Mons. De las Heras: 'Vosotros sois mi familia. Una familia que aumenta'

Audio y texto de la homilía pronunciada en el primer aniversario de su ordenación episcopal

Concatedral de Ferrol y Catedral de Mondoñedo, 6 y 7 de mayo de 2017

"He descubierto que antes de ser obispo misionero tengo que ser obispo discípulo"

Celebramos el domingo del Buen Pastor y la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Con nuestras oraciones y el lema “Empujados por el Espíritu: aquí estoy, envíame”, nos damos cuenta de que Dios tiene una llamada para cada bautizado.

El Señor, el Buen Pastor, nos ha congregado aquí hoy, como hace siempre. Él se ha dirigido a cada uno por nuestro nombre de manera tan sublime y especial como no lo hará nadie más. Jesucristo, vivo, resucitado, siempre nos hace bien. Estar con Él, escuchar su voz, nos trae paz y alegría, fortaleza y esperanza. Nos da vida en abundancia (cf Jn 10,10). Él es la puerta hacia la vida y la vida nos llega a través de Él (cf Jn 10,7.9). Nuestros anhelos más profundos se colman atravesando su umbral. A su vez, Él llega a nosotros por la puerta de la sinceridad, de la verdad, de la justicia, de la dignidad, interesándose por cada vida, mostrándonos la misericordia y el amor de Dios Padre. Ante Él no hay trampa ni engaño. Ese trato único con Él nos permite conocer su voz (cf Jn 10,3-5). Su voz, además de darnos seguridad y sosiego, nos infunde brío, coraje para superar muros aparentemente infranqueables. Con razón podemos decir que sus heridas nos han curados y que, con Él, vivimos para la justicia, para hacer el bien (cf 1 Pe 2,24). Siendo Él nuestro pastor, nada nos puede faltar (cf Sal 22,1).

Hace un año recibí la ordenación episcopal y comencé mi ministerio pastoral con vosotros y entre vosotros. Desde entonces sois mi familia, somos familia. Antes de llegar me sentía enviado por el Espíritu como misionero que soy, misionero claretiano. Hoy sigo aprendiendo con y en esta Iglesia de Mondoñedo-Ferrol —tanto monta tanto Mondoñedo como Ferrol—, en la que estoy llamado a ser también y previamente obispo discípulo. Para llegar a ser, más adelante, obispo discípulo misionero.

Agradezco cada día, cada instante de este año, no exento de afanes y preocupaciones. También pido perdón por mis faltas. Es justo que lo haga. Perdón por no haber atendido a todos como debiera, perdón por las faltas de acierto. Sencilla y sinceramente, perdón.

Sobre todo, os confieso que no tengo modo de pagar a Dios cómo me muestra su rostro misericordioso en cada persona que encuentro. El Señor nos ha congregado en este rebaño en el que Él es el único y Buen Pastor. Él nos acompaña, nosotros nos acompañamos. No dudéis nunca de que el Señor os acompaña. Él parte el pan y lo reparte. Así se da a conocer. Nosotros, reconociéndolo a Él, estamos urgidos, movidos por su amor y misericordia, a ser buenos samaritanos, a dar de comer a quien lo necesite. Con gestos sencillos aquí cerca, como también lejos. Cáritas, nuestras Cáritas diocesana, arciprestal, parroquial y más iniciativas impulsadas por el amor de Dios, son nuestros cinco panes y dos peces para “dar de comer” a tanta gente en la diócesis, como hacen de distintas maneras en el programa “Creciendo en Familia”.

Por su parte, Manos Unidas, Misiones, Proyecto Fratelli, otras personas con mirada de largo alcance, son también cinco panes y dos peces para aliviar la falta de pan y de paz, justicia y misericordia más allá de nuestro entorno, como ocurre con los niños refugiados de Siria e Irak. Somos Iglesia particular y universal.

En esta acción de gracias os invito a encomendarnos mutuamente a Ntra Sra. de los Remedios, en cuyo Corazón Inmaculado estamos guardados para evangelizar con la ternura que hace creíble la Buena Nueva. Nos avala la intercesión de san Rosendo, a quien invoco cada día, como a mi fundador, san Antonio María Claret, valientes obispos evangelizadores. Nos avala el testimonio esperanzador de los mártires: san Julián, santa Basilisa, san Inocencio Canoura y mis hermanos mártires claretianos. El próximo octubre, D.m., serán beatificados otros 109. Nos avala y desafía su sangre derramada, que es sangre de perdón y de esperanza.

Continuamos el camino impulsados y reconfortados por el Espíritu Santo. Que cada uno escuche lo que el Espíritu de Jesús le dice y responda, sin miedo, con todas las consecuencias: “Aquí estoy, envíame. Soy tu discípulo misionero”.

Dejémonos cautivar y guiar por la voz del Maestro bueno. Que, por su palabra, solo por su palabra, superemos cualquier flojedad, pereza o desconfianza y nos dispongamos a remar mar adentro para echar las redes donde Él nos diga (cf Lc 5, 4-6). Bien decididos, aunque habiendo echado las redes antes allí mismo, no hayamos recogido el fruto que, por Él, con Él y en Él si se obtiene. Lo haremos creyendo firmemente que la debilidad del rebaño llega hasta donde le ha precedido la fortaleza de Cristo, el Buen Pastor.

Amén.


Hazme pastor según tu Corazón
Hazme pastor según tu corazón:
Dame ojos que vean lejos;
que vean hondo;
que miren a lo alto.
Brazos que cuiden en cerco;
que carguen al hombro;
que den fuerte abrazo.
Oídos que guarden silencio;
que juzguen bien poco;
que salven si acaso.
Pies que entiendan tropiezos;
que no teman al lobo;
que salgan al paso.
Y una voz que atraiga a lo bello;
que hable por todos;
que lleve al descanso.

(J. Albisu)