diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                                                                     en busca del adviento perdido           

                                                                     

 
 
 
   

 

 

Nos han robado el Adviento. En nuestra sociedad se adelanta cada vez más la Navidad. Y se pretende suprimir los signos religiosos para convertirla en días de vacaciones de invierno y de consumismo desenfrenado.

Los cristianos hemos de vivir con intensidad  uno de los misterios centrales de nuestra fe: la venida del Señor en la humildad de nuestra carne. Y porque necesitamos prepararnos, no podemos suprimir el Adviento.

No se trata de quedarnos en un recuerdo puramente sentimental. La Iglesia nos advierte, en el primer domingo de Adviento, que la venida del Señor no es ninguna broma. El Señor vendrá.  Y no en la humildad de nuestra carne, sino en la majestad de su gloria. Pondrá las cosas en su sitio. Y, sobre todo, recogerá a los elegidos para llevarlos junto a El: “donde yo estoy, allí estará también mi servidor”.El Adviento es espera y es certidumbre. Es espera del Dios vivo que vendrá desde la certidumbre de que ya ha venido realmente a nuestra vida. Es una llamada para que le abramos nuestras puertas. Este es el sentido del Adviento: acoger la presencia del Dios vivo, terrible y purificador. “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!”, grita el profeta Isaías. Necesitamos que derrita los montes de nuestro egoísmo, de nuestra superficialidad y de nuestra injusticia. Cuando venga el Señor Jesucristo, anuncia San Pablo, “iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón, y cada uno recibirá la alabanza de Dios”.

El Adviento es tiempo de alegría y esperanza: “Aguardamos del cielo un Salvador: el Señor Jesucristo. El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo” (Fil. 3,20b-21). En el Adviento escuchamos una invitación insistente a la alegría. “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos”. Frente a tantas invitaciones y tantos motivos para la tristeza y el pesimismo, bueno es que acojamos esta llamada al gozo verdadero. Pero la motivación de nuestra alegría es la presencia y la cercanía del Señor. “Alegraos porque el Señor está cerca”. Nuestra misión es ser testigos de la cercanía de Dios en Cristo Jesús. ¿Quién puede presumir de tener un Dios tan cercano como nuestro Dios? En Jesús, el mismo Dios se ha rebajado, se ha humillado, se ha anonadado... hasta el pesebre y hasta la muerte. Pero por amor y para ensalzarnos a nosotros.

Juan el Bautista y María son los grandes protagonistas del Adviento. Juan nos invita con fuerza a cambiar el corazón. Quien quiera acoger al Señor ha de vaciarse de sus propios pensamientos, proyectos y sentimientos para acoger los que le trae el Hijo de Dios. Día tras día nos topamos con el mundo de lo visible. Penetra en nosotros violentamente a través de la publicidad, la radio, la televisión que estamos tentados de creer que sólo existe él. Sin embargo, lo invisible es, con mucho, de más valor que todo lo visible. “Lo esencial es invisible a los ojos”. Afinemos el oído y agudicemos nuestra vista para percibir la presencia del Invisible en nuestra vida de cada día. María, por su parte, nos invita a la meditación de la Palabra, a la acogida incondicional y comprometida. La Virgen nos recuerda que Dios escoge a los pequeños para hacer en ellos maravillas.

  

   
   
   
 

 

   
 

20 de diciembre de 2006

   
   
   
   
 
 

                       (c) diócesis de mondoñedo-ferrol                             www.mondonedoferrol.org                                      2007                                   mcs@mondonedoferrol.org