Creemos en la igualdad y en la dignidad de las personas

Escrito del obispo con motivo de la Campaña contra el Hambre 2019 de Manos Unidas

"Hemos de denunciar la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en el mundo, así como las trabas que encuentra la necesaria promoción de la mujer"

Con iguales dosis de alegría que de responsabilidad cristianas, felicitamos por su 60 aniversario a Manos Unidas, la ONG de la Iglesia Católica Española para la promoción y el desarrollo de los empobrecidos. Alegría por tantos años haciendo el bien, al estilo de Jesús de Nazaret, en la lucha para desterrar de la faz de la tierra el hambre, la pobreza, la iniquidad, la exclusión… Alegría que lleva aparejada la ineludible responsabilidad personal y eclesial para construir un mundo más justo y solidario, más cercano al sueño salvífico de Dios que se nos ha revelado en Jesucristo.

En esta celebración de los 60 años de Manos Unidas se da otro paso más hacia ese mundo nuevo, con fortaleza, constancia y esperanza: “Creemos en la igualdad y en la dignidad de las personas”. Iniciamos un nuevo trienio en el que nos proponemos centrar los esfuerzos en la defensa de los Derechos Humanos como cauce de apoyo a los más desfavorecidos de la tierra. Algo que hacemos movidos por la injusticia que clama al cielo y que Dios escucha y acoge para administrar su justicia con misericordia.
Creer en la igualdad y en la dignidad de las personas nos urge a vivir inquietos, a movilizarnos, a impedir que crezcan gérmenes de indiferencia. La igualdad y la dignidad de las personas nos exige despertar la conciencia humana claramente “anestesiada”. Hecho que constituye una de las causas más importante de la crisis del mundo moderno, junto al alejamiento de los valores religiosos, como afirma el histórico Documento sobre la Fraternidad Humana, firmado hace unos días en Abu Dabi por el Gran Imán de Al-Azhar y el Papa Francisco.

Es preciso que descongelemos el corazón y movamos pies y manos para “Promover los Derechos con Hechos” (2019-2021). Este primer año del período trienal que da comienzo, Manos Unidas nos invita a denunciar la pobreza de la mujer para erradicarla. Mientras en algunos lugares la mujer se va abriendo camino, no sin obstáculos, y va siendo cada vez más independiente y segura, con voz propia y con una vida digna, en otras partes del mundo las mujeres están muy lejos de lo que corresponde a su dignidad humana. No poseen unas mínimas condiciones para poder desarrollar un trabajo digno, para vivir en paz, para ser respetadas. No gozan de los derechos humanos elementales; entre ellos, el derecho a la alimentación.

Como fruto de una conciencia cristiana despierta e inquieta, convencida de la igualdad y la dignidad de las personas, hemos de denunciar la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en el mundo, así como las trabas que encuentra la necesaria promoción de la mujer. Que todas ellas alcancen la dignidad que les es propia tiene que erigirse en una prioridad para nosotros, cristianos, como ya lo es para Dios.

Por ello, mano con mano, queremos promover el derecho a la alimentación, a la educación, a la salud, al agua y al saneamiento. Mano con mano, voz con voz, queremos potenciar la igualdad para las mujeres. No en vano, Manos Unidas nos invita a mirar especialmente este año “a las más pobres entre los pobres”.

Quedan muchas conciencias que desperezar y mantener vigilantes, porque el desarrollo integral es aún imposible para 821 millones de personas que pasan hambre. Una cifra que sigue estremeciéndonos y poniendo en duda si realmente creemos en la igualdad y en la dignidad de los seres humanos. Una cifra que crece incompresiblemente, cuando tendría que disminuir porque hay recursos suficientes para todos. Y, por lo mismo, una cifra que debe multiplicar nuestros granos de arena para hacer frente a esta vergüenza de la humanidad y hacerla desaparecer.

Con el Evangelio de Jesucristo creciendo en el corazón, olvidémonos un poco de nosotros mismos para poder desarrollar un decidido compromiso con las personas en las que descubrimos una dignidad llagada, unos derechos conculcados y una escandalosa carencia de alimento. Para estos hermanos y hermanas, en especial para las mujeres, nuestra ayuda es tan imprescindible y apremiante como entera y misericordiosamente justa.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel