Dar la vida es dar vida

Celebrada, en privado, en la Concatedral de San Xiao de Ferrol

Homilía (con audio) del obispo en la eucaristía de la Cena del Señor (Jueves Santo)

"Amemos, vivamos alegres y entregados, y muchos tendrán la vida que ahora les falta, vida nueva y abundante que no acaba"


 

Dice san Agustín que Jesús quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: «Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Y lo que decía el Nazareno de Él, lo decía también de sus primeros discípulos y de nosotros, sus discípulos misioneros, como apostilla la primera carta de Juan: «En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos» (1Jn 3,16).

Es justo, pues, que esta tarde del Jueves Santo, cuando nos sentamos a comer en la mesa del Señor, recordemos qué significa y a qué nos compromete este banquete. Miremos con atención lo que nos pone Jesús delante. Él nunca oculta nada. Fijemos la mente y el corazón en lo que el Maestro nos comparte en esta hora de su despedida para volver a la casa del Padre. Prestemos la atención propia de quien se dice y sabe que es discípulo para ser misionero, puesto que después hemos de preparar nosotros algo semejante en cada paso de nuestra vida cristiana. Tengamos ojos y oídos para el lavatorio y para el amor que es y genera vida.

Antes de tomar el cuerpo y la sangre de quien da su vida por nosotros para que tengamos vida, asumamos el discipulado misionero del lavatorio de los pies. El hecho de prescindir del gesto externo que solemos realizar en esta celebración nos puede ayudar a profundizar en la seriedad y grandeza de una manera de vivir que exige la comunión eucarística del amor fraterno.

Acercarse a la mesa de Jesús en el cenáculo de la vida cristiana requiere humildad creciente. La de comprender la entrega de la vida que engendra vida, dejándose lavar los pies por el Maestro, el Señor y, quizá más aún, por los hermanos. Comprendemos la reacción de Pedro y acogemos la enseñanza del Señor. Pero hemos de dar un paso más de humildad y comprensión del nuevo mandato del amor: dejar que otros hermanos nos laven los pies, con lo que ello puede comprometernos. Más aún, cuando recordamos al Maestro en el lavatorio de aquella tarde, hemos de detenernos en el momento en el que mira a Judas a los ojos y se arrodilla a sus pies. Antes de que el Señor se levantara de la mesa y tomara la toalla, el texto del evangelio de san Juan que hemos escuchado dice: «Ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo» (Jn 13, 2). Jesús lava los pies también a quien encarna la traición y cambia la amistad por enemistad; responde con amor al odio. Si hace falta aprender con Pedro que debemos dejarnos lavar los pies por el Maestro y por quienes amamos, hacen falta dosis extraordinarias de amor y humildad para lavar los pies a quien encarna la traición, la enemistad, el odio, el mal, en definitiva.

El lavatorio fraterno, eucarístico y sacerdotal está fundado en el amor que se entrega para dar vida. No hay amor más grande para cambiar la vida, para abandonar todo aquello que no tiene que ver con este amor sublime, para aceptar la donación sacrificial que Cristo hace por sus amigos y hacer cada uno de nosotros lo mismo. Hacerlo como los mártires —recuerda san Agustín— es comprender hasta dónde podemos llegar nosotros si comemos de este pan y bebemos de este cáliz. A través de este testimonio, el de la entrega de Cristo y de los cristianos, brilla una esperanza de vida nueva que permite trascender la tragedia de enfermedad, dolor y muerte que experimentamos estas semanas.

Este Jueves Santo de 2020 nuestra fe nos confirma que la entrega de la vida da vida. Dios nos ha mostrado su amor en Cristo para que vivamos por medio de Él y como Él, de modo que tengamos vida y la entreguemos para que otros la tengan también (cf. 1Jn 4,9.11). Decían las primeras letras de una canción religiosa de 1980: “Amor es vida, vida es alegría”. Amemos, vivamos alegres y entregados, y muchos tendrán la vida que ahora les falta, vida nueva y abundante que no acaba.

 

GALEGO

Di san Agustín que Xesús quixo deixar ben claro en que consiste aquela plenitude do amor con que debemos amarnos mutuamente, cando dixo: «Ninguén ten máis amor que o que dá a vida polos seus amigos» (Xn 15,13). E o que dicía o Nazareno del, dicíao tamén dos seus primeiros discípulos e de nós, os seus discípulos misioneiros, como apostila a primeira carta de Xoán: «Nisto coñecemos o amor: en que el deu a súa vida por nós. Tamén nós debemos dar a nosa vida polos irmáns» (1 Xn 3,16).

É xusto, pois, que esta tarde do Xoves Santo, cando nos sentamos a comer na mesa do Señor, lembremos que significa e a que nos compromete este banquete. Miremos con atención o que nos pon Xesús diante. El nunca oculta nada. Fixemos a mente e o corazón no que o Mestre nos comparte nesta hora da súa despedida para volver á casa do Pai. Prestemos a atención propia de quen se di e sabe que é discípulo para ser misioneiro, debido a que despois habemos de preparar nós algo semellante en cada paso da nosa vida cristiá. Teñamos ollos e oídos para o lavatorio e para o amor que é e xera vida.

Antes de tomar o corpo e o sangue de quen dá a súa vida por nós para que teñamos vida, asumamos o discipulado misioneiro do lavatorio dos pés. O feito de prescindir do xesto externo que adoitamos realizar nesta celebración pódenos axudar a profundar na seriedade e grandeza dunha maneira de vivir que esixe a comuñón eucarística do amor fraterno.

Achegarse á mesa de Xesús no cenáculo da vida cristiá require humildade crecente. A de comprender a entrega da vida que orixina vida, deixándose lavar os pés polo Mestre, o Señor e, quizá máis aínda, polos irmáns. Comprendemos a reacción de Pedro e acollemos o ensino do Señor. Pero habemos de dar un paso máis de humildade e comprensión do novo mandato do amor: deixar que outros irmáns lávennos os pés, co que iso pode comprometernos. Máis aínda, cando lembramos ao Mestre no lavatorio daquela tarde, habemos de deternos no momento no que mira a Xudas aos ollos e axeónllase aos seus pés. Antes de que o Señor levantásese da mesa e tomase a toalla, o texto do evanxeo de san Xoán que escoitamos di: «Xa o diaño suscitara no corazón de Xudas, fillo de Simón Iscariote, a intención de entregalo» (Xn 13, 2). Xesús lava os pés tamén a quen encarna a traizón e cambia a amizade por inimizade; responde con amor ao odio. Se fai falta aprender con Pedro que debemos deixarnos lavar os pés polo Mestre e por quenes amamos, fan falta doses extraordinarias de amor e humildade para lavar os pés a quen encarna a traizón, a inimizade, o odio, o mal, en definitiva.

O lavatorio fraterno, eucarístico e sacerdotal está fundado no amor que se entrega para dar vida. Non hai amor máis grande para cambiar a vida, para abandonar todo aquilo que non ten que ver con este amor sublime, para aceptar a doazón sacrificial que Cristo fai polos seus amigos e facer cada un de nós o mesmo. Facelo como os mártires —lembra san Agustín— é comprender ata onde podemos chegar nós se comemos deste pan e bebemos deste cáliz. A través deste testemuño, o da entrega de Cristo e dos cristiáns, refulxe unha esperanza de vida nova que permite transcender a traxedia de enfermidade, dor e morte que experimentamos estas semanas.

Este Xoves Santo de 2020 nosa fe confírmanos que a entrega da vida dá vida. Deus mostrounos o seu amor en Cristo para que vivamos por medio del e como El, de modo que teñamos vida e entreguémola para que outros a teñan tamén (cf. 1 Xn 4,9.11). Dicían as primeiras letras dunha canción relixiosa de 1980: “Amor é vida, vida é alegría”. Amemos, vivamos alegres e entregados, e moitos terán a vida que agora lles falta, vida nova e abundante que non acaba.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel