Rostros luminosos

Eucaristía celebrada en privado en la Concatedral de San Xiao de Ferrol

Homilía (con audio) del obispo en la Vigilia Pascual (Sábado Santo)

"Aunque cueste creerlo y haya quien piense que la fe pasa por momentos de oscuridad, Cristo está vivo. La vida del Resucitado sigue siendo soplo vital, luz en la noche, fermento de la nueva humanidad, aurora de fraternidad universal"


 

Aquella madrugada suponemos que María Magdalena y la otra María se encaminan al sepulcro confundidas, desconcertadas, aún sin asumir que Jesús ha muerto. Los discípulos no están. Quizá les tienen aletargados la vergüenza y la rabia por negar al Maestro o por salir corriendo presos del miedo.
En los rostros de estas mujeres —y más aún en el de la Madre de Jesús—, imaginamos el dolor por la pérdida del Hijo, del Maestro, del Señor. En ellas podemos comprender la frustración de quienes intentan salvar vidas y ven cómo se les escapan de las manos. Los rostros desencajados de quienes tienen noticias lejanas de la muerte de alguien cercano y sienten que se les desgarra el alma. En ellas podemos ver los rostros cansados a causa del esfuerzo sobrehumano por cuidar, lavar, curar, salvar, sonreír… luchando siempre por la vida.

En los rostros de estas mujeres están los de cuantos se mantienen en pie en esta situación de oscuridad, también con la satisfacción de ver el fruto de su esfuerzo. Están igualmente nuestros rostros. Como la Madre de Jesús, como María Magdalena y como las otras mujeres, recibimos la llamada a levantarnos y volver a caminar, a no conformarnos con que las cosas vayan mediocremente, ni mucho menos terminen mal. En el fondo de su corazón las mujeres del Evangelio tienen el pálpito de la vida, ese pálpito que nace del amor que han conocido como un tesoro de incomparable valor. Su recuerdo nos desvela que no importa que llevemos en nosotros las cicatrices de la duda, el temor, las infidelidades, el pecado. Lo importante es que no sean losas sepulcrales que nos opriman y dejen abatidos, que no sean muerte en vida. Lo importante es que sepamos vivir el arrepentimiento, con lágrimas como Pedro, y creer en el perdón del Señor, que sigue llamando a quienes le han fallado y vuelve a confiar en ellos sin recriminarles que lo hayan abandonado.

Esta noche celebramos una gran sacudida de fe, como la que experimentan María Magdalena y la otra María. Ellas sufren de cerca el temblor del Calvario la tarde del Viernes Santo y el de la tierra en la madrugada del sábado. Ante aquella experiencia que despierta el corazón, moviliza los pies y abre la inteligencia, el ángel del Señor infunde calma. Y anuncia, de manera directa y clara, que la vida ha vencido a la muerte: “No temáis. Ha resucitado” (Mt 28,5-6). Aunque cueste creerlo y haya quien piense que la fe pasa por momentos de oscuridad, Cristo está vivo. La vida del Resucitado sigue siendo soplo vital, luz en la noche, fermento de la nueva humanidad, aurora de fraternidad universal. La Resurrección hace saltar los cerrojos del pesimismo, los muros del odio y los cepos de la derrota.

Dios sale a nuestro encuentro para darnos vida, para revelarnos con claridad la luz en medio de estas tinieblas incomprensibles, para que encontremos la semilla de la eternidad en nuestra existencia humana. Una semilla llamada a fructificar en el testimonio de luz que nuestros rostros, nuestras palabras, nuestros mensajes, nuestras actitudes pueden comunicar. Si nuestro rostro refleja la luz de Cristo Resucitado, venceremos las sombras que se ciernen sobre nuestro mundo. Él quiere resucitar en toda persona que haya enterrado la esperanza, la alegría, las ganas de vivir, cualesquiera que sean los motivos para hacerlo.

Reconozcamos en el espejo de esta Vigilia Pascual, madre de todas las vigilias, nuestro propio rostro, humano y eclesial, como reflejo de la luz de Cristo vivo. Con esa gracia, vayamos a la Galilea de estos tiempos de noche y confusión para anunciar allí que el Crucificado ha resucitado y está de nuestra parte, llamándonos y sosteniéndonos. Para que volvamos a empezar, para devolvernos de una vez para siempre la fuerza y la esperanza (cf. Cv 2). Para extender su claridad eterna en cada cristiano y, a través de él, en todo ser humano. Para llevar a quienes buenamente quieran recibirla la luz dichosa de Jesucristo, que brilla por los siglos en los rostros luminosos de cuantos somos testigos de la Resurrección.

 

GALEGO

Aquela madrugada supoñemos que María Magdalena e a outra María encamíñanse ao sepulcro confundidas, desconcertadas, aínda sen asumir que Xesús morreu. Os discípulos non están. Quizais lles teñan letárxicos a vergoña e a rabia por negar ao Mestre ou por saír correndo presos do medo. Nos rostros destas mulleres —e máis aínda no da Nai de Xesús—, imaxinamos a dor pola perda do Fillo, do Mestre, do Señor. Nelas podemos comprender a frustración de quenes tentan salvar vidas e ven como se lles escapan das mans. Os rostros desencaixados de quenes teñen noticias afastadas da morte de alguén próximo e senten que se lles desgarra a alma. Nelas podemos ver os rostros cansos a causa do esforzo sobrehumano por coidar, lavar, curar, salvar, sorrir… loitando sempre pola vida.

Nos rostros destas mulleres están os de cantos se manteñen en pé nesta situación de escuridade, tamén coa satisfacción de ver o froito do seu esforzo. Están igualmente os nosos rostros. Como a Nai de Xesús, como María Magdalena e como as outras mulleres, recibimos a chamada para levantarnos e volver camiñar, a non conformarnos con que as cousas vaian mediocremente, nin moito menos rematen mal. No fondo do seu corazón as mulleres do Evanxeo teñen o pálpito da vida, ese pálpito que nace do amor que coñeceron como un tesouro de incomparable valor. O seu recordo desvélanos que non importa que levemos en nós as cicatrices da dúbida, o temor, as infidelidades, o pecado. O importante é que non sexan lousas sepulcrais que nos opriman e deixen abatidos, que non sexan morte en vida. O importante é que saibamos vivir o arrepentimento, con bágoas como Pedro, e crer no perdón do Señor, que segue chamando a quenes lle fallaron e volve confiar neles sen recriminarlles que o abandonaran.

Esta noite celebramos unha gran sacudida de fe, como a que experimentan María Magdalena e a outra María. Elas sofren de preto o tremor do Calvario a tarde do Venres Santo e o da terra na madrugada do sábado. Ante aquela experiencia que esperta o corazón, mobiliza os pés e abre a intelixencia, o anxo do Señor infunde calma. E anuncia, de maneira directa e clara, que a vida venceu á morte: “Non temades. Resucitou” (Mt 28,5-6). Aínda que custe crelo e haxa quen pense que a fe pasa por momentos de escuridade, Cristo está vivo. A vida do Resucitado segue sendo sopro vital, luz na noite, fermento da nova humanidade, aurora de fraternidade universal. A Resurrección fai saltar os ferrollos do pesimismo, os muros do odio e os cepos da derrota.

Deus sae ao noso encontro para darnos vida, para revelarnos con claridade a luz no medio destas tebras incomprensibles, para que atopemos a semente da eternidade na nosa existencia humana. Unha semente chamada a frutificar no testemuño de luz que os nosos rostros, as nosas palabras, as nosas mensaxes, as nosas actitudes poden comunicar. Se o noso rostro reflicte a luz de Cristo Resucitado, venceremos as sombras que se cernen sobre o noso mundo. El quere resucitar en toda persoa que soterrase a esperanza, a alegría, as ganas de vivir, calquera que sexan os motivos para facelo.

Recoñezamos no espello desta Vixilia Pascual, nai de todas as vixilias, o noso propio rostro, humano e eclesial, como reflexo da luz de Cristo vivo. Con esa graza, vaiamos á Galilea destes tempos de noite e confusión para anunciar alí que o Crucificado resucitou e está da nosa parte, chamándonos e sosténdonos. Para que volvamos empezar, para devolvernos dunha vez para sempre a forza e a esperanza (cf. Cv 2). Para estender a súa claridade eterna en cada cristián e, a través del, en todo ser humano. Para levar a quen boamente queiran recibila a luz ditosa de Xesucristo, que brilla polos séculos nos rostros luminosos de cantos somos testemuñas da Resurrección.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel