Mons. De las Heras: 'Las personas consagradas sois motivo de esperanza y alegría para esta diócesis'

Homilía en la XXI Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2017

"Pensemos, recordemos y oremos por esas personas consagradas que hemos conocido o podemos llegar a conocer. Con la gratitud del corazón, recordemos su presencia en momentos importantes de nuestra vida"

De igual forma que celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, agradeciendo el don de la vocación al matrimonio y a la familia; de igual manera que conmemoramos el Jueves Santo la institución del sacerdocio ministerial, dando gracias al Señor por este don de la vocación al ministerio ordenado; del mismo modo, hoy agradecemos el don de esta otra vocación en la Iglesia: la vida consagrada. Lo hacemos en la fiesta de la Presentación del Señor, de su consagración en el Templo. Todas las vocaciones nos necesitamos en la Iglesia. Unos y otros nos complementamos y estamos llamados a ser riqueza mutua para colaborar en el proyecto de salvación que Dios tiene para la humanidad.

Así pues, unidos en comunión, damos gracias a Dios por las Órdenes e Institutos religiosos, contemplativos y con obras apostólicas, por las Sociedades de vida apostólica, por los Institutos seculares, por el Orden de las vírgenes, por las Nuevas Formas de vida consagrada y por otros grupos de consagrados. En nuestra diócesis afortunadamente contamos con muchas personas consagradas, más de doscientas, que son motivo de alegría y esperanza para la Iglesia de Mondoñedo-Ferrol.

Las recordamos aquí. De vida contemplativa: Clarisas, Concepcionistas Franciscanas, Dominicas, Esclavas del Smo. Sacramento y de la Inmaculada. De Institutos seculares: Misioneras Apostólicas de la Caridad, Obreras de la Cruz y Sacerdotes del Prado. De institutos y congregaciones de vida apostólica activa: Compañía de María, Discípulas de Jesús, Esclavas de la Inmaculada Niña, Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor, Franciscanas de la Purísima, Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado, Hermanas de  Marta y María, Sagrada Familia de Burdeos, Hermanitas de los Ancianos desamparados, Hijas de Cristo Rey, Hijas de la Caridad, Hijas del Divino Celo, Hijas de la Virgen de los Dolores, Mercedarias, Oblatas del Smo. Redentor, Siervas de Jesús, Hermanos de la Salle, Mercedarios y Misioneros Claretianos. Hay también alguna otra persona consagrada. Mucha riqueza que agradecer en esta diócesis.

El lema de la Jornada para este año en España es «Testigos de la esperanza y la alegría». Los consagrados y consagradas, con su forma de vida, con su espiritualidad, con su carisma y misión de vida contemplativa o activa, están llamados a ser testigos del gozo que se vive en la cercanía con Cristo y la humanidad. Así, están en medio del Pueblo de Dios como el que sirve, como levadura en la masa, con un espíritu esperanzado y alegre, fruto de su vida consagrada al Señor y dedicada a curar las heridas del mundo, principalmente las más sangrantes: la violencia y el odio, la exclusión y el descarte, el rechazo y la indiferencia, la enfermedad y el dolor, la falta de alimentos y de educación, la soledad y el aislamiento, la esclavitud y la ausencia de amor... En medio de estas realidades, su misión es contagiar esperanza y alegría a quien quiera sanar y a quien descubra el gozo de encenderse en el fuego evangélico del amor de Dios que hace brotar una vida nueva frente a tanta muerte humana y espiritual.

Las personas consagradas están invitadas a configurarse con Jesucristo, que participó de nuestra carne y sangre (cf. Hebreos 2, 14), fue mensajero de la alianza entre Dios y los hombres (cf. Malaquías 3, 1) y, presentado en el Templo, se convirtió en ofrenda agradable a Dios. Los consagrados, hijos e hijas de Dios y de la Iglesia, portan la luz de la esperanza y la alegría y se convierten igualmente en mensajeros de la alianza, ofrendas agradables a Dios, consagrándose al Señor como él fue consagrado en el Templo de Jerusalén.

Necesitamos estos testigos para ayudarnos a mantenernos firmes en el seguimiento de Jesús, para ser fieles a la vocación cristiana que cada cual ha recibido, para transformar la tristeza y desesperanza de este mundo en gozo pleno y verdadero.

En esta acción de gracias, tenemos la fortuna de poder poner nombre y rostro a la vida consagrada. Pensemos, recordemos y oremos por esas personas consagradas que hemos conocido o podemos llegar a conocer. Con la gratitud del corazón, recordemos su presencia en momentos importantes de nuestra vida. Traigamos a la memoria lo que nos ofrecieron y regalaron adelantándose a nuestras necesidades, desbordándonos de consuelo, excediéndose en la alegría y en el cariño, orando por cuanto les pedíamos, haciendo presente a Dios que cuida amorosamente de cada uno de nosotrosaunque no lo veamos en determinados momentos.

Agradezcamos el don del encuentro con las personas consagradas. Descubramos en ellas el acompañamiento misericordioso del Padre o la dulzura de la Madre, o la alegría de una vida de amistad fuerte con Dios, o la sonrisa de esperanza en medio de las dificultades normales o extraordinarias de estos tiempos, suyas o ajenas que hacen propias. Asimismo, si encontramos deficiencias, advirtámoslas con caridad, justicia y verdad, como hemos de hacer con todos los hermanos en Cristo en la comunión eclesial.

Finalmente, contemplemos, con la facilidad con que lo muestran muchas personas consagradas, los rostros que reflejan el paso de los años con la permanente y exultante sonrisa de Dios. Muchos de ellos y ellas son ahora como Simeón y Ana. Esos rostros son testimonio de alegría y de esperanza, de una vida plena que volverían a construir con igual cariño de la misma manera.

Hermanos, hermanas. Tenemos en la Iglesia muchos tesoros. Apreciemos, conozcamos mejor, valoremos y fomentemos este de la vida consagrada. Las personas consagradas serán testigos de la alegría y la esperanza por su propia vida y misión, pero también por lo que esperemos de ellas, compartamos con ellas y les pidamos.

Que a través de las personas y comunidades consagradas experimentemos cómo el Señor bendice a su Iglesia, a cada uno de los bautizados, con alegría y esperanza como bendijo a Simeón y a Ana, que habían sabido esperar con la paciencia de Dios la plenitud de los tiempos. Amén.

+ Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF
Obispo de Mondoñedo-Ferrol