdade de corazón, de non calumniar, de non facer mal nin cargar desgrazas ao próximo. Que cada quen pense o que ten que cambiar para habitar na casa do Señor ao longo dos seus días, de xeito que cumpra o prometido aínda que sexa en dano propio. Que todos honremos aos que aman a Deus, que son moitos santos da porta do lado, e que sosteñen a casa e a cada un dos seus habitantes para que ningún vacile xamais.

Sintámonos alegres por sermos chamados a habitar, coidar e restaurar a casa do Señor. Recoñezamos que necesitamos a fortaleza que a nosa casa nos transmite; traballemos por facer brillar a luz de Deus en cada recanto da súa casa e mostremos a grandeza de habitar nela a quen aínda non a coñece porque non se encontrou con Xesucristo. Especialmente aos máis novos, que neste tempo sinodal —e sempre— forman parte do corazón da Igrexa: é a eles, que teñen o mundo e a vida enteira por diante, a quen debemos pasar o fermoso testemuño da fe, coma quen abre a porta da casa máis fermosa á próxima xeración que a haberá de habitar. O Señor quere vivir con eles —con todos nós—. Non escatimemos ningún esforzo, ningunha oración, para que ninguén quede fóra dos atrios do templo de Deus. Que poidamos cantar a coro coas voces dun nós eclesial: «Alegrámonos, cando nos dixeron: imos para a casa do Señor» (cf. Sal 122).

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel