Viernes Santo: "En la cruz de Jesús caben todas las cruces"

Santa Iglesia Catedral Basílica de Mondoñedo

Oficios del Viernes Santo

"Amor que toca todas las puertas, justas e injustas, llegando a desasosegar la conciencia de una justicia humana imperfecta y traicionera"

Esta tarde del Viernes Santo, rotas nuestras expectativas de triunfo y gloria de un rey con poder terrenal, contemplamos el misterio del amor misericordioso de Dios en la mayor prueba que nos han dado Padre e Hijo: la muerte de Jesús, el amado, el predilecto, que Él acepta como voluntad del Abbá, de forma vil, inhumana, ultrajante.

En la cruz de Jesús caben todas las cruces de este mundo. Las lejanas, las cercanas. Las conocidas y las desconocidas. No hay sufrimiento humano que no esté clavado y reconocido en esta cruz de amor que hoy nos convoca y nos enciende. Cruz de amor que inflama de esperanza las entrañas, aunque envueltas en manto de tristeza, como solo el madero santo, el árbol de la vida puede hacerlo.

Con este amor incomparable, sabemos y creemos que la muerte de Jesús no es el final. Es el cumplimiento de la misión que Dios le ha encomendado, el más sublime gesto de amor. El único amor que puede transformar y elevar el nuestro hasta lo humanamente impensable, cuando nos sentimos acogidos y perdonados de tal manera.

A vós correndo vou, brazos sagrados, / nesa cruz sacrosanta descubertos, / que, para recibirme os tes abertos, / e, por non castigarme, están cravados.

El relato de la Pasión nos ofrece la visión profetizada por Isaías: «Sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado» (Is 53, 2-3).

Este varón de dolores los asume con una libertad que pone en evidencia el miedo, el odio, los intereses egoístas de la debilidad humana que nos vacían por dentro. Aquél ante quien uno vuelve el rostro, despreciado y desestimando, señala el mal que nos acecha a cada instante para que podamos enfrentarlo con el amor y la libertad de los hijos de Dios.

Resulta difícil de entender que allí donde el amor recibe rechazo, es coronado de espinas y crucificado, sea donde paradójicamente haya más amor. Es difícil de comprender que del rostro desfigurado de quien no puede articular palabra por el dolor y el sufrimiento infligidos, pueda surgir un verbo de perdón, una oración por quienes ocasionan daño indescriptible, una mirada misericordiosa. La cruz de Jesús es curación, sutura para las heridas del dolor y de la maldad en sus múltiples rostros.

La cruz de Jesús es la prueba más clara y comprometida del amor de Dios por la humanidad. La cruz de Jesús es cruz de amor. Nos salva el amor infinito, incalculable de Dios. Amor enteramente entregado. Amor confiado. Amor que llega a todos los rincones de la humanidad, a todos los pliegues del corazón humano. Amor que toca todas las puertas, justas e injustas, llegando a desasosegar la conciencia de una justicia humana imperfecta y traicionera.

No nos inquietemos si nos confunde tanto amor que redime misteriosamente, tanta sangre de incalculable valor derrochada sobre todos con igual largueza, nos parezcan a nosotros dignos o indignos. Dios sabe bien lo que hace en cada corazón que lo reconoce.

Oremos para que muchos, los más posibles, sepamos acoger este amor difícil de comprender a golpe de sangre que nos salva. Pidamos el don de mirar más a las cruces de los otros que a la de cada uno.  Pidamos al buen Dios que nos conceda contemplar y descubrir la muerte de Jesús en la cruz como puerta, en medio de nuestras cruces, hacia el Reino de la vida. Permanezcamos este Viernes Santo, en silencio perplejo y estremecedor, aguardando esa vida nueva con inevitables lágrimas, pero lágrimas de esperanza. Amén.