Cuidar la vida, sembrar esperanza

“Cuidar nuestra primera casa, el seno de nuestra madre” · Autor: CEE

Jornada por la Vida 2016

La Subcomisión Episcopal de Familia y Vida presenta la Jornada por la Vida que este año se celebraremos el lunes 4 de abril. Una oportunidad para trabajar por una cultura de la vida, que contribuya al desarrollo de una sociedad plenamente humana

La creación proclama la bondad y el amor de Dios. Como afirma el salmista: «El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra» (Sal 18, 2-3). Esta hermosura de la creación, que conmueve las entrañas humanas, suscita en el salmista la admiración y la acción de gracias a Dios: «Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría» (Sal 104, 34).

Efectivamente, Dios, en su amor eterno, creó el universo y en él llamó a la existencia al hombre y a la mujer para que poblasen la tierra y colaborasen con Él en la obra de la creación, en la perfección de todo lo que había creado que, como repiten insistentemente los primeros versículos del Génesis, «vio Dios, que era bueno, que era muy bueno». La creación se nos ha confiado para que sea el fundamento de una existencia creativa en el mundo, para que la perfeccionemos y dejemos también en ella la huella de nuestro amor, no la huella del maltrato, del abuso y la explotación. El papa Francisco nos llama a cuidar y proteger con ternura este mundo que Dios nos ha dado, a hacerlo bello y hermoso, a transformarlo en hogar de hermanos y hermanas, en casa habitable por el ser humano, transparentando la hermosura y el amor de Dios; nos llama, en suma, a cuidar la vida y a sembrar esperanza.

El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo humano, sostenible e integral; es responsabilidad de todos, y debemos trabajar unidos, como una gran familia que se preocupa y se ocupa de su casa común. La degradación ecológica, la depredación de los recursos naturales, los desequilibrios que nuestra actividad producen cuando obramos irresponsablemente, constituyen una ofensa y un abuso a la confianza que Dios ha depositado en nosotros al poner en nuestras manos una obra tan hermosa como es la creación.

Es una realidad esperanzadora el constatar cómo la conciencia ecológica va creciendo en nuestros días, y cómo son cada vez más los que se preocupan por cuidar el medioambiente y preservar la naturaleza. Porque es nuestra casa, y tenemos que cuidarla, para nosotros y para las generaciones venideras. Como toda casa, como todo hogar, algún día acogerá a nuestros hijos. «La tierra es nuestra casa, nuestro hogar, como una madre bella que nos acoge entre sus brazos».

En este cuidado de la casa común debe ocupar un puesto central la ecología humana, que debe ser promovida y protegida como expresión de quienes son no solo criaturas, sino más aún, «imagen y semejanza» de Dios. «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1, 26) –es el diálogo de amor de Dios– «creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gén 1, 28). Es la impronta personal de Dios en la creación y lo que en último término la fundamenta y llena de sentido. De este modo es posible establecer una relación auténticamente amorosa, pues se establece entre las Personas divinas y las humanas en el contexto de la creación. Con el don y misterio de la Encarnación, esta relación alcanzará su culminación en Jesucristo.

En el cuidado de la ecología humana se encuentra como elemento primordial el cuidado de todas las personas, desde el inicio de su existencia hasta su muerte natural. La encíclica Laudato si’ nos habla de la necesaria ecología ambiental, social, económica, cultural y de la vida cotidiana (cf. LS, nn. 137-155), todo ello con vistas de promocionar el bien común: la ecología integral es inseparable de la noción de bien común, un principio que desempeña un papel central y unificador en la ética social. Es «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección».

Extracto del 'Mensaje de los obispos', que puedes seguir leyendo descargando los documentos adjuntos en la columna de la derecha.