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                                                 Benedicto XVI, ochenta años de vida y dos de Ministerio Papal           

                                                                     

 
 
 
   

 

 

El Papa Benedicto XVI cumple 80 años. Y el próximo día 19 de abril celebrará el segundo aniversario de su elección para Sucesor de Pedro.

Benedicto XVI es un hombre de firmes convicciones y certezas, pero sin dogmatismos. Se ha mostrado piadoso y sencillo, bondadoso y afable. Le caracteriza sin duda alguna el don de la palabra: hermosa y atinada, respetuosa y, al mismo tiempo, autorizada; sus discursos meditados y sobrios. En sus homilías desgrana las verdades cristianas con sencillez y con delicadeza.

El pontificado en manera alguna le ha cambiado esa actitud humilde que parece le fuera congénita. Con finura de oído -como buen músico que es- distingue perfectamente los ruidos de la música. Con insistencia proclama que Cristo ocupa el centro del cristianismo y con frecuencia se refiere a la belleza de la fe cristiana: “Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él”. ”Esta voluntad [de Dios] no es un peso exterior, que nos oprime y nos priva de la libertad. Conocer lo que Dios quiere, conocer cuál es el camino de la vida… es también nuestra alegría”.

Poco a poco va llevando a cabo las prioridades de su solicitud pastoral: la unidad del Colegio apostólico; la puesta en práctica del Concilio Vaticano II; la unidad de los cristianos; el diálogo abierto y sincero con otras religiones e incluso con las personas que buscan respuestas a las preguntas más hondas de la existencia; el compromiso por la paz y por un auténtico desarrollo social respetuoso de la dignidad de cada persona.

Aunque no es un Papa tan viajero como su antecesor, a Benedicto XVI también se le puede conocer a través de sus viajes. En 2005  sólo realizó un viaje internacional: participó en Colonia (Alemania) en la Jornada Mundial de la Juventud convocada por Juan Pablo II. Los cuatro viajes internacionales del 2006 lo llevaron a Polonia, a Valencia (España) con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias; a Baviera, su tierra natal, y a Turquía al finalizar el año. En el viaje a Verona, con motivo del IV Encuentro Eclesial Italiano, aprovechó la ocasión para manifestar los temas de su prioritaria solicitud pastoral. 

Polonia sorprendió a Benedicto XVI con la alegría de la fe. Le acogieron con entusiasmo viendo en él al Sucesor de Pedro. Un momento fuerte e impactante fue la visita del Papa al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. “Mientras yo –comentaba más tarde el Papa-, ante el horror de aquel lugar, clamaba a Dios, turbado por el temor de su aparente ausencia y al mismo tiempo sostenido por la certeza de que, incluso en su silencio, no deja de permanecer con nosotros, ví que el arco iris era como una respuesta: Sí, yo existo, y también hoy siguen siendo válidas las palabras de la promesa, de la Alianza, que pronuncié tras el diluvio”. 

En Valencia, el Papa Benedicto XVI, recordó que la familia, fundada en el matrimonio, es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de modo integral. Es un bien necesario para los pueblos porque es manantial y escuela de amor. También invitó a los padres a iniciar a sus hijos en la fe y en el ejercicio responsable de la libertad. Del encuentro de Valencia, el Papa ha recordado sobre todo el testimonio de cónyuges que, bendecidos con muchos hijos, no ocultaron los días difíciles y las crisis pasadas. A los obispos nos dijo en Valencia: «Conozco y aliento el impulso que estáis dando a la acción pastoral, en un tiempo de rápida secularización, que a veces afecta incluso a la vida interna de las comunidades cristianas. Seguid, pues, proclamando sin desánimo que prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad”

El viaje del Papa a su tierra natal tuvo por lema: «Quien cree nunca está solo».
Al recordar este viaje, el Papa señaló que «la Iglesia debe hablar de las cuestiones relacionadas con el hombre, pero su tema verdadero, y en varios aspectos único, es ‘Dios’. Y el gran problema de Occidente es el olvido de Dios: un olvido que se difunde”. El compromiso común de los cristianos en favor de la unidad se hizo evidente en la catedral de Ratisbona. Allí se encontró, además de los católicos, ortodoxos y evangélicos. La Universidad de Ratisbona, donde él mismo fuera profesor, fue el escenario elegido para hablar del diálogo entre la fe y la razón. Fruto de algunos malentendidos, el Papa vio concitarse en torno a su persona el odio y la violencia.

La peregrinación apostólica del Papa Benedicto XVI a Turquía, demostración de auténtico coraje apostólico, brindó al Obispo de Roma la ocasión de manifestar públicamente el respeto que él y toda la Iglesia Católica tienen por la religión islámica.

El Obispo de Roma sigue con particular solicitud a la Iglesia que peregrina en Italia. A finales de mayo de 2005, viajó a Bari para clausurar el Congreso Eucarístico Nacional; el 1º de septiembre de 2006 peregrinó al Santuario de la Santa Faz de Manoppello (Pescara) y el 19 de octubre a Verona con ocasión de la IV Asamblea Eclesial Nacional de la Iglesia italiana que tuvo por tema «Testigos de Jesús Resucitado, esperanza del mundo».

La Iglesia en Italia es una realidad muy viva donde las tradiciones cristianas tienen profundas raíces y siguen produciendo frutos. Los italianos –incluso sin ser creyentes- perciben con mucha claridad «la insuficiencia de una racionalidad encerrada en sí misma y de una ética demasiado individualista». Es necesario abrirse con confianza a nuevas relaciones para contribuir al crecimiento cultural y moral de Italia.

La Iglesia está llamada a «dar respuestas positivas y convincentes a las expectativas y a los interrogantes de nuestra gente», propone el Santo Padre. Y continúa: a través del testimonio multiforme de la Iglesia, debe brotar «el gran ‘sí’ que en Jesucristo Dios dijo al hombre y a su vida, al amor humano, a nuestra libertad y a nuestra inteligencia; y, por tanto, cómo la fe en el Dios que tiene rostro humano trae la alegría al mundo. En efecto, el cristianismo está abierto a todo lo que hay de justo, verdadero y puro en las culturas y en las civilizaciones; a lo que alegra, consuela y fortalece nuestra existencia».

Pedimos al Señor que siga iluminando y fortaleciendo a nuestro querido Pastor de la Iglesia el Papa Benedicto XVI para que continúe guiando a la Iglesia por los caminos del Evangelio.

                         

   
   
   
   
   
   
 

17 de diciembre de 2006

   
   
 
 

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