'Quen confese que Xesús é o Fillo de Deus, Deus permanece nel e el en Deus' (1 Xn 4,15)

Escrito del obispo Luis Ángel en la revista diocesana 'DUMIO'

"Confesar que Jesús es el Hijo de Dios es (...) creer que los problemas de la humanidad tienen solución, a pesar de tantos signos en contra que, si bien no van a cesar, tampoco deben desanimarnos"

Todos coincidiremos en que se debe felicitar la Navidad y el Año Nuevo de verdad, de corazón, y no de forma vacía, sin creer lo que se dice o por puro cumplimiento, echando mano de fórmulas acostumbradas para estas fechas o de frases obligadas. Es bueno que prestemos atención y pongamos cuidado para que sean auténticas, creídas y creíbles las palabras que salen de nuestros labios, así como las que se escriben o se graban para enviar en tarjetas navideñas o en mensajes cibernéticos.

Me parece iluminador a este respecto un versículo de la primera carta de san Juan, en el cual encontramos una expresión llena de sentido navideño y de contenido para los cristianos: confesar que Jesús es el Hijo de Dios. Acaba de decir el papa Francisco que, si prescindimos de Jesús, la Navidad se vuelve una fiesta vacía. Y ha insistido en ello con rotundidad el mismo día que cumplía 81 años: «¡No quitéis a Jesús de la Navidad! ¡Jesús es el centro!».

Confesar que Jesús es el Hijo de Dios es poner en el centro al que es de hecho el centro de la Historia. Lo cual equivale a poner en el centro al que tiene hambre, sed, carece de lo necesario o a quien precisa de Dios aun sin conocerlo; al que está fuera de su tierra; al que está desnudo o sin hogar; al que está enfermo o deprimido; al que está en la cárcel o esclavizado; al que está solo; al que está oprimido; al que se siente desalentado… Si no les ponemos a ellos en el centro, tampoco ponemos a Jesús. Si les apartamos de la Navidad, dejamos estas fiestas vacías, toda fiesta vacía.

Dejemos que ocupe el centro de la Navidad quien la dota de sentido: Dios todopoderoso que se hace débil niño en Belén de Judá y en tanto belén como queremos “armar”. Adoremos al Dios hecho hombre en un humilde portal. Adoremos repartiendo alimento material y espiritual, buscando fuentes para saciar sed, acogiendo al refugiado y al emigrante, dando calor al sin hogar, tocando al que quiere estar sano, abriendo ventanas de libertad a presos y esclavizados, acompañando soledades y desamparos, luchando junto a los oprimidos, consolando a los desalentados…

Dios permanece en nosotros y nosotros en Él cuando confesamos que Jesús es su Hijo y vivimos la vida con sublime adoración. La que nos lleva a caminar poniendo el corazón en cada persona y en cada acontecimiento; en aquellas personas y acontecimientos que gritan como saben y pueden: ¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador! Pocas palabras y muchos hechos. La fortaleza que nos proporciona confesar que Jesús es Hijo de Dios nos permite actuar con la sólida esperanza que nace de la vida nueva en Cristo.

Confesar que Jesús es el Hijo de Dios es, por tanto, reconocer la esperanza que libera, que salva, que redime este mundo; es creer que los problemas de la humanidad tienen solución, a pesar de tantos signos en contra que, si bien no van a cesar, tampoco deben desanimarnos.

Durante el nuevo año, confesemos con alegría que Jesús es el Hijo de Dios. De este modo, Él permanecerá en nosotros y nosotros en Él para que la esperanza en la que fuimos salvados (Rm 8,24) llegue cada vez a más personas y transforme más acontecimientos. Sabemos que «llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza» (Spe Salvi 3). Deseémonos de corazón esta esperanza para acoger y construir, real y verdaderamente, un próspero y venturoso 2018.

«Luz de Deus infinita, aquí pechada
nun meniño, folerpa de brancura:
non houbera xamais tal fermosura
despuntando na beira dunha ollada
».
(Diurnal en galego, Himno de Laudes da Natividade do Señor)

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF,
Obispo de Mondoñedo-Ferrol