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Os saludo con afecto a todos vosotros, queridos hermanos y, de un modo
especial a vosotros, queridos sacerdotes.
1. El Corazón de Jesús revelación del
amor de Dios
El corazón no es
solamente un órgano que condiciona la vitalidad biológica del hombre. El
corazón es un símbolo, el símbolo del amor. El corazón es el centro
de la persona, representa lo profundo que hay en ella. Habla del
hombre interior. Habla de la parte espiritual del hombre. En el corazón
está enraizada la conducta religiosa: "Lo que sale del corazón es lo que
mancha de verdad".
Todas las
generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio
del amor de Dios en el Corazón de Jesús crucificado y resucitado.
«Nosotros hemos
conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» Estas palabras
de San Juan le sirven al Papa Benedicto XVI para subrayar que en el
origen de la vida cristiana está el encuentro con una Persona (Cf. n.
1), Jesucristo, que nos ha manifestado que Dios es amor. Con sus
palabras y con sus comportamientos, Jesús nos ha revelado la hondura y
la ternura del amor de Dios. Nos ha dicho que se parece, superándolos
infinitamente, a los amores más hermosos de la tierra: al amor del padre
y de la madre, al amor de los amigos. Acercándose a los pequeños y a los
pecadores, Cristo nos ha manifestado que el amor de Dios no excluye a
nadie y que es perdón para todos. El amor que Dios nos tiene supera
todas las medidas humanas, es excesivo. “Habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo, hasta la locura”. Y el
amor de Dios es, sobre todo, fiel. Jesús es el amigo que nunca falla. Es
más, el amor de Dios ha encontrado su expresión más profunda en la
entrega que Cristo hizo de su vida por nosotros en la Cruz. En ella
podemos reconocer de manera cada vez más clara el amor sin límites de
Dios por nosotros: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único,
para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna»
(Juan 3, 16).
2. Acoger y
testimoniar el amor de Dios
Nuestra tarea como cristianos no es otra que conocer y experimentar el
amor de Dios dirigiendo la mirada al Corazón de Jesucristo. Obviamente,
experiencia y conocimiento no pueden separarse. La fe es fruto de la
experiencia del amor de Dios. Es una gracia, es un don de Dios. Por
medio de ella nos abrimos al amor de Dios de manera que nuestra vida
quede cada vez más modelada por él. Dios, que ha derramado su amor «en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Cf.
Romanos 5, 5), nos invita incansablemente a acoger su amor.
Quien experimenta el amor de Dios interiormente siente como una
«llamada» a la que tiene que responder. La mirada dirigida al Señor, que
«tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mateo 8,
17), nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a la necesidad de
los demás al mismo tiempo que nos tutela ante el riesgo de replegarnos
en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás.
«En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por
nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Juan
3, 16).
3. Apertura del Año Jubilar
Sacerdotal
“¡El
sacerdote es el amor del Corazón de Jesús!”. “Un buen pastor, un pastor
según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede
conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la
misericordia divina”. Son expresiones de San Juan María Vianney, cuyo
150 aniversario de su tránsito al cielo vamos a celebrar el día 4 de
agosto. Con ese motivo, nuestro querido Papa Benedicto XVI ha promulgado
un “Año
Sacerdotal” desde el
19 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada Mundial de
Oración por la santificación de los Sacerdotes, hasta esa misma fecha
del próximo 2010.
Este
amor de Dios, manifestado en Jesucristo, ha llegado a nosotros de manos
de los sacerdotes de la Iglesia, que los engendró a la fe y los llamó al
ministerio después de un largo, sereno y responsable discernimiento. El
mismo amor de Dios se nos sigue manifestando cotidianamente, a través de
la comunión presbiteral y del servicio al pueblo santo de Dios que es la
razón de ser de nuestro ministerio.
En
efecto, queridos hermanos, el sacerdocio es Misterio de Amor recibido y
entregado, actualizado cada día en la celebración eucarística y en el
don generoso de la propia vida. Es hermoso vivirlo con radicalidad, como
todo amor verdadero. Por eso la Iglesia ha visto desde sus inicios una
múltiple armonía entre sacerdocio y celibato y llama al ministerio
presbiteral a quienes han recibido y aceptado libremente vivir este
fecundo carisma de entrega total. Asumidos por Cristo Cabeza y Esposo,
los sacerdotes estamos llamados a ser signos fecundos del amor de Cristo
a su Iglesia, pastores y padres de la comunidad. Esta verdad sólo se
puede comprender y vivir a la luz de la fe, animada por el fervor de la
caridad, en la espera gozosa de la plenitud del cielo.
El Santo
Padre nos invita a meditar sobre la fidelidad de Cristo y la fidelidad
del sacerdote. Agradezcamos al Espíritu Santo la fidelidad de los
sacerdotes al ministerio recibido, que durante el Año Sacerdotal que
comenzamos se animen a renovar la alegría de su fe, la firmeza de su
esperanza y el gozo del ministerio recibido. No son pocas las
dificultades y exigencias del tiempo que vivimos. Somos conscientes de
que la mies es mucha y los trabajadores pocos. Sufrimos el sentimiento
de impotencia ante tantas situaciones que nos desbordan. La profunda
crisis que estamos viviendo, potencia los cuestionamientos morales. Nos
duelen y lastiman las incoherencias en las que tantas veces incurrimos.
Sin
embargo, hoy, unidos al pueblo cristiano, damos gracias a Dios por el
don inmenso del sacerdocio ministerial que hemos recibido de
Jesucristo. Es verdaderamente hermosa la misión de anunciar el
Evangelio tratando de responder a los desafíos de nuestro tiempo. Como
padre, hermano y amigo vuestro, mis queridos sacerdotes, deseo que
sintáis la cercanía de vuestro Pastor; reconozco y admiro la entrega
fiel y generosa de la inmensa mayoría de nuestros sacerdotes. Todos
hemos de hacernos especialmente cercanos a quienes atraviesan momentos
de tribulación o viven su ministerio en situaciones más duras como
pueden ser la soledad, la enfermedad, la pérdida de sentido de la acción
pastoral, la incomprensión y el desaliento.
Como San
Pablo decimos: Cristo "me amó y se entregó por mí" (Gal 2,20). Y
como "el amor de Cristo nos apremia" (2 Cor 5,14), sentimos la
urgente necesidad de anunciar a otros la Buena Nueva hasta exclamar con
el Apóstol: "Ay de mí si no predicara el Evangelio" (1 Cor 9,16)
Como
todo amor humano, el amor del sacerdote también es vulnerable, -"llevamos
este tesoro en recipientes de barro" (2 Cor 4,7), nos recuerda S.
Pablo- por eso necesitamos también acoger la invitación que él hacía a
su discípulo Timoteo: "te recomiendo que reavives el don de Dios que
has recibido por la imposición de mis manos" (2 Tim, 1,6). La
lectura orante y la predicación de la Palabra de Dios; la celebración
gozosa de la Eucaristía y de toda la liturgia; el servicio fiel,
paciente y generoso a los fieles, sobre todo a los pobres y los
enfermos, son el camino indispensable para ir forjando cada día más en
nosotros los sentimientos y la imagen de Cristo, Buen Pastor.
Vivamos
todos con intensidad este “Año Sacerdotal”. Que sea un año de oración de
los Sacerdotes, con los Sacerdotes y por los Sacerdotes. Somos
importantes y necesarios, no sólo por lo que hacemos, sino por lo que
somos: “Cuando veáis al sacerdote, decía San Juan María Vianney-, pensad
en Nuestro Señor Jesucristo”.
Que la
Virgen María, Madre de la Iglesia y de los Sacerdotes, sea nuestra
intercesora ante el Dueño de la mies, para que Él nos conceda sacerdotes
santos según el Corazón de Cristo.
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