La colina de Taizé

"A los que estuvisteis allí entonces, antes o después os evocará vivencias. A los que no estuvisteis os ayudará a entender algo de lo que encierra este potente foco de espiritualidad cristiana. Y ojalá, si tenéis ocasión, os acerquéis por allí"

Este artículo lleva cinco meses de retraso ( ya comprobaréis después las fechas), pero me enredé en otros asuntos.

Historia

En el verano de 1940, un joven veinteañero suizo, llamado Roger Schutz, que había pasando algún tiempo en cama debido a una dolencia pulmonar, comienza a realizar el sueño que había estado dando vueltas en su cabeza: crear un pequeño albergue, “una casa donde orar, donde acoger y donde habría un día esa vida de comunidad” que él deseaba. Salió en bicicleta de su Ginebra natal y pasó a Francia, patria de su madre, donde ya abundaban los prófugos y refugiados de la II Guerra Mundial. En una colina del sur de Borgoña, llamada Taizé. Una pequeña aldea sin carretera asfaltada, sin teléfono ni agua corriente. No había ningún sacerdote desde la Revolución Francesa.

Me impresionó –dice- la acogida tan cordial de algunas personas ancianas. Una de ellas me invitó a comer y me sugirió: “Quédese aquí, ¡estamos tan sólos, los inviernos son tan largos..!”. Así fue cómo me decidí por Taizé”. A partir de 1942, otros amigos se unieron a él (entre ellos el hermano Max Thurian). Tras diversas vicisitudes debido a la ocupación alemana, idas y vueltas a Ginebra,etc. se establecen definitivamente en Taizé y en la Pascua de 1947 se comprometen para siempre a vivir en comunidad, celibato y pobreza. Era una comunidad vocacionalmente ecuménica: los monjes pertenecen a distintas denominaciones cristianas, también católicos, por supuesto, y su gran ideal es la unión de todas las iglesias. Actualmente son unos 100 monjes de 30 nacionalidades. Algunos se marchan a formar pequeñas comunidades en los países más pobres del mundo.

Los últimos papas apoyaron la comunidad de Taizé. Juan XXIII, siendo nuncio en París, la visitó y más tarde, siendo Papa, nombró observadores en el Concilio Vaticano II a Roger Schutz y a Max Thurian. Juan Pablo II recibía todos los años en audiencia al hermano Roger, y él mismo estuvo en Taizé el 5 de octubre de 1.986. Fue entonces cuando pronunció aquellas famosas palabras: “Se pasa por Taizé como quien pasa al lado de una fuente...”. 

Año tras año Taizé se fue convirtiendo en un potente foco de espiritualidad que atraía a miles y miles de cristianos de toda procedencia, especialmente jóvenes. En el verano de 1973 se reunieron en la colina unos 18.000 jóvenes, que celebraron lo que se llamó “El Concilio de los Jóvenes”. El 16 de agosto de 2005, el hermano Roger fue asesinado en plena oración por una pertubada. Le sucedió como prior el hermano Alois Löser.
 

Instalaciones

Además de la “Morada” de los monjes y los talleres donde trabajan (imprenta, cerámica, etc.) existen muchas otras instalaciones en torno a la principal que es la “Iglesia de la Reconciliación”, ampliada una y otra vez; muy cerca queda el gran campanario que llama a la oración. Hay pabellones fijos, con literas y baños, que llevan nombres de lugares emblemáticos para ellos: “Manaos”, “Madrás”, “Olinda”, “El Abiodh” (para mayores de 60), “Oyak” (pequeña tienda con bar sin alcohol), varias carpas de gran tamaño y muchas zonas de bancos para charlar, leer, cantar, etc.etc. A la izquierda de la carretera que atraviesa la colina hay una gran extensión de campo donde cada uno puede montar su tienda de campaña.
 

Actividades

¿Qué se hace en Taizé? En primer lugar encontrarse con gentes de lo más variopinto. Luego se van organizando grupos con monitores, bajo la supervisión de los monjes, para reflexionar sobre las “Fuentes de la fe”, que viene a ser una lectura actual de la Biblia. Tres veces al día se llama a la oración en la gran Iglesia: salmos, letanías, pequeñas reflexiones y silencios, pero sobre todo mucho canto; todo dirigido por los monjes, que se colocan en el pasillo central, con sus hábitos blancos y sentados en cuclillas; los demás se acomodan por las gradas laterales o en el suelo. 

Todo está pensado para desarrollarse a lo largo de una semana. Los tres últimos días la oración común se intensifica en torno al Misterio Pascual: jueves (Eucaristía), viernes (Penitencia-Pasión: ¡impresionante adoración de la Cruz, que dura toda la noche!) y sábado (Resurrección: que viene a ser un “Lucernario” o Vigilia de la Luz). El domingo la gente ya comienza a marcharse. 

Hay también actos festivos, organizados por procedencias y también algunos multiculturales. Tiempos libres para salidas cercanas, etc. La comida es muy austera y apenas llega para sobrevivir…
 

La música de Taizé

Es muy característica y se ha ido extendiendo por todo el mundo. Baste decir que hasta el himno del Año de la Misericordia tiene reminiscencias de esta música. La mayor parte de los cantos se deben al genio de Jacques Berthier, compositor y organista de la escuela de César Fank. Son muy sencillos y fáciles de aprender: la asamblea repite una y otra vez en forma de “ostinato” una antífona breve y, sobre este fondo, el/la solista con el acompañamiento instrumental van desgranando las estrofas en distintos idiomas y turnándose entre sí, tanto la voz como el instrumento. Así nunca resulta aburrido. Los textos están tomados de los salmos y cánticos de la Biblia, de la liturgia latina (“Magnificat”, “Veni Sancte Spiritus…”) o de las eslavas (“Gospodi”, “Slava Tieve..”..),  y de otros muchos autores , incluida Santa Teresa (“Nada te turbe”) o San Juan de la Cruz (“De noche iremos..”).
 

