Diario de un obispo en tiempos de coronavirus: capítulo 3

· Autor: Diócesis

Del 20 al 26 de marzo

El obispo Luis Ángel escribe para el portal Religión Digital

"Muchas veces había rezado por quienes morían sin que nadie recordara. Es justo y esperanzador rezar por quienes sufren y no conocemos, como lo hacemos por los cercanos"

El viernes 20 por la mañana hubo reunión entre responsables del ayuntamiento de Ferrol y de entidades sociales, entre las que estuvo presente Cáritas, para coordinar la atención a las personas sin hogar y migrantes en estos tiempos de #QuedateEnTuCasa que afecta a #PersonasSinHogar con una obvia contradicción que hay que deshacer.

Pudieron hacerse cargo también de la preocupación por las personas con enfermedades psiquiátricas y adicciones que viven sin hogar. Apostar por ellos sigue siendo consecuencia de nuestra fe y tarea ineludible de la misión de la Iglesia. Tenemos que urgir a todos para dar respuesta.

Me confirmaron que el centro de día de inclusión social de Cáritas seguirá abierto de 8 a 15h. de lunes a viernes y en un horario más reducido sábados y domingos. Les dije que contaran conmigo para hacer turnos en la atención de este centro si fuera necesario. Me llamarán si es preciso, como a otros laicos, sacerdotes y personas consagradas que se han ofrecido.

Igualmente me compartieron cómo se mantenían abiertas y activas las Cáritas parroquiales, en UPA y arciprestazgos. Habíamos escuchado que la caridad no “cerraba” y estas informaciones lo corroboraron una vez más. Este y otros muchos días fueron llegando noticias de voluntarios laicos, sacerdotes y consagradas que se esforzaban por seguir atendiendo a los necesitados, hasta con teléfono para las urgencias. Como también llamadas telefónicas para la escucha y el acompañamiento en la soledad y el miedo de personas confinadas en sus casas o en residencias clausuradas. Precisamente las últimas noticias que fueron llegando sobre los dramas del contagio en residencias de personas mayores trajeron también el temor y la atención para extremar los cuidados sobre las nuestras.

El sábado 21 fue el día que señalaba la agenda el Encuentro diocesano de la Misericordia, pero ahora con el cartel de suspendido. Lo habíamos programado coincidiendo con las 24 horas para el Señor antes del IV domingo de Cuaresma, como indicó el Papa y habíamos hecho los pasados años. Desde que lo comenzamos a celebrar fue un encuentro muy querido y bien valorado por mucha gente. Quizá la convocatoria que más diocesanos reunió estos años, si exceptuamos las peregrinaciones anuales de la diócesis.

Este sábado el recuerdo de la Virgen María —“la de las tocas moradas”— fue recuerdo de todos los diocesanos, con el deseo de volver a encontrarnos con la prueba superada, como me dijeron algunas personas: ¡Que nos veamos de nuevo en Mondoñedo! Pero fue un día en el que no estuvo suspendida la misericordia, ni las horas continuas para el Señor, a quien algunos pudieron adorar presentes ante el Santísimo y todos, ciertamente, arrodillados de corazón. No hay oración más desprendida que la oración de adoración.

El mismo sábado hubiéramos tenido también la oración con los jóvenes. La Iglesia que se abre a ellos y ora a su ritmo juvenil, con sus sentimientos, su creatividad, su música, su deseo de trabar amistad con Jesús poniendo en práctica lo que en alguna catequesis escucharon. Igualmente, la agenda tiene la etiqueta suspendido. Recordé a estos rapaces e mais rapazas que se acercan todos los meses acompañados por algunos de sus padres, catequistas y sacerdotes para rezar con otros, con la Iglesia, con el obispo, más allá de sus amigos, de sus grupos, de sus parroquias, pero todos presentes en ese encuentro mensual de jóvenes orantes.

A mediodía llegó la comunicación de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal sobre la Misa crismal a raíz del Decreto “En tiempo de Covid-19” de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos de fecha 19 de marzo. En Mondoñedo-Ferrol, sumándonos a la propuesta del presidente de la CEE, cardenal Omella, y con la intención de cooperar a la clarificación de que la Semana Santa no se traslada de días, decidimos celebrar la Misa crismal en la fecha en la que se celebra anualmente en esta Iglesia particular, es decir, el Martes Santo. Como no concelebrarán todos los sacerdotes, omitiremos la renovación de las promesas sacerdotales, que pronunciaremos en una Eucaristía con el presbiterio diocesano y la asistencia de otros miembros del pueblo de Dios.

Con estas nuevas, e interesándome por el bienestar de los sacerdotes, el sábado por la tarde escribí a todos indicando, además, cómo habría que proceder en la Semana Santa sin presencia de fieles en las celebraciones.

Esa tarde tuve noticia de que dos hermanos obispos estaban ingresados contagiados por el coronavirus. Les envié mi abrazo desde la oración con los mejores deseos de mejoría. Pensé en la cercanía de los pastores que acompañan a los hermanos en todas las circunstancias de la vida, compartiendo sus sufrimientos y alegrías, sus temores y esperanzas. Una vez más recé: “Pasce me, Domine. Pasce mecum” [Apaciéntame, Señor; apacienta Tú conmigo].

El domingo 22 recibimos otra carta del presidente de la CEE, el cardenal arzobispo de Barcelona. Días de comunicación atenta y fluida desde un Añastro virtual en lugares bien distantes que acercan y hacen visible la comunión. El contenido de la carta anunció un evento de fe y gracia, de Iglesia que reza y se edifica unida sin fronteras. Un rosario desde Fátima y una consagración en fe y esperanza al Señor y a su Madre, cada vez más madre de los creyentes, invocada como Consuelo de los afligidos y Salud de los enfermos. En algunas personas el anuncio suscitó un entusiasmo que vino a romper la rutina del confinamiento.

El papa Francisco en la Misa desde Casa Santa Marta nos invitó a orar por quienes mueren solos sin poder despedirse de sus seres queridos y por estos que sufren esta despedida sin poder elaborar bien el duelo. Plegaria justa y necesaria.

Pero no fue la única novedad papal del día. A las tres de la tarde, cuando muchos estábamos en esos momentos de parálisis que dejan las noticias sobre la extensión de la pandemia, llegó un anuncio del Papa. Una invitación a orar la oración que Jesús nos enseñó a la medida de la grave situación que padecemos. Un padrenuestro para responder a la pandemia. Aparentemente una respuesta pequeña e insignificante. A muchos les pudo parecer muy poca cosa, cuando, en realidad, es una gran respuesta. Una breve oración recitada por una multitud incalculable a lo largo y ancho de todo el mundo. Un padrenuestro universal urgido por una compasión y una ternura también universales que nos hace vibrar a una sola voz que clama al cielo. #OremosJuntos se convierte en la respuesta proporcionada a una enorme desgracia. El Padre nos ha mostrado en Jesús la inabarcable grandeza de la pequeñez. El papa Francisco nos lo va recordando de cuando en cuando. El domingo 22 comenzamos a caldear el corazón en el fuego del amor y de la fe para hacer brotar esperanza en medio del sufrimiento con un padrenuestro el próximo miércoles, fiesta de la Encarnación del Hijo de Dios, a mediodía.

El lunes 23 leí que un campanero decía que el toque de campanas en Galicia recordaba a las personas mayores que no estaban solas. Espero que así sea en Galicia y en todas partes. Que sepan que no están solas. Hay mucha gente pendiente de ellas y prestándoles la ayuda que necesitan. Por supuesto, están en el corazón de la Iglesia, ya vivan en una residencia, en su casa, en su convento o en su rectoral.

A media mañana el servicio diocesano de comunicación de Mondoñedo-Ferrol lanzó uno de los breves videos de su campaña #CompartiendoEsperanza. Fue el de este obispo, desde la terraza de la Domus Ecclesiae de Ferrol. Unas vistas incomparables para compartirlas, igual que quise compartir el consuelo y el ánimo que viene de Dios (Cf. 2 Cor 1, 3-4). Todo lo que hagamos será bien poco; al mismo tiempo podrá servir de mucho.

El martes 24 recibí un mensaje cuyo asunto tituló el remitente con estas dos palabras: “malas noticias”. Palabras que decían verdad y adiviné lo que decían. Hasta ese momento había rezado por quienes fallecían a causa del coronavirus y sus familiares. Todos sin nombre, salvo el de algunos famosos, pero nadie próximo. El martes 24 comencé a rezar poniendo rostros conocidos a la muerte y al llanto. Dos personas y dos familias, en dos lugares distantes, en un día en el que el número de fallecidos llegó a ser el más elevado en España. El martes 24 identifiqué el semblante de la partida inesperada, cruel y rápida, de este mundo. Tenía nombre y apellidos el dolor de unos hijos desconsolados. Pero también puse rostro a la fe en la Resurrección y la vida. Aunque hayan muerto vivirán y porque creyeron en Él, tendrán vida eterna y Él los resucitará. El martes 24 acogí igualmente la tristeza de quien había perdido a alguien de los suyos y recibió la noticia sin poder hacer duelo ni despedida. El martes 24 fue, como otros días, viernes santo y domingo de resurrección en un salto de fe y esperanza envueltos en la ternura del amor triste y desolado de seres queridos desde aquí hasta la vida eterna. Muchas veces había rezado por quienes morían sin que nadie recordara. Es justo y esperanzador rezar por quienes sufren y no conocemos, como lo hacemos por los cercanos.

Miércoles 25, solemnidad de la Anunciación del Señor. Llegada la plenitud de los tiempos, el Unigénito de Dios, por obra del Espíritu Santo se encarnó en María, la Virgen, y se hizo hombre. Él conoció este sufrimiento hasta las últimas consecuencias. Su Cruz brilla hoy en medio de este mundo de cruces inesperadas. Gracias a Él podemos continuar el camino sin que nos detenga ningún padecimiento humano. Tampoco ahora, por más que temblemos.

El día se presentó con las dos citas de oración anunciadas el sábado y domingo pasados. A las doce del mediodía “padrenuestro universal”. No pensé antes si íbamos a ser muchos secundando esta sencilla invitación del Papa. Pero ese mediodía sí sentí que éramos muchos y que rezábamos con fe. La que profesamos en Jesucristo, Hijo encarnado del Dios amigo de la vida, que asume el dolor del mundo y nos convoca a luchar por la vida. Siempre dispuestos a sembrar más esperanza, paz y alegría. Con esta mirada de vida, a las siete y media de la tarde nos unimos a la plegaria confiada por intercesión de la Virgen Dolorosa, Salud de los enfermos, Nuestra Señora de Fátima. El 25 nos unimos en un ferviente #OremosJuntos mañana y tarde. Nos mantuvimos firmes en la oración. Al final del día llegó la noticia del ingreso hospitalario de otro hermano obispo, aunque no se confirmó que estuviese contagiado por el coronavirus. Nuevamente oración con los mejores deseos de recuperación. Para él y para todos los enfermos.

Jueves 26 de marzo. Llegó la noticia de un sacerdote y un religioso fallecidos a causa del coronavirus. Quizá hubo más sacerdotes y religiosos que murieron por esta causa, aunque sin engrosar la lista de víctimas de la pandemia en España. Son muchos los sacerdotes y las personas consagradas en situación de riesgo, sobre todo por edad. Esta preocupación me acompañó desde el comienzo de esta crisis, tanto por Mondoñedo-Ferrol, como por todos y con particular preocupación por la Vida Consagrada de España. Fue el mismo sentir del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. Haremos llegar la inquietud y el ánimo de la oración esperanzada, fruto de la caridad en la comunión, a los Vicarios y Delegados/as episcopales para la Vida Consagrada en las diócesis españolas, así como a los Asistentes de las federaciones monásticas, uno de los cuales es el religioso fallecido.

Llegarán otros desasosiegos. Habrá que redoblar los esfuerzos para sembrar alegría, paz y esperanza. Mañana, 27 de marzo, rezaremos con el papa Francisco a las seis de la tarde, pero también antes y después. Oración universal. Esperanza universal. La fuerza que viene de lo alto requiere por nuestra parte, en este tiempo fuerte, más atención y acogida. Esto es abrir las puertas a Cristo en esta reclusión involuntaria. Por Él, con Él y en Él, no olvidaremos los puentes que habíamos construido.

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel