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                                                                                        la carretera no puede ser punto final          

                                                                     

 
 

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El domingo 6 de julio celebraremos la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico. La circulación vial y ferroviaria, juntamente con el tráfico aéreo y marítimo, es una necesidad ineludible del hombre contemporáneo. Nos proporciona muchas e innegables ventajas tanto para la vida social como para el desarrollo económico. Indudablemente hoy día nos desplazamos de un lugar a otro con mucha facilidad y comodidad. Pero el vertiginoso aumento del tráfico de mercancías y el movimiento de las personas crea graves problemas (demasiados accidentes de tráfico, congestión de circulación en la entrada a las grandes ciudades o en las salidas y regresos de vacaciones, ruidos excesivos, contaminación atmosférica, etc). En definitiva, la frecuente movilidad, sobre todo por carreteras y autopistas, está creando un cúmulo ingente de accidentes de tráfico que llevan consigo la pérdida de la vida en muchas ocasiones y en otras, lesiones muy graves a veces irreversibles.

 

 

1. La gravedad del problema y los datos concretos

 

Lamentaba ya Pablo VI en uno de sus Mensajes: “Demasiada es la sangre que se derrama cada día en una lucha absurda contra la velocidad y el tiempo; es doloroso pensar cómo, en todo el mundo, innumerables vidas humanas siguen sacrificándose cada día a ese destino inadmisible”. Desde Roma se nos facilitan datos impresionantes a nivel mundial: 35 millones aproximadamente son los fallecidos en el siglo XX por accidentes de tráfico; más de 1 millón doscientos mil, solamente en el año 2001; cerca de 1.500 millones de heridos en el mundo a lo largo del siglo pasado, con sus graves consecuencias de discapacidad, curaciones lentas, carga familiar y social, daños a bienes materiales.

El arzobispo de Santiago, por su parte, recogía las siguientes estadísticas en su Carta Pastoral de septiembre de 2007: Según los datos de la Dirección General de Tráfico de enero a finales de agosto de 2007 han sido 180 los muertos en carretera en nuestra comunidad gallega, con un aumento de 13 más que en el mismo periodo del pasado año.  Y añade con el corazón dolorido: Esto nos pone a la cabeza de una lista en la que no desearíamos ni siquiera figurar.

 

Por otra parte, un dato significativo es que la edad media está entre los 25-35 años, subrayando que es esta la primera causa de mortalidad entre los jóvenes en edades de 18 a 24 años aunque sólo representan el 17% de los conductores del país.

 

La potencia de los coches que hoy se fabrican, las innumerables curvas de nuestras carreteras gallegas, conducir después de ingerir alcohol, los regresos después de fiestas nocturnas, etc tienen muy negativas repercusiones entre nosotros.

 

 

 

2. Causas de los accidentes de tráfico

 

Son muchas, naturalmente. Enumeraré algunas como botón de muestra: el uso intensivo del coche los fines de semana, disfrutar asumiendo riesgos inútiles en las carreteras, hacer piruetas con motos  y coches para hacer gala de hombría, el consumo excesivo de alcohol, las drogas, la deficiencia del estado de las carreteras en algunos casos, las distracciones del conductor, los excesos de velocidad, la infracción de normas o las maniobras arriesgadas… son factores a los que tenemos que hacer referencia, a veces conectados entre sí. A veces son otros usuarios de las carreteras, o las condiciones atmosféricas, o el mal estado del vehículo, o el mal acondicionamiento vial (escasa señalización, baches, curvas o rasantes que debieron hace tiempo desaparecer, bandas poco visibles, etc.)… los que nos pueden jugar malas pasadas.

 

 

 

3. Misión de la Iglesia

¿Qué misión le cabe a la Iglesia en este campo? Pues es verdad que para nada trata de invadir competencias de la Administración Pública, especialmente las que atañen a la Dirección General de Tráfico. Pero no puede olvidar que forma parte de su misión profética denunciar los peligros derivados del tráfico, así como las causas de los accidentes, muy especialmente, las derivadas del factor humano (negligencias, ligerezas graves y gratuitas, arrogancia…).

Sin embargo, no basta la denuncia. La Iglesia debe colaborar con la Administración pública y con otras instituciones para crear una conciencia general con relación a la seguridad vial, y promover una adecuada educación moral de los conductores, viajeros y peatones. A esta tarea educativa han de contribuir las familias, las parroquias, las asociaciones laicales y los movimientos eclesiales, así como los medios de comunicación social y la escuela. La educación vial del niño es la mejor garantía de una generación futura más segura en este campo.

La Iglesia necesita también contar con agentes pastorales debidamente preparados para descubrir este amplio campo de apostolado como uno de los desafíos del mundo contemporáneo. ¿Quién puede dudar que los caminos constituyen “nuevos areópagos para el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo, el Salvador”.

 

a. Aspectos antropológicos

Hay que tener muy en cuenta algunos aspectos relacionados con la particular psicología del conductor: evasión de la vida diaria, tendencia a quebrantar las barreras de las prohibiciones, sentimiento de prepotencia, euforia de la velocidad, ostentación vanidosa de sus propias habilidades o de su vehículo, etc. Aunque varían según las personas y las circunstancias, en la conducción son frecuentes diversos comportamientos poco equilibrados: falta de cortesía, gestos ofensivos, imprecaciones y blasfemias, violaciones deliberadas del Código de circulación. “El automóvil –se ha dicho- tiende a mostrar al ser humano tal como es en su forma “primitiva”, y eso puede ser muy poco agradable. Hay que tener en cuenta estas dinámicas y reaccionar, recurriendo a las tendencias nobles del ser humano, al sentido de responsabilidad y al control de sí mismos, para impedir esas manifestaciones de regresión psicológica.” La Iglesia tiene aquí una tarea bien concreta.

 

b. Aspectos morales de la conducción.

Por desgracia, el comportamiento del conductor se desarrolla a veces al margen de las normas éticas, con consecuencias negativas para los mismos conductores y para los peatones. En la base de los principios éticos ha de ponerse siempre la consideración de los peligros que para las personas y los bienes se derivan de la conducción vial. Por ello se hace más necesaria cada día una pedagogía a favor de la cultura de la vida (aplicando el mandamiento “No matarás”) y también el respeto a las normas establecidas por las autoridades públicas para salvaguardar los derechos y evitar los daños causados por los accidentes. No se trata de leyes meramente penales, sino que son leyes que obligan en conciencia. “Cuando alguien conduce poniendo en peligro la vida de los demás o la propia, así como la integridad física o psíquica de las personas y también bienes materiales considerables, se hace responsable de culpa grave, incluso cuando ese comportamiento no provoca accidentes, pues en todo caso implica graves riesgos”. Estas palabras del Catecismo de la Iglesia Católica pueden resultar iluminadoras: “La virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de excesos: el abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas. Quienes en estado de embriaguez, o por afición inmoderada de la velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, se hacen gravemente culpables” (n. 48).

Cuando nos ponemos al volante hemos de ser conscientes que directa o indirectamente estamos prestando un servicio a los demás, sabiendo que la circulación es “un movimiento en libertad y en responsabilidad”. “Por eso, como actividad humana libre, está sometida a unas leyes éticas o morales, derivadas de la naturaleza misma del hombre en relación consigo mismo y con los demás, aislada y socialmente considerados”. Estas normas urgen a todo el que tiene relación con la carretera, o como conductor, o como vigilante del tráfico, o como constructor de las carreteras o como cuidador de los vehículos, o como peatón. Porque en la actividad del tráfico son muchas las personas y los bienes que se ponen en juego y que estos principios protegen. Para el creyente estas normas naturales se complementan con otras motivaciones en las que se encarna la voluntad de Dios. Ponerse en carretera es disponerse a ejercer las virtudes de la prudencia, de la solidaridad y de la caridad, socorriendo a los necesitados, perdonando los fallos humanos de los otros, y teniendo a Dios presente en la oración. Conducir bien exige hacer el bien a todos, asumir el compromiso de cumplir las leyes de tráfico y de no conducir en situaciones de riesgo.

 

c. Actitudes del automovilista cristiano

“Está comprobado que una de las raíces de muchos problemas inherentes al tráfico es de orden espiritual. Los creyentes encontrarán la solución de estos problemas en una visión de fe, en la relación con Dios, y en una opción generosa a favor de la vida” (n. 20). Al igual que otras actividades humanas, la conducción puede y deber ser para el cristiano un campo adecuado para cultivar las virtudes.

La actitud que debe caracterizar al automovilista cristiano es la caridad: “El que conoce a Jesucristo es prudente en la carretera. No piensa sólo en sí mismo, y no está siempre apremiado por la prisa en llegar”. La caridad es el “motor” de todos los actos del conductor. Y esa caridad le lleva, en primer lugar, a no poner en peligro, con maniobras equivocadas o imprudentes, la vida o la integridad de pasajeros y peatones. También la cortesía y el espíritu de servicio, la actitud comprensiva para con las maniobras torpes de los principiantes, la atención especial prestada a los ancianos, discapacitados y niños, a los ciclistas y a los peatones, así como la ayuda pronta y generosa a los heridos son verdaderas expresiones de la caridad del automovilista cristiano.

La prudencia, que ha sido siempre máximamente recomendada a la hora de conducir, exige tomar las debidas precauciones para afrontar los imprevistos que se pueden presentar, evitando distracciones, moderando la velocidad y sin creerse el dueño de la carretera.

La justicia obliga a reparar los daños causados a los demás y a procurar que las víctimas de accidentes de tráfico, o sus parientes próximos, sean debidamente indemnizados. Además, también en este campo estamos invitados al perdón, tan característico de la conducta del cristiano: “es preciso animar a los familiares de las víctimas a perdonar al agresor, como signo, aunque difícil, de madurez humana y cristiana”.

La esperanza en llegar felizmente a su destino, la basa el automovilista cristiano en la ayuda de Dios y en la propia cooperación. Dios nuestro Padre cuida de nosotros y nos ofrece la ayuda de numerosos mediadores: los ángeles, especialmente el Ángel de la guarda, los santos (más concretamente S. Rafael y S. Cristóbal), y muy en especial, la Santísima Virgen, invocada sobre todo como Virgen del camino.

 

 

 

4. La Pastoral de la carretera

El Concilio Vaticano II pide a los obispos que tengan “una solicitud particular por los fieles que, por su condición de vida, no pueden gozar suficientemente del cuidado pastoral común y ordinario de los párrocos, o carecen totalmente de él”. Aquí se incluyen también, sin duda, los principales destinatarios del apostolado de la carretera: camioneros, conductores de autobuses y otros automóviles, los turistas, los responsables de la seguridad del tráfico, los distribuidores de carburante y el personal de los restaurantes de carretera. Objetivo pastoral de este apostolado peculiar será el de acercarse a dichos destinatarios en su propio ambiente, para transmitirles el mensaje salvador del evangelio.

Esta labor la viene impulsando en nuestra diócesis la Delegación del Apostolado de la carretera. Para el sacerdote que la dirige y los seglares que colaboran con él, nuestro agradecimiento y nuestra palabra de ánimo. Igualmente nuestro saludo más fraterno y afectuoso a cuantos dedican gran parte de su vida a la carretera, como profesionales o encargados de la seguridad.

 

 

 

5. Responsabilidad de todos

 

Todos somos responsables de la seguridad en las carreteras. Es necesario extremar la vigilancia para evitar posibles fallos humanos y concienciarnos de que obliga en conciencia el cumplimiento de las leyes de tráfico. La Administración civil, por su parte, debe mejorar sustancialmente la red de carreteras dotándola de señalización adecuada y promover leyes que disuadan de hacer maniobras arriesgadas que pudieran costarle al conductor o a otros la vida. No podemos resignarnos a pagar con tantos accidentes, muchos de ellos mortales, el tributo al progreso necesario.

 

Que Dios nos bendiga y nos guarde a todos.

 


                                                 

 

                                                      

   
   
   
 

30 de junio de 2008

   
   
   
 
 

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