Abrazar la Cruz es dejarse abrazar

Concatedral de San Xiao de Ferrol, viernes 10 de abril de 2020

Intervención (con audio) del obispo en la celebración de la Pasión del Señor (Viernes Santo)

"Hagamos nuestro el padecimiento ajeno y, fundiéndolo en uno solo con el propio, elevemos a Dios una súplica confiada"


 

Abrazamos la Cruz. Abrazamos al Crucificado y, en Él, a todos los crucificados de nuestro mundo. No solo a causa de la actual pandemia, sino por todas las causas crueles, dolorosas, imaginables e inconcebibles en las que descubrimos el mal, el pecado. Las que levantan cruces para los seres humanos en lugares como Siria o Irak, en los campos de refugiados, en la migración forzosa, en las prisiones, en los desahucios vitales, en la trata y explotación de seres humanos, en la violencia, en cualquier situación sin lo esencial para vivir, en cualquier corazón desesperanzado… Cruces que dejan crucificados sin aspecto atrayente, despreciados, descartados, personas ante las cuales se vuelven los rostros, igual que ante Jesús, el Siervo de Yahvé.

Nuestro abrazo a la Cruz, al Redentor, es abrazo a la redención y está animado por el Espíritu que nos impulsa a acoger entrañablemente todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando cualquier afán de omnipotencia y posesión, tal y como nos invitó a hacer el papa Francisco en su oración del 27 de marzo pasado en aquella plaza de san Pedro vacía y lluviosa.

El abrazo del Crucificado y de los crucificados nos hace crecer en humanidad, inspirados por el Dios al que Cristo se confía en el Calvario, pues de Él nos vienen la misericordia y el perdón, desde Él podemos compartir con otros la compasión y la piedad, con Él alcanzamos la perfecta comunión con quienes sufren y caen y quieren levantarse. Hemos sido salvados en el abrazo de la Cruz de Cristo para albergar la luz de la vida en nuestro interior y emprender, desde ese Reino nuevo que nace del madero santo, nuevos caminos de amor, de fraternidad universal y de amistad en los que se prodigan el cuidado al prójimo, así como el coraje y la esperanza que nos liberan del temor y la debilidad. En una palabra: en el Varón de dolores, el Hijo de Dios que ha atravesado el cielo, hemos conocido la fuerza de la fe y en Él la mantenemos firme. Por eso queremos abrazar su Santa Cruz y, en ella, todas las cruces de este Viernes Santo que parece no terminarse nunca.

Abrazamos la Cruz sin desesperación, con el ánimo que viene de Dios y con la serenidad que otorga la fe esperanzada y bañada en oro de caridad. Es un abrazo que nos confirma en la fraternidad hospitalaria y solidaria, que es cuidadosa y arriesgada al mismo tiempo. Es un abrazo que nos sostiene para socorrer y dar vida al ser humano apaleado por la enfermedad y por cualquier amenaza de muerte. El abrazo a la Cruz nos permite hoy navegar sin naufragar, porque la Cruz es ancla, timón y vela desplegada. El abrazo a la Cruz de Jesús y a las cruces de nuestros hermanos nos da cuanto creemos perdido o necesitamos, porque es Cristo Crucificado quien nos abraza y son los crucificados quienes nos abrazan. Sus heridas nos han curado.

Movidos a misericordia en este tiempo extraño, hagamos nuestro el padecimiento ajeno y, fundiéndolo en uno solo con el propio, elevemos a Dios una súplica confiada, breve, pero cargada de emoción y de intención misericordiosa y samaritana hacia Jesucristo y hacia cada crucificado de nuestro mundo diciéndoles: “¡Ay si los clavos vuestros / llegaran a mí tanto / que clavaran al vuestro / mi corazón ingrato! / ¡Ay si vuestra corona [de espinas], / al menos por un rato, / pasara a mi cabeza / y os diera algún descanso!” (cf. Himno de la Liturgia de las Horas / Laudes / Semana Santa). Amén.
 


GALEGO

Abrazamos a Cruz. Abrazamos ao Crucificado e, nel, a todos os crucificados do noso mundo. Non só por mor da actual pandemia, senón por todas as causas crueis, dolorosas, imaxinables e inconcibibles nas que descubrimos o mal, o pecado. As que levantan cruces para os seres humanos en lugares como Siria ou Iraq, nos campos de refuxiados, na migración forzosa, nas prisións, nos desafiuzamentos vitais, na trata e explotación de seres humanos, na violencia, en calquera situación sen o esencial para vivir, en calquera corazón desesperanzado… Cruces que deixan crucificados sen aspecto atraente, desprezados, descartados, persoas ante as cales se volven os rostros, igual que ante Xesús, o Servo de Yahvé.

O noso abrazo á Cruz, ao Redentor, é abrazo á redención e está animado polo Espírito que nos impulsa a acoller entrañablemente todas as contrariedades do tempo presente, abandonando calquera afán de omnipotencia e posesión, tal e como nos convidou a facer o papa Francisco na súa oración do 27 de marzo pasado naquela praza de san Pedro baleira e chuviosa.

O abrazo do Crucificado e dos crucificados fainos crecer en humanidade, inspirados polo Deus ao que Cristo se confía no Calvario, pois del véñennos a misericordia e o perdón, desde El podemos compartir con outros a compaixón e a piedade, con El alcanzamos a perfecta comuñón con quenes sofren e caen e queren levantarse. Fomos salvados no abrazo da Cruz de Cristo para albergar a luz da vida no noso interior e emprender, desde ese Reino novo que nace do madeiro santo, novos camiños de amor, de fraternidade universal e de amizade nos que se prodigan o coidado ao próximo, así como a coraxe e a esperanza que nos liberan do temor e a debilidade. Nunha palabra: no Home de dores, o Fillo de Deus que atravesou o ceo, coñecemos a forza da fe e nel mantémola firme. Por iso queremos abrazar a súa Santa Cruz e, nela, todas as cruces deste Venres Santo que parece non rematarse nunca.

Abrazamos a Cruz sen desesperación, co ánimo que vén de Deus e coa serenidade que outorga a fe esperanzada e bañada en ouro de caridade. É un abrazo que nos confirma na fraternidade hospitalaria e solidaria, que é coidadosa e arriscada ao mesmo tempo. É un abrazo que nos sostén para socorrer e dar vida ao ser humano mallado pola enfermidade e por calquera ameaza de morte. O abrazo á Cruz permítenos hoxe navegar sen naufragar, porque a Cruz é ancora, temón e vela despregada. O abrazo á Cruz de Jesús e ás cruces dos nosos irmáns dános canto cremos perdido ou necesitamos, porque é Cristo Crucificado quen nos abraza e son os crucificados quenes nos abrazan. As súas feridas curáronnos.

Movidos a misericordia neste tempo estraño, fagamos noso o padecimiento alleo e, fundíndoo nun só co propio, elevemos a Deus unha súplica confiada, breve, pero cargada de emoción e de intención misericordiosa e samaritana cara a Xesucristo e cara a cada crucificado do noso mundo dicíndolles: “Ai se os cravos vosos / chegasen a min tanto / que cravasen ao voso / o meu corazón ingrato! / Ai se a vosa coroa [de espiñas], / polo menos por un intre, / pasase á miña cabeza / e désevos algún descanso!” (cf. Himno da Liturxia das Horas / Laudes / Semana Santa). Amén.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel