Diario de un obispo en tiempos de coronavirus: capítulo 8

Del 27 de abril al 3 de mayo de 2020

Mons. Luis Ángel escribe para el portal Religión Digital

"El mundo mejora más, cuantas más personas deciden entregar su vida por algo grande. Y no hay nada mayor que dar la propia vida por los semejantes"

Algunos niños salieron a pasear bajo la lluvia. No importó. Mereció la pena salir. Los mayores esperamos nuestro turno en este proceso de reducción del confinamiento. Siempre merece la pena salir, caminar, abrir ventanas, dejar que el aire limpio nos renueve. En la Iglesia nos confiamos continuamente al viento del Espíritu. El que, estando cerrados por miedo, nos impulsa a salir y superar los temores. Todo llegará.

Mientras tanto, sin miedo, pero con prudencia, continuamos creciendo en responsabilidad y compromiso con esperanza en lo que se refiere a esta crisis que estamos atravesando. En lo que respecta a cuidados y prevención de salud, todavía hace falta tiempo y paciencia, paciencia y tiempo. No debemos precipitarnos, porque sigue habiendo muchas vidas humanas en juego por esta pandemia. Tenemos la obligación de evitar riesgos innecesarios a personas vulnerables y esa es la forma de mostrarles nuestra acogida ahora, porque nos importan mucho, los queremos y queremos que estén entre nosotros lo más posible.

La semana pasó muy deprisa con mucha intensidad, entre “pucheros” sabrosos. De entre todos, los más relevantes fueron el comienzo de la preparación de la reapertura del culto público, la fiesta de san José Obrero, día del trabajo, la difusión del Plan Diocesano de Unidades Pastorales y el primer domingo de mayo con tres magníficas efemérides.

A todos ellos, les precedió una plegaria de vida hecha canción desde una parroquia de Ferrol; una historia de acogida y fraternidad en momentos difíciles que se agradecía y cantaba con la oración de hijos y hermanos que sigue y seguirá #ComunicandoEsperanza.


Esta historia tuvo un día de gozo el 19 de marzo, en el inicio del estado de alarma, cuando nació Santiago. El niño tuvo un buen santo protector para nacer y sus padres le pusieron por nombre el de otro grande de la fe. No por ser de tierras gallegas; tal vez por vivir en ellas. Son peruanos y llegaron a Cáritas de santa María de Caranza de Ferrol en diciembre del 2019, haciéndose enseguida miembros activos del coro de la parroquia por sus cualidades para la música.

En medio del confinamiento escribieron a su familia parroquial: "Hola a todos! Cuánto se les extraña en verdad! Siempre nuestras oraciones están con cada uno de ustedes! Dios los guarde siempre, y esta noche más que agradecidos con Dios por la vida y por nuestra amistad! Y antes de dormir, dirigirnos a nuestro Padre de la forma en que mejor lo sabemos hacer!! Esta canción va dedicada para todos!". Y enviaron una preciosa versión cantada que sonó como regalo-bendición.

A media semana llegó una nota de la Comisión Ejecutiva de la CEE ante el inicio de la salida el confinamiento. Agradezco a los hermanos obispos de esta Comisión que nos la hayan regalado. Fue dirigida al Pueblo de Dios y a toda la sociedad española. Al leerla fui teniendo presente lo que ocurrió, ocurre y hemos de ir preparando:

• Una alegre acción de gracias a Dios por el horizonte de control de la epidemia.
• Una compasión en el dolor con los miles de familiares y amigos de los fallecidos.
• Una gratitud a la entrega de los profesionales de la salud y de todos los servicios sociales comunitarios, con una mención expresa a laicos, sacerdotes y consagrados comprometidos en las actividades de la Iglesia.
• Una mirada de futuro desde los más empobrecidos para seguir trabajando con Cáritas y otras instituciones eclesiales.
• Un deseo expreso de querer recuperar la expresión comunitaria de la fe en nuestros templos, pero con sensatez, prudencia y responsabilidad.
• Una invitación al acuerdo y la colaboración de todos los agentes sociales a favor del bien común.
• Una exhortación a la oración que afianza la fraternidad, que pide luz para que se consiga un remedio médico a la pandemia y que nos coloca bajo el amparo de la Inmaculada, madre y patrona de España.

Junto a la “nota”, llegaron las “medidas de prevención para la celebración del culto público en los templos católicos durante la desescalada de las medidas restrictivas en tiempo de pandemia”. Unas pautas que agradecí mcuho, pues nos facilitaron la tarea en las diócesis habiendo señalado ya lo más importante.

El 1 de mayo, fiesta de san José Obrero, patrono de los trabajadores, estuvimos convocados a un aplauso diferente: un aplauso por un trabajo decente promovido por la iniciativa “Iglesia por un trabajo decente”, fruto de la colaboración fraterna entre entidades de nuestra Iglesia: Cáritas, Conferencia Española de Religiosos (CONFER), Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), Justicia y Paz, Juventud Estudiante Católica (JEC) y Juventud Obrera Cristiana (JOC).


En un manifiesto claro y contundente reclamaron medidas urgentes que están en coherencia con la fe cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia. Así, pidieron la aprobación de un ingreso mínimo garantizado, el reconocimiento del derecho a la prestación por desempleo para las personas empleadas de hogar, la regularización extraordinaria e inmediata de los trabajadores “sin papeles” y un pacto de Estado que apueste por la centralidad de la persona y el trabajo decente.

Este primero de mayo fue más apremiante, si cabe, recordar que el trabajo es para la vida y que debemos exigir unas condiciones laborales que garanticen la integridad de la persona, su dignidad, de tal manera que desterremos la precariedad laboral que lesiona los derechos de los trabajadores y de sus familias, víctimas de la consideración de otras prioridades por encima del ser humano, por encima de la vida humana. Me duele permanentemente que ocurra esto.

Como ha ocurrido con anterioridad en situaciones menos graves, la crisis causada por el coronavirus, que nos ha hecho daño a todos, ha incidido más en los más débiles y, por supuesto, en el empleo menos consistente y hasta sin protección social en el mercado laboral. Este va a ser uno de los desafíos más grandes a consecuencia de esta pandemia, de modo que puedan remontar quienes han perdido sus derechos mientras se quedaban sin empleo ni salario en este impacto destructivo. Hemos de rezar, por supuesto, para recibir la fuerza que nos permita luchar por el derecho al trabajo y un trabajo decente, una vida digna, sin dependencias ni esclavitudes, con justicia, paz y salud para todos los seres humanos en toda la tierra. Hay suficiente. El desafío es el reparto.

El segundo día de mayo comenzamos a difundir el Plan Diocesano de Unidades Pastorales. Los párrocos y arciprestes, el delegado para la vida consagrada, los vicarios de pastoral, el vicario general y yo mismo, enviamos el documento y un breve vídeo explicativo —ambos en gallego y en castellano—, a las comunidades y personas consagradas, a los catequistas, a los voluntarios y a los demás diocesanos implicados en las parroquias y UPA.


Quisimos que fuera una buena noticia en medio de un panorama desalentador y un cansado confinamiento; una luz propia del Tiempo Pascual; un reto que hay que ir conociendo para afrontarlo y que debe llenarnos de esperanza mirando el futuro de nuestra diócesis; un horizonte que nos descubre hacia dónde vamos y por dónde hemos de ir, sin quedarnos pasmados entre nostalgias, lamentos y quejas estériles.

Como no puede ser de otro modo, el Plan requiere de la cooperación de todos para construir algo nuevo. Debemos realizar todos los esfuerzos para que se sumen y colaboren corresponsablemente los más posibles: laicos, consagrados, sacerdotes y obispo. Juntos, Pueblo de Dios en salida —en misión— ante un momento histórico decisivo. Bendito sea Dios que nos complica la existencia embarcándonos en estas empresas. Con el fin de convertirnos y crecer los discípulos misioneros que peregrinan en la Iglesia particular de Mondoñedo-Ferrol. Con el objetivo de contribuir humildemente a la necesaria y anhelada transformación de la sociedad.

Llegó el Domingo del Buen Pastor, Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y Día de la Madre. Tres conmemoraciones con denominador común de acogida, entrega hasta dar la vida, ternura y fortaleza.

El Día de la Madre es un día lleno de vida. Día de aplauso a todas las madres. Gratitud, cercanía, recuerdo agradecido, añoranza y sonrisa amplia.

Nos ayuda a celebrarlo María, Madre de Jesús y nuestra, Madre de la Vida, que celebramos aquí muy especialmente en el mes de mayo, mes de las flores, mes de la Virgen. Ella nos invita a cuidarnos y cuidar la naturaleza, la Casa Común. Ella entiende muy bien a las madres que sufren por sus hijos. Ella, como nuestras madres, nos transmite lo esencial para ser persona e hijo. Gracias es una palabra pequeña que hoy suena inmensa para responder a tal derroche de dones.

Algunas madres también enseñaron a sus hijos a tener manos sacerdotales y a servir con ellas, siempre dispuestas al lavatorio y a la entrega sin reservas, con firmeza y misericordia.

Unido al recuerdo de sus madres, estuvo el de los sacerdotes, con una felicitación abierta. Del corazón brotó una oración por ellos, para que sean buenos pastores, a imagen y semejanza del Buen Pastor, como lo piden y lo suplico para mí.


Unos días antes, el jueves 30 de abril, en un envío postal desde el obispado, incluimos el libro que tenía previsto regalar a los sacerdotes de la diócesis al final de la Misa Crismal: “Ungidos y enviados”. Es una recopilación de las homilías del papa Francisco en las misas crismales de1999 a 2013, siendo arzobispo de Buenos Aires. Ungidos para sanar y para liberar. Palabras de unción y consagración de la vida para la misión sacerdotal en cualquier tiempo, pero especialmente en este tiempo fuerte. Ese pequeño regalo fue un gesto de fraternidad sacramental y unidad que contribuye a edificar la comunión de toda la Iglesia. En este ámbito también “cada gesto cuenta”.

Por su parte, la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y Vocaciones Nativas nos trajo el lema “Jesús vive y te quiere vivo”. Expresión motivadora en Pascua para escuchar a Jesús y descubrir cuál es el mejor modo de hacer algo grande en esta vida. El mundo mejora más, cuantas más personas deciden entregar su vida por algo grande. Y no hay nada mayor que dar la propia vida por los semejantes, como el Señor hace y nos enseña a hacer.

La organización fue conjunta entre la Comisión Episcopal de Clero y Seminarios (Conferencia Episcopal Española), la Conferencia Española de Religiosos (CONFER), Obras Misionales Pontificias (OMP) y la Conferencia Española de Institutos Seculares (CEDIS). Otro esfuerzo para edificar la comunión como el que pudimos ver el pasado primero de mayo.

Fue una jornada para poner en valor la llamada vocacional. Para hacer caer en la cuenta a los miembros de la Iglesia de la importancia de colaborar —con oración y limosna— al cuidado y desarrollo de las vocaciones para bien de la humanidad. Son muchas las personas que dan gracias a Dios por haber sido llamadas a amar y servir.

Como suele hacerse en tantos lugares, nuestra Vicaría de Evangelización propuso una cadena de oración desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche, en turnos de media hora cada uno. Comunidades religiosas, sacerdotes, familias, jóvenes… Muchos creemos en la fuerza de la oración, que no tiene nada de magia.

Invocamos al Señor, humilde y confiadamente, para que se muevan los corazones; para escuchar a quien nos guía; para conocer el amor de Dios y amar igual que Él; para ser generosos con los demás a través de Cáritas, y de otros, seguros de que “cada gesto cuenta”; para sentirnos unidos —sobre todo durante la tempestad— camino del reino de Dios, porque, como dice Manos Unidas, “Juntos cambiamos vidas”, empezando por la mía.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel