Vivir despiertos para encontrar esperanza

Escrito del obispo publicado en el número de noviembre de la revista diocesana 'DUMIO'

"Para un cristiano siempre hay esperanza, aun cuando se vean pocos signos e incluso cuando todo parezca en contra"

El último mes nos ofrece perspectiva de todo el año. Recordamos, agradecemos, pedimos perdón, nos entristecemos y nos alegramos. Recibir pronto un año nuevo también nos ilusiona, al tiempo que nos trae algún lógico temor. La Iglesia nos ofrece el tiempo de Adviento y, con él, un nuevo año litúrgico, que se anticipa al civil, con sus celebraciones y un ciclo nuevo de lectura de la Palabra de Dios. Antes de la Navidad, tenemos unas semanas coloreadas por la espera del nacimiento del Salvador, el Hijo de Dios hecho hombre, nacido de María Virgen y envuelto en pobreza y fragilidad. El Adviento nos va mostrando la esperanza que necesita y ansía la humanidad desde siempre.

La esperanza cristiana fija la mirada en la llegada del reino de Dios, en el cumplimiento pleno de su promesa. Mientras va llegando, vamos disfrutando anticipos de ese reino. No nos detenemos, no desesperamos. Para un cristiano siempre hay esperanza, aun cuando se vean pocos signos e incluso cuando todo parezca en contra. Porque nuestra esperanza se fundamenta solamente en Dios todopoderoso. En consecuencia, confiamos en su poder paciente, suave, sigiloso, que al mismo tiempo es eterno, firme, lleno de sacudidas y transformador. Un poder muy diferente a los poderes humanos que conocemos.

Nuestra esperanza surge de creer con todo nuestro ser, confesar con los labios y practicar con las obras que Jesús es el Hijo de Dios, de modo que Él permanece en nosotros y nosotros en Él (cf 1Jn 4,15). Nadie nos puede arrebatar esta certeza de fe. Pero en medio de todo lo que nos rodea, asumiendo la búsqueda y la necesidad que tienen tantas personas de encontrar verdadera esperanza, urge vivir despabilados para hallarla, para acogerla, para repartirla.

Es Jesús, Hijo de Dios, nacido de una mujer sencilla, quien nos muestra cómo abrir los ojos para vivir como buscadores de esperanza y encontrarla. Lo hace cuando Él confía su plan a unos simples pescadores de Galilea; cuando toca a leprosos, ciegos y cojos o se deja tocar para sanar; cuando se conmueve y hasta llora ante la muerte de seres queridos. Lo explica detalladamente cuando dice palabras bienaventuradas que consuelan, sacian, enriquecen, pacifican, llenan de misericordia y visibilizan el rostro de Dios. Lo manifiesta, final y totalmente, con la esperanzadora victoria sobre la muerte, la resurrección.

Las palabras y los hechos de Jesús nos espabilan para “vivir despiertos”, en plena luz. Es decir, para ser humildes, para luchar por la paz y la justicia, para “misericordiar”, para encontrar consuelo en el sufrimiento, para tocar lo despreciable de este mundo y ponerlo en bandeja de dignidad. Las palabras y los hechos de Jesús nos impulsan a vivir atentos para distinguir al que sufre; para desperezar a quienes viven dormidos sobre sí mismos; para “accidentarnos” en la defensa del débil.

Vivir despiertos”, en plena luz, es proclamar que ya llega y ya hemos recibido la esperanza que necesita la humanidad: Jesús, el Hijo de Dios. Anunciar y confirmar esta verdad nos sostiene en el que la ha regalado y nos da la fortaleza de las gentes con esperanza, las que tienen los ojos del corazón bien abiertos, día y noche, y no descansan hasta que la luz de Dios ilumine todas las tinieblas de la tierra, que no son pocas.

Si buscas llenar tu vida, camina hacia Jesús, el Hijo de Dios, esperanza viva del ser humano. Él viene a tu encuentro en cada persona y en cada acontecimiento. ¡Ten ojos para Dios, ten ojos para los demás!