Inauguración del Mes Misionero Extraordinario #Octubre2019

Concatedral de Ferrol. Memoria de santa Teresa del Niño Jesús

Homilía del obispo diocesano, monseñor Luis Ángel de las Heras, CMF (con audio)

"Que vivamos todos un mes extraordinario y que, sea cual fuere nuestra situación, nos sintamos cada vez más discípulos misioneros; cada vez más misión ahora y siempre"

Queridos hermanos sacerdotes, queridas religiosas, queridos hermanos y hermanas. El Mes Misionero Extraordinario es un gran regalo que nos ha hecho el papa Francisco. Lo inauguramos ahora, en comunión con toda la Iglesia que lo está celebrando por el mundo entero.

Aunque ahora no recordemos bien cuándo, cómo ni quién nos ayudó, en un determinado momento, guiados por alguna persona cercana, nos encontramos con Jesucristo. Es, pues, justo que nosotros le demos a conocer también para que otros se encuentren con él. Es lo que conlleva ser y sentirse discípulos misioneros, ser y sentirse misión como afirma la exhortación apostólica Evangelii gaudium: «Yo soy una misión […] misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar» (EG 273). Conscientes, por supuesto, de que «para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26)» (EG 280). Necesitamos unir la oración, la contemplación de Cristo, con la misión, el anuncio de Jesucristo.

Santa Teresa del Niño Jesús, cuya memoria celebramos hoy, como sabéis, tiene ese corazón en el que se realiza la fusión de una vida activa y contemplativa. Siendo carmelita, viviendo en la clausura, es patrona de las misiones. Ella vivió su vocación como miembro del cuerpo místico de Cristo, lejos de cualquier individualismo o lejanía del resto de hijos de la Iglesia. Así, nos inspira para procurar la armonía de bautizados y enviados según la misión específica que recibimos cada uno, sosteniéndonos y enriqueciéndonos mutuamente en la comunión para la misión. Teresa de Lisieux, que nunca se guardó nada para sí, que lo entregó y sufrió todo por la misión, escribe en su autobiografía:

«Querría anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo y hasta las islas más remotas. Querría ser misionera, no solo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y serlo hasta la consumación de los siglos»[1].

Con el gozo que desprende la vocación contemplativa y misionera de santa Teresa del Niño Jesús, acogemos la Palabra de Dios que hemos escuchado hoy. El profeta Isaías nos invita a la alegría por el anuncio de la buena nueva, de la restauración del bien y de la justicia. El luto de nuestro mundo va desapareciendo ante la visión de la abundancia del Reino de Dios. Llega la ansiada paz como un río que colma su sed –cuánta paz necesita nuestro mundo, cuánta perdemos y cuánta necesitamos cada día–; llega el torrente desbordado de la riqueza, el consuelo de Dios para todos sus hijos que produce alegría en el corazón para palpitar de gozo en el Señor.

Ciertamente, para vivir esta palabra de consuelo y anunciarla, hemos de hacernos pequeños, como Teresa de Lisieux. Con la pequeñez que permite entrar en el Reino de Dios, reino de ríos de paz y de justicia, reino de torrentes desbordados de consuelo. Pongámonos delante de Dios cada día, unámonos a Él y seamos misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Porque nosotros, y nuestros hermanos del mundo entero, necesitamos luz, bendición, vida, sanación, liberación: necesitamos a Jesucristo. Él es nuestra esperanza. Que vivamos todos un mes extraordinario y que, sea cual fuere nuestra situación, nos sintamos cada vez más discípulos misioneros; cada vez más misión ahora y siempre.





GALEGO

Queridos irmáns sacerdotes, queridas relixiosas, queridos irmáns e irmás. O Mes Misioneiro Extraordinario é un gran agasallo que nos fixo o papa Francisco. Inaugurámolo agora, en comuñón con toda a Igrexa que o está celebrando polo mundo enteiro.

Aínda que agora non lembremos ben cando, como nin quen nos axudou, nun determinado momento, guiados por algunha persoa próxima, atopámonos con Xesucristo. É, pois, xusto que nós lle deamos a coñecer tamén para que outros se atopen con el. É o que conleva ser e sentirse discípulos misioneiros, ser e sentirse misión como afirma a  exhortación  apostólica  Evangelii  gaudium: «Eu son unha misión […] misión de iluminar, bendicir,  vivificar, levantar,  sanar, liberar» ( EG 273). Conscientes, por suposto, de que «para manter vivo o ardor misioneiro fai falta unha decidida confianza no Espírito Santo, porque El “vén en axuda da nosa debilidade” ( Rm 8,26)» ( EG 280). Necesitamos unir a oración, a contemplación de Cristo, coa misión, o anuncio de Xesucristo.

Santa Teresa do Neno Xesús, cuxa memoria celebramos hoxe, como sabedes, ten ese corazón no que se realiza a fusión dunha vida activa e  contemplativa. Sendo carmelita, vivindo en clausúraa, é patroa das misións. Ela viviu a súa vocación como membro do corpo místico de Cristo, lonxe de calquera individualismo ou distancia do resto de fillos da Igrexa. Así, inspíranos para procurar a harmonía de bautizados e enviados segundo a misión específica que recibimos cada un, sosténdonos e enriquecéndonos mutuamente na comuñón para a misión. Teresa de  Lisieux, que nunca se gardou nada para si, que o entregou e sufriu todo pola misión, escribe na súa autobiografía:

«Querería anunciar o Evanxeo ao mesmo tempo nas cinco partes do mundo e ata as illas máis remotas. Querería ser misioneira, non só durante algúns anos, senón selo desde a creación do mundo e selo ata a consumación dos séculos»[1].

Co gozo que desprende a vocación  contemplativa e misioneira de santa Teresa do Neno Xesús, acollemos a Palabra de Deus que escoitamos hoxe. O profeta Isaías convídanos á alegría polo anuncio da boa nova, da restauración do ben e da xustiza. O loito do noso mundo vai desaparecendo #ante a visión da abundancia do Reino de Deus. Chega a ansiada paz como un río que colma a súa sede –canta paz necesita o noso mundo, canta perdemos e canta necesitamos cada día–; chega o  torrente desbordado da riqueza, o consolo de Deus para todos os seus fillos que produce alegría no corazón para palpitar de gozo no Señor.

Certamente, para vivir esta palabra de consolo e anunciala, habemos de facernos pequenos, como Teresa de  Lisieux. Coa  pequeñez que permite entrar no Reino de Deus, reino de ríos de paz e de xustiza, reino de  torrentes desbordados de consolo.  Pongámonos diante de Deus cada día,  unámonos a El e sexamos misión de iluminar, bendicir,  vivificar, levantar,  sanar, liberar. Porque nós, e os nosos irmáns do mundo enteiro, necesitamos luz, bendición, vida,  sanación, liberación: necesitamos a Xesucristo. El é a nosa esperanza. Que vivamos todos un mes extraordinario e que, sexa cal for a nosa situación, sintamos cada vez máis discípulos misioneiros; cada vez máis misión agora e sempre.

 

 

[1] Teresa de Lisieux, Historia de un alma, San Pablo, Madrid 2007, 341-342.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel