Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

      Apertura del Año Sacerdotal 2009

      19.06.2008

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Os saludo con afecto a todos vosotros, queridos hermanos y, de un modo especial a vosotros, queridos sacerdotes.

 

 

 

1. El Corazón de Jesús revelación del amor de Dios

 

El corazón no es solamente un órgano que condiciona la vitalidad biológica del hombre. El corazón es un símbolo, el símbolo del amor. El corazón es el centro de la persona, representa lo profundo que hay en ella. Habla del hombre interior. Habla de la parte espiritual del hombre. En el corazón está enraizada la conducta religiosa: "Lo que sale del corazón es lo que mancha de verdad".

 

Todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del amor de Dios en el Corazón de Jesús crucificado y resucitado. «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» Estas palabras de San Juan le sirven al Papa Benedicto XVI para subrayar que en el origen de la vida cristiana está el encuentro con una Persona (Cf. n. 1), Jesucristo, que nos ha manifestado que Dios es amor. Con sus palabras y con sus comportamientos, Jesús nos ha revelado la hondura y la ternura del amor de Dios. Nos ha dicho que se parece, superándolos infinitamente, a los amores más hermosos de la tierra: al amor del padre y de la madre, al amor de los amigos. Acercándose a los pequeños y a los pecadores, Cristo nos ha manifestado que el amor de Dios no excluye a nadie y que es perdón para todos. El amor que Dios nos tiene supera todas las medidas humanas, es excesivo. “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo, hasta la locura”. Y el amor de Dios es, sobre todo, fiel. Jesús es el amigo que nunca falla. Es más, el amor de Dios ha encontrado su expresión más profunda en la entrega que Cristo hizo de su vida por nosotros en la Cruz. En ella podemos reconocer de manera cada vez más clara el amor sin límites de Dios por nosotros: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16).

 

 

 

2. Acoger y testimoniar el amor de Dios

 

Nuestra tarea como cristianos no es otra que conocer y experimentar el amor de Dios dirigiendo la mirada al Corazón de Jesucristo. Obviamente, experiencia y conocimiento no pueden separarse. La fe es fruto de la experiencia del amor de Dios. Es una gracia, es un don de Dios. Por medio de ella nos abrimos al amor de Dios de manera que nuestra vida quede cada vez más modelada por él. Dios, que ha derramado su amor «en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Cf. Romanos 5, 5), nos invita incansablemente a acoger su amor.

Quien experimenta el amor de Dios interiormente siente como una «llamada» a la que tiene que responder. La mirada dirigida al Señor, que «tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mateo 8, 17), nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a la necesidad de los demás al mismo tiempo que nos tutela ante el riesgo de replegarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás. «En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Juan 3, 16).

 

 

 

3. Apertura del Año Jubilar Sacerdotal

 

“¡El sacerdote es el amor del Corazón de Jesús!”. “Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”. Son expresiones de San Juan María Vianney, cuyo 150 aniversario de su tránsito al cielo vamos a celebrar el día 4 de agosto. Con ese motivo, nuestro querido Papa Benedicto XVI ha promulgado un “Año Sacerdotal” desde el 19 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada Mundial de Oración por la santificación de los Sacerdotes, hasta esa misma fecha del próximo 2010.

 

Este amor de Dios, manifestado en Jesucristo, ha llegado a nosotros de manos de los sacerdotes de la Iglesia, que los engendró a la fe y los llamó al ministerio después de un largo, sereno y responsable discernimiento. El mismo amor de Dios se nos sigue manifestando cotidianamente, a través de la comunión presbiteral y del servicio al pueblo santo de Dios que es la razón de ser de nuestro ministerio.

 

En efecto, queridos hermanos, el sacerdocio es Misterio de Amor recibido y entregado, actualizado cada día en la celebración eucarística y en el don generoso de la propia vida. Es hermoso vivirlo con radicalidad, como todo amor verdadero. Por eso la Iglesia ha visto desde sus inicios una múltiple armonía entre sacerdocio y celibato y llama al ministerio presbiteral a quienes han recibido y aceptado libremente vivir este fecundo carisma de entrega total. Asumidos por Cristo Cabeza y Esposo, los sacerdotes estamos llamados a ser signos fecundos del amor de Cristo a su Iglesia, pastores y padres de la comunidad. Esta verdad sólo se puede comprender y vivir a la luz de la fe, animada por el fervor de la caridad, en la espera gozosa de la plenitud del cielo.

 

El Santo Padre nos invita a meditar sobre la fidelidad de Cristo y la fidelidad del sacerdote. Agradezcamos al Espíritu Santo la fidelidad de los sacerdotes al ministerio recibido, que durante el Año Sacerdotal que comenzamos se animen a renovar la alegría de su fe, la firmeza de su esperanza y el gozo del ministerio recibido. No son pocas las dificultades y exigencias del tiempo que vivimos. Somos conscientes de que la mies es mucha y los trabajadores pocos. Sufrimos el sentimiento de impotencia ante tantas situaciones que nos desbordan. La profunda crisis que estamos viviendo, potencia los cuestionamientos morales. Nos duelen y lastiman las incoherencias en las que tantas veces incurrimos.

 

Sin embargo, hoy, unidos al pueblo cristiano, damos gracias a Dios por el don inmenso del sacerdocio ministerial que hemos recibido de Jesucristo.  Es verdaderamente hermosa la misión de anunciar el Evangelio tratando de responder a los desafíos de nuestro tiempo. Como padre, hermano y amigo vuestro, mis queridos sacerdotes, deseo que sintáis la cercanía de vuestro Pastor; reconozco y admiro la entrega fiel y generosa de la inmensa mayoría de nuestros sacerdotes. Todos hemos de hacernos especialmente cercanos a quienes atraviesan momentos de tribulación o viven su ministerio en situaciones más duras como pueden ser la soledad, la enfermedad, la pérdida de sentido de la acción pastoral, la incomprensión y el desaliento.

 

Como San Pablo decimos: Cristo "me amó y se entregó por mí" (Gal 2,20). Y como "el amor de Cristo nos apremia" (2 Cor 5,14), sentimos la urgente necesidad de anunciar a otros la Buena Nueva hasta exclamar con el Apóstol: "Ay de mí si no predicara el Evangelio" (1 Cor 9,16)

 

Como todo amor humano, el amor del sacerdote también es vulnerable, -"llevamos este tesoro en recipientes de barro" (2 Cor 4,7), nos recuerda S. Pablo- por eso necesitamos también acoger la invitación que él hacía a su discípulo Timoteo: "te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos" (2 Tim, 1,6). La lectura orante y la predicación de la Palabra de Dios; la celebración gozosa de la Eucaristía y de toda la liturgia; el servicio fiel, paciente y generoso a los fieles, sobre todo a los pobres y los enfermos, son el camino indispensable para ir forjando cada día más en nosotros los sentimientos y la imagen de Cristo, Buen Pastor.

 

Vivamos todos con intensidad este “Año Sacerdotal”. Que sea un año de oración de los Sacerdotes, con los Sacerdotes y por los Sacerdotes. Somos importantes y necesarios, no sólo por lo que hacemos, sino por lo que somos: “Cuando veáis al sacerdote, decía San Juan María Vianney-, pensad en Nuestro Señor Jesucristo”.

 

Que la Virgen María, Madre de la Iglesia y de los Sacerdotes, sea nuestra intercesora ante el Dueño de la mies, para que Él nos conceda sacerdotes santos según el Corazón de Cristo.

 

                          

 


 


                                                 

   
   
   
 
 

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