Diario de un obispo en tiempos de coronavirus (capítulo 3)

La suspensión de la Semana Santa, el estado de alarma, la salud de su padre, la sobreinformación, algunos de los temas destacados

Mons. Luis Ángel escribe para el portal Religión Digital

"Me inquietan las consecuencias de precariedad laboral y económica que se deriven de la pandemia. Tenemos que estar atentos y ser solidarios"
CAPÍTULO TERCERO: DEL 20 AL 26 DE MARZO

El viernes 20 por la mañana hubo reunión entre responsables del ayuntamiento de Ferrol y de entidades sociales, entre las que estuvo presente Cáritas, para coordinar la atención a las personas sin hogar y migrantes en estos tiempos de #QuedateEnTuCasa que afecta a #PersonasSinHogar con una obvia contradicción que hay que deshacer.

Pudieron hacerse cargo también de la preocupación por las personas con enfermedades psiquiátricas y adicciones que viven sin hogar. Apostar por ellos sigue siendo consecuencia de nuestra fe y tarea ineludible de la misión de la Iglesia. Tenemos que urgir a todos para dar respuesta.

Me confirmaron que el centro de día de inclusión social de Cáritas seguirá abierto de 8 a 15h. de lunes a viernes y en un horario más reducido sábados y domingos. Les dije que contaran conmigo para hacer turnos en la atención de este centro si fuera necesario. Me llamarán si es preciso, como a otros laicos, sacerdotes y personas consagradas que se han ofrecido.

Igualmente me compartieron cómo se mantenían abiertas y activas las Cáritas parroquiales, en UPA y arciprestazgos. Habíamos escuchado que la caridad no “cerraba” y estas informaciones lo corroboraron una vez más. Este y otros muchos días fueron llegando noticias de voluntarios laicos, sacerdotes y consagradas que se esforzaban por seguir atendiendo a los necesitados, hasta con teléfono para las urgencias. Como también llamadas telefónicas para la escucha y el acompañamiento en la soledad y el miedo de personas confinadas en sus casas o en residencias clausuradas. Precisamente las últimas noticias que fueron llegando sobre los dramas del contagio en residencias de personas mayores trajeron también el temor y la atención para extremar los cuidados sobre las nuestras.

El sábado 21 fue el día que señalaba la agenda el Encuentro diocesano de la Misericordia, pero ahora con el cartel de suspendido. Lo habíamos programado coincidiendo con las 24 horas para el Señor antes del IV domingo de Cuaresma, como indicó el Papa y habíamos hecho los pasados años. Desde que lo comenzamos a celebrar fue un encuentro muy querido y bien valorado por mucha gente. Quizá la convocatoria que más diocesanos reunió estos años, si exceptuamos las peregrinaciones anuales de la diócesis.

Este sábado el recuerdo de la Virgen María —“la de las tocas moradas”— fue recuerdo de todos los diocesanos, con el deseo de volver a encontrarnos con la prueba superada, como me dijeron algunas personas: ¡Que nos veamos de nuevo en Mondoñedo! Pero fue un día en el que no estuvo suspendida la misericordia, ni las horas continuas para el Señor, a quien algunos pudieron adorar presentes ante el Santísimo y todos, ciertamente, arrodillados de corazón. No hay oración más desprendida que la oración de adoración.

El mismo sábado hubiéramos tenido también la oración con los jóvenes. La Iglesia que se abre a ellos y ora a su ritmo juvenil, con sus sentimientos, su creatividad, su música, su deseo de trabar amistad con Jesús poniendo en práctica lo que en alguna catequesis escucharon. Igualmente, la agenda tiene la etiqueta suspendido. Recordé a estos rapaces e mais rapazas que se acercan todos los meses acompañados por algunos de sus padres, catequistas y sacerdotes para rezar con otros, con la Iglesia, con el obispo, más allá de sus amigos, de sus grupos, de sus parroquias, pero todos presentes en ese encuentro mensual de jóvenes orantes.

A mediodía llegó la comunicación de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal sobre la Misa crismal a raíz del Decreto “En tiempo de Covid-19” de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos de fecha 19 de marzo. En Mondoñedo-Ferrol, sumándonos a la propuesta del presidente de la CEE, cardenal Omella, y con la intención de cooperar a la clarificación de que la Semana Santa no se traslada de días, decidimos celebrar la Misa crismal en la fecha en la que se celebra anualmente en esta Iglesia particular, es decir, el Martes Santo. Como no concelebrarán todos los sacerdotes, omitiremos la renovación de las promesas sacerdotales, que pronunciaremos en una Eucaristía con el presbiterio diocesano y la asistencia de otros miembros del pueblo de Dios.

Con estas nuevas, e interesándome por el bienestar de los sacerdotes, el sábado por la tarde escribí a todos indicando, además, cómo habría que proceder en la Semana Santa sin presencia de fieles en las celebraciones.

Esa tarde tuve noticia de que dos hermanos obispos estaban ingresados contagiados por el coronavirus. Les envié mi abrazo desde la oración con los mejores deseos de mejoría. Pensé en la cercanía de los pastores que acompañan a los hermanos en todas las circunstancias de la vida, compartiendo sus sufrimientos y alegrías, sus temores y esperanzas. Una vez más recé: “Pasce me, Domine. Pasce mecum” [Apaciéntame, Señor; apacienta Tú conmigo].

El domingo 22 recibimos otra carta del presidente de la CEE, el cardenal arzobispo de Barcelona. Días de comunicación atenta y fluida desde un Añastro virtual en lugares bien distantes que acercan y hacen visible la comunión. El contenido de la carta anunció un evento de fe y gracia, de Iglesia que reza y se edifica unida sin fronteras. Un rosario desde Fátima y una consagración en fe y esperanza al Señor y a su Madre, cada vez más madre de los creyentes, invocada como Consuelo de los afligidos y Salud de los enfermos. En algunas personas el anuncio suscitó un entusiasmo que vino a romper la rutina del confinamiento.

El papa Francisco en la Misa desde Casa Santa Marta nos invitó a orar por quienes mueren solos sin poder despedirse de sus seres queridos y por estos que sufren esta despedida sin poder elaborar bien el duelo. Plegaria justa y necesaria.

Pero no fue la única novedad papal del día. A las tres de la tarde, cuando muchos estábamos en esos momentos de parálisis que dejan las noticias sobre la extensión de la pandemia, llegó un anuncio del Papa. Una invitación a orar la oración que Jesús nos enseñó a la medida de la grave situación que padecemos. Un padrenuestro para responder a la pandemia. Aparentemente una respuesta pequeña e insignificante. A muchos les pudo parecer muy poca cosa, cuando, en realidad, es una gran respuesta. Una breve oración recitada por una multitud incalculable a lo largo y ancho de todo el mundo. Un padrenuestro universal urgido por una compasión y una ternura también universales que nos hace vibrar a una sola voz que clama al cielo. #OremosJuntos se convierte en la respuesta proporcionada a una enorme desgracia. El Padre nos ha mostrado en Jesús la inabarcable grandeza de la pequeñez. El papa Francisco nos lo va recordando de cuando en cuando. El domingo 22 comenzamos a caldear el corazón en el fuego del amor y de la fe para hacer brotar esperanza en medio del sufrimiento con un padrenuestro el próximo miércoles, fiesta de la Encarnación del Hijo de Dios, a mediodía.

El lunes 23 leí que un campanero decía que el toque de campanas en Galicia recordaba a las personas mayores que no estaban solas. Espero que así sea en Galicia y en todas partes. Que sepan que no están solas. Hay mucha gente pendiente de ellas y prestándoles la ayuda que necesitan. Por supuesto, están en el corazón de la Iglesia, ya vivan en una residencia, en su casa, en su convento o en su rectoral.

A media mañana el servicio diocesano de comunicación de Mondoñedo-Ferrol lanzó uno de los breves videos de su campaña #CompartiendoEsperanza. Fue el de este obispo, desde la terraza de la Domus Ecclesiae de Ferrol. Unas vistas incomparables para compartirlas, igual que quise compartir el consuelo y el ánimo que viene de Dios (Cf. 2 Cor 1, 3-4). Todo lo que hagamos será bien poco; al mismo tiempo podrá servir de mucho.

El martes 24 recibí un mensaje cuyo asunto tituló el remitente con estas dos palabras: “malas noticias”. Palabras que decían verdad y adiviné lo que decían. Hasta ese momento había rezado por quienes fallecían a causa del coronavirus y sus familiares. Todos sin nombre, salvo el de algunos famosos, pero nadie próximo. El martes 24 comencé a rezar poniendo rostros conocidos a la muerte y al llanto. Dos personas y dos familias, en dos lugares distantes, en un día en el que el número de fallecidos llegó a ser el más elevado en España. El martes 24 identifiqué el semblante de la partida inesperada, cruel y rápida, de este mundo. Tenía nombre y apellidos el dolor de unos hijos desconsolados. Pero también puse rostro a la fe en la Resurrección y la vida. Aunque hayan muerto vivirán y porque creyeron en Él, tendrán vida eterna y Él los resucitará. El martes 24 acogí igualmente la tristeza de quien había perdido a alguien de los suyos y recibió la noticia sin poder hacer duelo ni despedida. El martes 24 fue, como otros días, viernes santo y domingo de resurrección en un salto de fe y esperanza envueltos en la ternura del amor triste y desolado de seres queridos desde aquí hasta la vida eterna. Muchas veces había rezado por quienes morían sin que nadie recordara. Es justo y esperanzador rezar por quienes sufren y no conocemos, como lo hacemos por los cercanos.

Miércoles 25, solemnidad de la Anunciación del Señor. Llegada la plenitud de los tiempos, el Unigénito de Dios, por obra del Espíritu Santo se encarnó en María, la Virgen, y se hizo hombre. Él conoció este sufrimiento hasta las últimas consecuencias. Su Cruz brilla hoy en medio de este mundo de cruces inesperadas. Gracias a Él podemos continuar el camino sin que nos detenga ningún padecimiento humano. Tampoco ahora, por más que temblemos.

El día se presentó con las dos citas de oración anunciadas el sábado y domingo pasados. A las doce del mediodía “padrenuestro universal”. No pensé antes si íbamos a ser muchos secundando esta sencilla invitación del Papa. Pero ese mediodía sí sentí que éramos muchos y que rezábamos con fe. La que profesamos en Jesucristo, Hijo encarnado del Dios amigo de la vida, que asume el dolor del mundo y nos convoca a luchar por la vida. Siempre dispuestos a sembrar más esperanza, paz y alegría. Con esta mirada de vida, a las siete y media de la tarde nos unimos a la plegaria confiada por intercesión de la Virgen Dolorosa, Salud de los enfermos, Nuestra Señora de Fátima. El 25 nos unimos en un ferviente #OremosJuntos mañana y tarde. Nos mantuvimos firmes en la oración. Al final del día llegó la noticia del ingreso hospitalario de otro hermano obispo, aunque no se confirmó que estuviese contagiado por el coronavirus. Nuevamente oración con los mejores deseos de recuperación. Para él y para todos los enfermos.

Jueves 26 de marzo. Llegó la noticia de un sacerdote y un religioso fallecidos a causa del coronavirus. Quizá hubo más sacerdotes y religiosos que murieron por esta causa, aunque sin engrosar la lista de víctimas de la pandemia en España. Son muchos los sacerdotes y las personas consagradas en situación de riesgo, sobre todo por edad. Esta preocupación me acompañó desde el comienzo de esta crisis, tanto por Mondoñedo-Ferrol, como por todos y con particular preocupación por la Vida Consagrada de España. Fue el mismo sentir del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. Haremos llegar la inquietud y el ánimo de la oración esperanzada, fruto de la caridad en la comunión, a los Vicarios y Delegados/as episcopales para la Vida Consagrada en las diócesis españolas, así como a los Asistentes de las federaciones monásticas, uno de los cuales es el religioso fallecido.

Llegarán otros desasosiegos. Habrá que redoblar los esfuerzos para sembrar alegría, paz y esperanza. Mañana, 27 de marzo, rezaremos con el papa Francisco a las seis de la tarde, pero también antes y después. Oración universal. Esperanza universal. La fuerza que viene de lo alto requiere por nuestra parte, en este tiempo fuerte, más atención y acogida. Esto es abrir las puertas a Cristo en esta reclusión involuntaria. Por Él, con Él y en Él, no olvidaremos los puentes que habíamos construido.
 

· CAPÍTULO SEGUNDO: DEL 16 AL 19 DE MARZO

El lunes comenzó la jornada a maquinar sus prisas, pero disminuyó la tensión del anterior fin de semana. Celebración de la Eucaristía, como cada día, con el rezo de laudes o de vísperas, según el momento, pero con la intención principal de este “tiempo fuerte”. Un recuerdo afectuoso del papa Francisco en Santa Marta, con muy poca gente ahora. No estamos solos. Hay un pueblo santo de Dios presente “en espíritu y en verdad” en la celebración eucarística.

El 16 de marzo se cumplieron cuatro años de mi nombramiento como obispo de Mondoñedo-Ferrol. Algunas personas me lo recordaron. Un extraordinario motivo de acción de gracias a Dios que siempre cuida de su pueblo. Somos muy afortunados por la fe que hemos recibido y la Iglesia que nos congrega y acompaña. Este indigno siervo de Dios solo puede estar admirado y agradecido porque ha recibido más bendiciones de las que ha dado en Mondoñedo-Ferrol. Esta crisis me está enseñando aspectos esenciales de mi misión que pasan por el cuidado y la cercanía a todos con el respeto, la disponibilidad y la entrega total que muestra el Maestro, el Señor, en el gesto del lavatorio en el cenáculo. Quiero subir al cenáculo. Mi gratitud también al papa Francisco, con mi oración por él y por la Iglesia universal.

El lunes quedó organizado el personal que trabaja en el obispado. Lo hablamos el vicario general y moderador de curia, el ecónomo diocesano y el obispo. Todo encauzado. Los que puedan, trabajarán desde sus casas. Aquí, una pequeña guardia a puerta cerrada. Así dimos fe de la situación:

El martes 17 llegó la noticia de la cancelación de la 49ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada que se iba a celebrar en Madrid entre el 16 y el 18 de abril próximos. Iba a tener allí una ponencia y, además, un saludo como nuevo presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. Me pareció como si su cancelación hiciera celebrar la Semana por adelantado. Con un lema siempre antiguo y siempre nuevo: “Consagrados para la vida del mundo”. Yo tenía encomendado hablar sobre “La vida consagrada al paso del Pueblo de Dios”. Qué hermosos son los pies de quienes experimentan y hacen avanzar la vida consagrada [en salida] al paso del Pueblo de Dios [en salida]. Las personas consagradas, “expertas” en quedarse en casa, desde sus comunidades se abren, salen y llevan dentro de su vida fraterna en comunidad la vida del mundo, la pandemia del «coronavirus» en la aldea global.

Por los mismos motivos se me comunicó el aplazamiento de la ordenación presbiteral de un misionero claretiano que iba a presidir en Madrid. Fue motivo para rezar por este diácono y por quienes reciben y responden a la llamada al sacerdocio ministerial. Hacen falta muchos corazones sacerdotales que no tengan miedo de estropearse o ensuciarse las manos en el lavatorio de los pies de los hermanos, como el Maestro, el Señor ha hecho con nosotros y nos ha invitado a hacer con otros.

El 18 celebramos reunión de consejo diocesano de gobierno por videoconferencia. Alguna vez habíamos pensado en esta posibilidad, pero no lo habíamos hecho antes y las circunstancias nos impulsaron a dar un paso adelante. Pudimos valorar la situación y hablar del futuro. Así, entre otras cosas, nos preguntamos si sería posible trasladar la misa crismal a una fecha posterior, cuando terminara esta situación de aislamiento y el peligro de contagio. Como también comentamos la importancia de celebrar la Semana Laudato Si’, con ocasión del quinto aniversario de la encíclica, que el papa Francisco ha invitado a celebrar del 16 al 24 de mayo. La experiencia fue satisfactoria. Lo volveremos a hacer en este período de confinamiento, pero incluso puede servirnos más adelante.

La Conferencia Episcopal Española nos invitó esta semana a unirnos en el rezo del Ángelus a toque de campana. En algunas parroquias ya sonaban antes las campanas a las 12 del mediodía con los medios técnicos que permiten toques programados. Buscamos signos de unidad y momentos para orar juntos desde casa, y para dar gracias por tantas personas al servicio de los demás y pedir por ellas. Esta cita de oración terminará cada día con la oración del papa Francisco a la “Madre del Divino Amor en este momento de prueba”. En Mondoñedo-Ferrol decidimos sumarnos a la iniciativa el día de san José, para indicar así la relevancia de su fiesta, el día del padre y el día del seminario, aunque llegó la noticia de que la campaña se trasladaba al 3 de mayo, domingo del Buen Pastor.

El miércoles 18 me coordiné con los miembros del servicio diocesano de comunicación. Ellos ya estaban trabajando desde casa. Ya lo habían hecho así todo el fin de semana, como otras muchas veces, a pie de ordenador y smartphone. Fieles a su tarea y con sensibilidad vocacional de comunicadores de buenas nuevas. A veces pienso que comunicamos demasiado. En lo que a mí respecta, les digo que el obispo puede estar menos presente en los medios, pues hay otras muchas noticias importantes y muy buenas de la diócesis y de la Iglesia. En esta ocasión promovieron, el mismo miércoles, la campaña #ComunicandoEsperanza. Cuentan con todo nuestro apoyo y nuestra felicitación.

Es muy importante comunicar esperanza en estos momentos. Me alegra que podamos hacerlo y espero que los colaboradores de la campaña se ajusten al guión y comuniquen esperanza y no otras cosas. Al mismo tiempo, hemos de considerar que este “tiempo fuerte” va a ser duradero y hay que prepararse para ello. Si es preciso, habrá que renovar e incentivar la campaña, ser prudentes en las publicaciones y, desde luego, liberar los envíos de excesos y reiteraciones.

El miércoles tuve presente, de manera especial a la vida contemplativa, con motivo de la  preparación de los materiales para la próxima Jornada Pro Orantibus. Este año el lema será “Con María en el corazón de la Iglesia”. Está prevista la Jornada para el 7 de junio, solemnidad de la Santísima Trinidad. No hace falta esperar a esa fecha para dedicar un sonoro aplauso de corazón a las personas consagradas contemplativas que oran continuamente por nosotros y que han intensificado su oración en estos momentos. Os necesitamos y sabemos que estáis, con María, salud de los enfermos, en el corazón de la Iglesia para que el mundo tenga vida.

El jueves 19, día de san José, , apareció lleno de felicitaciones, de llamadas, de inquietudes. Mucha preocupación por los más vulnerables, bien en residencias de ancianos, bien en hogares para personas con discapacidad. Las noticias de contagios y muertes de otros lugares hacían temblar. Todas las cautelas serán siempre pocas y se tomarán, aunque haya escasez de material sanitario, porque hay mucha imaginación, creatividad y, por supuesto, seria responsabilidad junto a la imprescindible esperanza.

Este jueves 19 pude percibir miedo, incertidumbre, cansancio inicial, pero, especialmente un extraordinario y precioso denominador común en voluntarios laicos, consagrados y sacerdotes: toman precauciones para no contagiar a nadie, pero no tienen ningún miedo de contagiarse. Es lo que se desprende del encuentro con el Jesús del Evangelio. Sencilla y directamente.

A lo largo de estos días descubrimos que hay que tomar conciencia de una carrera de fondo. Debemos prepararnos para un largo período de confinamiento. La efervescencia del comienzo ha de moderarse para caminar serena, confiada y solidariamente hasta que sea necesario.

Esta festividad de san José fue muy diferente a todas las anteriores. Un san José sin Cremá de fallas en Valencia, con la campaña del día del seminario trasladada, sin poder visitar a los padres confinados como los hijos, pero no con ellos. Lo que, desde luego no impidió rezar por los valencianos, por los seminaristas, por los padres y por las personas que celebraron su onomástica ese día. El poder de la oración siempre es mayor de lo que creemos normalmente. El cariño que encierra una oración es muy grande en este “tiempo fuerte” que nos ha llegado.

Por la tarde del 19 conseguí escuchar la voz de mi padre, que sabía que yo estaba al otro lado del teléfono, aunque no podía oírme. Me dijo que se imaginaba que seguía con todos mis “planes”, que rezaba por mí, que él estaba bien y, por último, que había leído en el periódico que “lo peor estaba por llegar” y le preocupaba cómo sería “eso”. Cerré el día de san José con la inquietud que me había trasladado mi padre, pero con la sonrisa esperanzada surgida de la certeza del inmenso cariño de Dios por la humanidad, infinitamente mayor que el de un padre por sus hijos. ¡Qué deprisa pasó esta semana, aunque algunos días se hicieran largos!
 

· CAPÍTULO  PRIMERO: del 12 al 14 de marzo

Con un poco de pudor comienzo a escribir este diario que me ha propuesto José Manuel Vidal, director de Religión Digital. Lo hago por si puede servir para el bien, sin ninguna otra consideración.

El jueves 12 comenzamos a preparar este fin de semana singular, inimaginable. Las noticias sobre la expansión del coronavirus empezaban a ser cada vez más inquietantes. Me puse en contacto con el conselleiro de sanidad de la Xunta de Galicia, con responsables del SERGAS (Servicio Gallego de Salud) y con el alcalde de Ferrol. Después de la información que me pudieron proporcionar comencé por suspender los encuentros diocesanos previstos en las siguientes semanas.

Más tarde, ante la creciente preocupación fuimos cancelando o aplazando importantes reuniones y eventos más cercanos. Enseguida me llegó la convocatoria extraordinaria de los obispos de la Provincia Eclesiástica de Santiago de Compostela. Era para el viernes 13 por la mañana. Tuve que aplazar para el 17 de marzo la reunión del consejo diocesano de gobierno.

Fui a comer con mis hermanos claretianos de Ferrol. Soy misionero claretiano; apenas estoy con estos hermanos de aquí y me importan mucho, como los que he dejado en otros lugares de la Provincia de Santiago. Al regresar a la Domus, un paseo por el barrio de la Magdalena que resultó ser el último en no se sabe cuánto tiempo. Me encontré afortunadamente con el último pregonero de “El Llamador del Portador”. Un joven que veo diferente desde que dio ese pregón, testimonio de fe y amor.

El viernes 13 fue un día intenso, de reuniones, de llamadas, de noticias. Comenzó con la suspensión de la visita pastoral a Terra Chá y de la conferencia en torno a los 800 años de historia de la catedral de Mondoñedo prevista para la noche del 13 en Ortigueira. No podemos convocar encuentros porque existe el peligro de contagio. Y precisamente tanto la visita pastoral como la conferencia se realizan para multiplicar encuentros y llegar al mayor número posible de personas.

La mañana transcurrió en una reunión responsable, serena y esperanzada con mis hermanos obispos de la Provincia Eclesiástica. A mediodía ya tuvimos casi ultimadas las medidas para la Iglesia que peregrina en Galicia en esta situación de pandemia. De vuelta a casa, se dio la noticia de la declaración del estado de alarma. El escenario se hacía más crudo y durante la tarde tuvimos que afinar algunos detalles para acompañar y cuidar mejor al pueblo de Dios que nos ha sido confiado. He de agradecer a mis hermanos obispos de estas diócesis gallegas el esfuerzo de la comunión efectiva ante este gran desafío, mirando incluso más allá de la Semana Santa.

El sábado 14 fue un día para aclarar dudas, orientar la aplicación de las medidas, ayudar a tomar conciencia de la seriedad de la situación. Y fue el día también en el que se adelantaron las decisiones sobre los actos de las cofradías durante la Semana Santa. Supimos que, en Sevilla, de común acuerdo entre el arzobispado, el consejo general de hermandades y cofradías y el ayuntamiento, se habían suspendido las estaciones de penitencia y desfiles procesionales. Es todo un referente.

Las cofradías de Ferrol y de Viveiro miran mucho a Sevilla, a su Semana Grande. Estas también son grandes. Durante la tarde pude coordinarme con todos los responsables de cofradías de la diócesis para coincidir en el anuncio de la supresión de procesiones, viacrucis y demás actos externos de la Semana Santa. Varios se adelantaron a comunicarme la conveniencia de esta decisión dolorosa, pero necesaria. La Semana Santa en Mondoñedo-Ferrol es muy importante desde las claves religiosa, social y económica.

Han sido unos días muy especiales. El estado de alarma ha hecho que nos quedemos todos en casa con una campaña mediática propia de estos tiempos. Los medios de hoy llegan a todos los rincones y esto es una ventaja para informar y concienciar. Al mismo tiempo, hay que tener cuidado para no obsesionarse y vivir en libertad dentro del aislamiento.

No sé si otros domingos ha habido tantas misas retransmitidas por canales y redes sociales, pero este domingo III de Cuaresma, cuando no nos hemos podido reunir en las iglesias para celebrar la eucaristía, nos hemos unido a través de la radio, la televisión y las redes y hemos sentido la proximidad de todos los cristianos, con un generoso espíritu de responsabilidad cívica y de caridad fraterna.

A ello hay que sumar los incontables recursos de subsidios de oraciones, vídeos con mensaje cristiano y mensajes de fe y de esperanza. Aunque reconozco que me ha parecido un tanto exagerado, estoy emocionado y edificado por este santo pueblo de Dios que quedándose responsablemente “en casa” ha sido ayer Su pueblo esperanzado “en salida”.

He tenido muy presentes a mis diocesanos, a quienes escribí el viernes 13, con inquietud y paz a un tiempo, transmitiendo que era importante vivir “con creciente esperanza y responsabilidad”. Todos han respondido con generosidad, comprensión y colaboración con las medidas tomadas. Me inquietan también las consecuencias de precariedad laboral y económica que se deriven de la pandemia. Tenemos que estar atentos y ser solidarios.

He pensado en los ancianos y enfermos. Los de las residencias y los de sus casas, los que viven solos y están aterrados. También en mis hermanos claretianos en comunidades de enfermos y mayores. Me han conmovido los voluntarios de Cáritas de mi barrio de Canido en Ferrol (el mejor barrio de Galicia en 2019), ofreciéndose por si alguien necesita ayuda en estos momentos.

Estoy admirado de la generosidad de las Siervas de Jesús y de la Fundación del Santo Hospital de Caridad que mantienen abierto con mucho esfuerzo el albergue “Pardo de Atín”. Me he sentido orgulloso del equipo y de los voluntarios de Cáritas diocesana que, con permiso de las autoridades, consiguen tener abierto el centro de inclusión social “Gabriel Vázquez Seijas” de Ferrol para que “estén en casa quienes no tiene hogar”, algunos yendo del albergue al centro y viceversa.

Me han preocupado los sacerdotes, especialmente los de más edad y con enfermedades de riesgo. Me ha dado pena suspender la visita pastoral a Terra Chá que ya había organizado con el arcipreste y otros compañeros. He pensado en los sacerdotes de mediana edad, en los jóvenes y en el futuro que nos aguarda. Cuánto trabajo para tan poca gente. El Dueño de la mies sabrá. Al Buen Pastor, le encomiendo con agarimo estos pastores. Me importan mucho los sacerdotes de Mondoñedo-Ferrol. Ellos, que ya hacen muchos esfuerzos, se han volcado estos días manteniendo capillas e iglesias abiertas, exponiendo el Santísimo, expresando cercanía a todo el mundo, como siempre, ahora sin tocar a nadie. Los arciprestes, que son de los más jóvenes, se han acercado a explicar a los más mayores, que no usan medios de comunicación modernos, las normas de los obispos de la Provincia Eclesiástica de Santiago.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel