Clara, corazón orante y misionero

Fiesta de Santa Clara. Monasterio de Santa Clara de Ribadeo

Homilía del obispo diocesano, monseñor Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

"Nuestras hermanas clarisas manifiestan en estos tiempos (...) que una fuerza extraordinaria, fruto de esa alianza sin par, sostiene sus vidas entregadas a la simplicidad de la contemplación como solaz en un mundo agitado"

Celebramos con gozo la luz de santa Clara de Asís y de san Francisco en este monasterio de Ribadeo que mantienen vivo nuestras hermanas clarisas. Luz para esta parroquia y para el arciprestazgo de Ribadeo-Miranda, para la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, para la Iglesia y para el mundo.

Nos llena de gratitud, alegría y esperanza saber que en estos muros cabemos todos y cada día somos recordados en esa oración de contemplación y en la vida monástico de pobreza y amor que tanto bien nos hacen. Vida de corazones orantes y misioneros, como señalábamos en la reciente Jornada Pro Orantibus y os pedimos para preparar el Mes Misionero Extraordinario el próximo octubre.

Vuestra vida monástica es un eco silencioso del modo como santa Clara supo escuchar en al Señor, que habla por fuera y por dentro al corazón de la persona sedienta de felicidad, de bien, de bondad, de verdad, de justicia, de compasión, de amor. Clara escucha y responde con el elocuente silencio del asentimiento, del amén, de la fidelidad al Señor que nos propone una alianza perpetua, bien fundada, una alianza en derecho y justicia, una alianza misericordiosa y compasiva.

Como virgen fiel, Clara de Asís sale al encuentro del Esposo, Cristo el Señor, para sellar esa alianza sublime, incomparable. ¿Qué importa perder algo material, e incluso la cercanía con los que nos vieron nacer, si ganamos lo que colma el corazón y todas las necesidades de un ser humano? Por eso a Clara no le importa olvidar su pueblo y su casa paterna y, como la mejor boda que cualquiera pudiera soñar, entra entre alegría y algazara en esa comunidad que es adelanto del Reino de Dios, verdadero palacio real de las bienaventuranzas.

Igual que lo supo santa Clara, como lo había reconocido el Apóstol Pablo, reconocemos nosotros hoy que ese tesoro lo llevamos en vasijas de barro. Y, concretamente, nuestras hermanas clarisas manifiestan en estos tiempos, en este lugar de Dios, que una fuerza extraordinaria, fruto de esa alianza sin par, sostiene sus vidas entregadas a la simplicidad de la contemplación como solaz en un mundo agitado. Ellas hacen actual el espíritu de santa Clara para mostrarnos que hace falta poco, o desprenderse de mucho, para encontrarse con Dios que siempre colma de riquezas inimaginables el pobre corazón humano. Ellas son signo de que el barro que toca Dios adquiere una consistencia extraordinaria para que resista lo que parece desmoronarse en este mundo.

Consistencia para hacer frente a tanta dureza de corazón, tanta ignominia, tanta violencia, tanta incomprensión, tanta injusticia, tanta acción lejos del pensamiento salvífico de Dios. Apurados, sí. Desesperados o abandonados de Dios, nunca. Eso es lo que nos permite permanecer en su amor y que Él permanezca en cada uno de nosotros, sus hijos e hijas. En alianza eterna, como santa Clara de Asís. Unidos a la vid, contentos de ser sarmientos que dan fruto. La Hermana Clara nos invita a ser sarmientos fértiles, como ella. Sarmientos llenos de la vida abundante que brota a raudales de la vid, Cristo el Señor. Indisolublemente unidos a la vid, y, a través de él a nuestros hermanos en la fe y en la vocación, pediremos y se nos concederá. Porque no pediremos desde el capricho o el egoísmo, sino desde el amor generoso, entregado, de medida rebosante. Y desde ese amor de Dios se cumplen todos los mandamientos sin necesidad siquiera de obligarse.

Alianza, vasijas de barro, vid y sarmientos unidos en amor. Piedras para restaurar lo que está deteriorado o derruido. Piedras para renovar la Iglesia y el mundo. Piedras vivas para preparar el camino del Reino de Dios, para adelantarlo, construyendo con la caridad sin reservas, con el Evangelio hecho vida cotidiana. Esa caridad que lleva santa Clara como luz silenciosa, humilde, paciente, sin esplendor, pero con eficacia. Que no actúa impetuosamente, sino que prepara a la persona humana para que deje hacer al Señor. Su santidad, que inspira nuestro camino cristiano, abre las fuentes de toda renovación. La sencillez evangélica del amor de Dios hecho vida transforma y renueva, pero no en un momento puntual, pasajero y rápido, sino en un continuo y paciente paso del egoísmo al amor para alcanzar la liberación ansiada y necesaria.

Que en vuestra vida monástica, hermanas clarisas, experimentéis fuertemente el amor en alianza, en barro, unidas a la vid como sarmientos fecundos. En vuestro cenobio está presente toda la Iglesia y todo nuestro mundo. Id delante y mostradnos el camino de Dios para superar cualquier tentación que nos aleje de él y llevar la alegría del Evangelio a las regiones de tristeza que reclaman nuestra presencia cristiana comprometida. Que santa Clara interceda para que así sea. Amén.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel