Diario de un obispo en tiempos de coronavirus: capítulo 2

· Autor: Roberto Marín

Del 16 al 19 de marzo

Mons. Luis Ángel escribe para el portal Religión Digital

"Por la tarde del 19 conseguí escuchar la voz de mi padre, que sabía que yo estaba al otro lado del teléfono, aunque no podía oírme"

El lunes comenzó la jornada a maquinar sus prisas, pero disminuyó la tensión del anterior fin de semana. Celebración de la Eucaristía, como cada día, con el rezo de laudes o de vísperas, según el momento, pero con la intención principal de este “tiempo fuerte”. Un recuerdo afectuoso del papa Francisco en Santa Marta, con muy poca gente ahora. No estamos solos. Hay un pueblo santo de Dios presente “en espíritu y en verdad” en la celebración eucarística.

El 16 de marzo se cumplieron cuatro años de mi nombramiento como obispo de Mondoñedo-Ferrol. Algunas personas me lo recordaron. Un extraordinario motivo de acción de gracias a Dios que siempre cuida de su pueblo. Somos muy afortunados por la fe que hemos recibido y la Iglesia que nos congrega y acompaña. Este indigno siervo de Dios solo puede estar admirado y agradecido porque ha recibido más bendiciones de las que ha dado en Mondoñedo-Ferrol. Esta crisis me está enseñando aspectos esenciales de mi misión que pasan por el cuidado y la cercanía a todos con el respeto, la disponibilidad y la entrega total que muestra el Maestro, el Señor, en el gesto del lavatorio en el cenáculo. Quiero subir al cenáculo. Mi gratitud también al papa Francisco, con mi oración por él y por la Iglesia universal.

El lunes quedó organizado el personal que trabaja en el obispado. Lo hablamos el vicario general y moderador de curia, el ecónomo diocesano y el obispo. Todo encauzado. Los que puedan, trabajarán desde sus casas. Aquí, una pequeña guardia a puerta cerrada. Así dimos fe de la situación:

El martes 17 llegó la noticia de la cancelación de la 49ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada que se iba a celebrar en Madrid entre el 16 y el 18 de abril próximos. Iba a tener allí una ponencia y, además, un saludo como nuevo presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. Me pareció como si su cancelación hiciera celebrar la Semana por adelantado. Con un lema siempre antiguo y siempre nuevo: “Consagrados para la vida del mundo”. Yo tenía encomendado hablar sobre “La vida consagrada al paso del Pueblo de Dios”. Qué hermosos son los pies de quienes experimentan y hacen avanzar la vida consagrada [en salida] al paso del Pueblo de Dios [en salida]. Las personas consagradas, “expertas” en quedarse en casa, desde sus comunidades se abren, salen y llevan dentro de su vida fraterna en comunidad la vida del mundo, la pandemia del «coronavirus» en la aldea global.

Por los mismos motivos se me comunicó el aplazamiento de la ordenación presbiteral de un misionero claretiano que iba a presidir en Madrid. Fue motivo para rezar por este diácono y por quienes reciben y responden a la llamada al sacerdocio ministerial. Hacen falta muchos corazones sacerdotales que no tengan miedo de estropearse o ensuciarse las manos en el lavatorio de los pies de los hermanos, como el Maestro, el Señor ha hecho con nosotros y nos ha invitado a hacer con otros.

El 18 celebramos reunión de consejo diocesano de gobierno por videoconferencia. Alguna vez habíamos pensado en esta posibilidad, pero no lo habíamos hecho antes y las circunstancias nos impulsaron a dar un paso adelante. Pudimos valorar la situación y hablar del futuro. Así, entre otras cosas, nos preguntamos si sería posible trasladar la misa crismal a una fecha posterior, cuando terminara esta situación de aislamiento y el peligro de contagio. Como también comentamos la importancia de celebrar la Semana Laudato Si’, con ocasión del quinto aniversario de la encíclica, que el papa Francisco ha invitado a celebrar del 16 al 24 de mayo. La experiencia fue satisfactoria. Lo volveremos a hacer en este período de confinamiento, pero incluso puede servirnos más adelante.

La Conferencia Episcopal Española nos invitó esta semana a unirnos en el rezo del Ángelus a toque de campana. En algunas parroquias ya sonaban antes las campanas a las 12 del mediodía con los medios técnicos que permiten toques programados. Buscamos signos de unidad y momentos para orar juntos desde casa, y para dar gracias por tantas personas al servicio de los demás y pedir por ellas. Esta cita de oración terminará cada día con la oración del papa Francisco a la “Madre del Divino Amor en este momento de prueba”. En Mondoñedo-Ferrol decidimos sumarnos a la iniciativa el día de san José, para indicar así la relevancia de su fiesta, el día del padre y el día del seminario, aunque llegó la noticia de que la campaña se trasladaba al 3 de mayo, domingo del Buen Pastor.

El miércoles 18 me coordiné con los miembros del servicio diocesano de comunicación. Ellos ya estaban trabajando desde casa. Ya lo habían hecho así todo el fin de semana, como otras muchas veces, a pie de ordenador y smartphone. Fieles a su tarea y con sensibilidad vocacional de comunicadores de buenas nuevas. A veces pienso que comunicamos demasiado. En lo que a mí respecta, les digo que el obispo puede estar menos presente en los medios, pues hay otras muchas noticias importantes y muy buenas de la diócesis y de la Iglesia. En esta ocasión promovieron, el mismo miércoles, la campaña #ComunicandoEsperanza. Cuentan con todo nuestro apoyo y nuestra felicitación.

Es muy importante comunicar esperanza en estos momentos. Me alegra que podamos hacerlo y espero que los colaboradores de la campaña se ajusten al guión y comuniquen esperanza y no otras cosas. Al mismo tiempo, hemos de considerar que este “tiempo fuerte” va a ser duradero y hay que prepararse para ello. Si es preciso, habrá que renovar e incentivar la campaña, ser prudentes en las publicaciones y, desde luego, liberar los envíos de excesos y reiteraciones.

El miércoles tuve presente, de manera especial a la vida contemplativa, con motivo de la  preparación de los materiales para la próxima Jornada Pro Orantibus. Este año el lema será “Con María en el corazón de la Iglesia”. Está prevista la Jornada para el 7 de junio, solemnidad de la Santísima Trinidad. No hace falta esperar a esa fecha para dedicar un sonoro aplauso de corazón a las personas consagradas contemplativas que oran continuamente por nosotros y que han intensificado su oración en estos momentos. Os necesitamos y sabemos que estáis, con María, salud de los enfermos, en el corazón de la Iglesia para que el mundo tenga vida.

El jueves 19, día de san José, apareció lleno de felicitaciones, de llamadas, de inquietudes. Mucha preocupación por los más vulnerables, bien en residencias de ancianos, bien en hogares para personas con discapacidad. Las noticias de contagios y muertes de otros lugares hacían temblar. Todas las cautelas serán siempre pocas y se tomarán, aunque haya escasez de material sanitario, porque hay mucha imaginación, creatividad y, por supuesto, seria responsabilidad junto a la imprescindible esperanza.

Este jueves 19 pude percibir miedo, incertidumbre, cansancio inicial, pero, especialmente un extraordinario y precioso denominador común en voluntarios laicos, consagrados y sacerdotes: toman precauciones para no contagiar a nadie, pero no tienen ningún miedo de contagiarse. Es lo que se desprende del encuentro con el Jesús del Evangelio. Sencilla y directamente.

A lo largo de estos días descubrimos que hay que tomar conciencia de una carrera de fondo. Debemos prepararnos para un largo período de confinamiento. La efervescencia del comienzo ha de moderarse para caminar serena, confiada y solidariamente hasta que sea necesario.

Esta festividad de san José fue muy diferente a todas las anteriores. Un san José sin Cremá de fallas en Valencia, con la campaña del día del seminario trasladada, sin poder visitar a los padres confinados como los hijos, pero no con ellos. Lo que, desde luego no impidió rezar por los valencianos, por los seminaristas, por los padres y por las personas que celebraron su onomástica ese día. El poder de la oración siempre es mayor de lo que creemos normalmente. El cariño que encierra una oración es muy grande en este “tiempo fuerte” que nos ha llegado.

Por la tarde del 19 conseguí escuchar la voz de mi padre, que sabía que yo estaba al otro lado del teléfono, aunque no podía oírme. Me dijo que se imaginaba que seguía con todos mis “planes”, que rezaba por mí, que él estaba bien y, por último, que había leído en el periódico que “lo peor estaba por llegar” y le preocupaba cómo sería “eso”. Cerré el día de san José con la inquietud que me había trasladado mi padre, pero con la sonrisa esperanzada surgida de la certeza del inmenso cariño de Dios por la humanidad, infinitamente mayor que el de un padre por sus hijos. ¡Qué deprisa pasó esta semana, aunque algunos días se hicieran largos!

Mons. Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF

Segovia (1963) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol - Misionero claretiano

@cmfluisangel