Nuestra peregrinación

En verano de 1995,  Xosé Francisco Delgado, delegado diocesano de la Juventud, con el apoyo de otras personas (por ejemplo, la madre María Antonia de la Compañía de María). Como había varias feligresas del Carmen en el grupo yo también me apunté. Éramos un total de 28 personas, todas chicas, algunas adolescentes y otras más o menos jóvenes,  menos cinco “chicos”: además de Xosé y yo, dos seminaristas: Juanjo Fernández y Javier Rodríguez; y Abel Dueñas, colaborador del Carmen. 

Con las debidas credenciales del vicario general, Alfonso Gil, que fue a despedirnos, salimos de la Plaza de España en un “Autos Camilo” el lunes 17 de julio a las 9.30 de la mañana. A la hora de la cena estábamos en Irún. En Burdeos cambiamos de conductor y subimos hasta Limoges, cruzando el resto de Francia por la ruta de los emigrantes a Suiza. Cada uno dormía como podía. Desayunamos en Paray-le-Monial y, a media mañana del martes, ya estábamos en Taizé, cansados, pero ilusionados.

Pasamos por la acogida, adquirimos los vales de comida y nos distribuyeron en diversos grupos para acomodarnos. A mí me tocó en “El Abiodh”, compartiendo dormitorio de literas con otros curas y frailes: recuerdo a un claretiano irlandés y a otro fraile australiano. Pronto nos incorporamos a las actividades.

Allí no hay empleados y por eso las tareas se reparten entre todos: distribución de la comida, recogida y limpieza, etc. etc. Solamente hay una comunidad de religiosas de santa Ana que cuidan de los niños en “Olinda” y realizan algún trabajo más. Los adultos nos reuníamos en una carpa con el hermano Pedro, español, pero que hablaba en inglés explicándonos la figura del Rey David como amigo de Dios. Claro que teníamos que ir haciendo por zonas una rudimentaria traducción simultánea. A continuación teníamos una reflexión dialogada en el grupo que se nos había asignado a cada uno: el mío era una pequeña ONU. Recuerdo ahora a una señora lituana, Kunigunda, que me regaló una estatuilla de madera de “Jesús agobiado”; un cura joven canadiense, delegado de la juventud en su diócesis, una señora misionera anglicana, un chico alemán que iba en silla de ruedas... Era interesante y nos comunicábamos bastante bien, chapurreando los idiomas que sabíamos, pero andaba el Espíritu por el medio. Nos hicimos amigos y durante algún tiempo hasta mantuvimos correspondencia. Esta sensación de algo que nos unía por encima de lenguas y procedencias era maravillosa.

Hacía poco que se había acabado el “Telón de Acero” y Taizé estaba inundado de jóvenes de los países del Este, sobre todo de bandadas de polacos (¡ah el papa Woityla!). Estaban como diciendo: “¡Aquí nos tenéis: hemos guardado nuestras esencias nacionales pero, sobre todo, hemos guardado el tesoro de nuestra fé cristiana durante el largo invierno comunista!”. Los músicos que acompañaban el canto eran de Hungría y la doctora que me atendió de un pequeño problema intestinal era de Croacia… Como decía san Pablo: “Todos los distintos miembros formamos el Cuerpo de Cristo”.
 

Momentos

Fue impresionante aquella tormenta. Un día estábamos en la oración y se desató un viento fortísimo que a muchos nos hizo pensar en el primer Pentecostés. Ya a la entrada, donde alguien sostenía siempre un cartel que decía “Silence”, había otro que avisaba “Heavy storm”. Después todas las cataratas del cielo cayeron sobre la colina. Un día, el hermano Roger nos invitó a una merienda en el granero. Estuvo primero hablándonos desde la balconada, pero después bajó a mezclarse entre nosotros. Encantador. ¡Lástima que el pan con mantequilla no llegó para todos! El viernes, tras la oración de la tarde, mientras muchos se acercaban a adorar la cruz, de rodillas o postrados, otros pudieron confesarse. Recuerdo que estuve confesando un buen rato, sobre todo italianos. Por el medio se acercó una joven sueca que me dijo que era agnóstica, pero que quería confesarse…. Cosas de Taizé. Una tarde algunos hicimos una pequeña excursión hasta Cluny, la “casa madre” de la orden benedictina. Estaba bastante cerca y pudimos contemplar lo que queda de aquella grandeza. Hasta nos encontramos con un señor español que tenía un bar allí.

Termino, porque esto ya se alarga mucho. A los que estuvisteis allí entonces, antes o después os evocará vivencias. A los que no estuvisteis os ayudará a entender algo de lo que encierra este potente foco de espiritualidad cristiana. Y ojalá, si tenéis ocasión, os acerquéis por allí.

Rosendo Yáñez Pena. Ferrol, 2 de febrero de 2016,  fiesta de la Presentación del Señor.
FOTOS: Archivo personal de Rosendo Yáñez Pena.

Publicado: 03/02/2016: 7361
Rosendo Yáñez Pena

A Pedra (1935) - Sacerdote - Capellán de la residencia 'Mi Casa'-Ferrol