La vida consagrada, encuentro con el amor de Dios

Catedral de Mondoñedo y Concatedral de Ferrol, 1 y 2 de febrero

Homilía del obispo diocesano en la Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2018

"La vida consagrada es encuentro con el amor de Dios o no es. Un encuentro que da vida, que restaura heridas, que ofrece espacios de luz, que obra aunque no hable"

La presentación de Jesús en el Templo es icono del ofrecimiento y la donación total de quienes siguen más de cerca a Jesús virgen, pobre y obediente en la Iglesia y en el mundo, con la misión de adelantar la llegada del Reino, especialmente para quienes más la necesitan, los desheredados de la tierra.

Cada vocación y misión en la Iglesia tiene que cimentarse sobre la roca del amor de Dios. Con la decisión de echar buenos cimientos, en la diócesis nos proponemos durante este curso abrir procesos de nuestra misión en conversión (cf. EG 25-33), de la que la vida consagrada es fermento indispensable.

En la Jornada Mundial de la Vida Consagrada de 2018, la Iglesia que peregrina en Mondoñedo-Ferrol agradece, promueve y celebra el don de la vida consagrada bajo el prisma del encuentro con el amor de Dios, tal y como la comisión episcopal para la vida consagrada de España nos ha propuesto.

El Templo es lugar de acogida para Dios y los hombres, y la fiesta de la Presentación de Jesús evoca el encuentro del hombre con el Señor. Él es el ansiado, el esperado, el buscado, el que necesitan y descubren los ojos atentos del corazón, irrigados por el amor de Dios. Ojos que pueden cansarse pero no desesperar.

Este encuentro salvífico pone de manifiesto quién es ese niño recién nacido que unos padres humildes presentan al Señor como manda Su ley. El encuentro que llena de vida los ojos de Simeón y de Ana anuncia ya cada uno de los que ha de acontecer entre el Hijo de Dios nacido de mujer, nacido bajo la ley, y el hombre que quiera aceptarlo. Ese encuentro es encuentro con el amor de Dios. Y me atrevo a decir que es mayor encuentro con el fuego del amor del Padre cuando una espada traspasa el corazón, como profetiza Simeón a la madre de Jesús (cf. Lc 2,35).

El encuentro con Dios, que se manifiesta hecho amor hasta las últimas consecuencias, es un encuentro resplandeciente para todas las gentes. Ilumina la oscuridad del desamor, la tristeza del rencor, y da calor al corazón de hielo, al corazón baldío.

La vida consagrada es encuentro con el amor de Dios o no es. Un encuentro que da vida, que restaura heridas, que ofrece espacios de luz, que obra aunque no hable. La vida consagrada es aquilatada en el amor de Dios o no es. Las personas consagradas reciben un baño de oro fino que ha de ir penetrando por las grietas secas, por las rendijas humanas abiertas a la vida nueva, por la entrega que se da con la única medida del amor.

La vida consagrada es luz que refleja al que es la Luz de las gentes (cf. Lc 2,32), o no es. Una luz, resplandor del Cristo del seguimiento, que permite desarrollar la misión del encuentro con los más débiles, tal y como los conocemos o con las fragilidades que nos son extrañas —nunca ajenas—, pero necesitan esta luz. El encuentro con todas ellas es igualmente encuentro con el amor de Dios, como el encuentro con el amor de Dios lo es con cada ser humano vulnerado. Jesús ha conocido nuestra carne y sangre y, como ha pasado por el dolor humano, puede ayudar a los que sufren ahora (cf. Heb 2,14-18).
También en cada familia de personas consagradas, la vida fraterna en comunidad es encuentro con el amor de Dios. Encuentro que enriquece a toda la Iglesia y la compromete para acompañar y ennoblecer cada comunidad en un ejercicio de comunión que nos acerca y sostiene, restaurando cuanto se ha caído.

La ofrenda que hicieron José y María en el Templo fue grata al Señor, como atestiguan Simeón y Ana. Hoy nosotros estamos llamados a extender ese encuentro con el amor de Dios y con los hermanos, especialmente los más débiles, para presentar nuestra ofrenda agradable, refinados como plata y oro por el fuego del amor de Dios, fuego de fundidor (cf. Mal 3,2-3).

Te damos gracias, Dios de cielo y tierra, porque nos has regalado el don de la vida consagrada como levadura de tu vida abundante (cf. Jn 10,10) y de tu amor incomparable, en medio de tu Iglesia peregrina y de este mundo necesitado de ti, necesitado de encontrar tu amor, necesitado de encontrarse contigo. Amén.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

cmf@luisangel