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El lema para el Día de la
Familia 2007 es el siguiente: «Nuestra ciudadanía está en el cielo» (Flp
3, 20). Estas palabras de san
Pablo nos invitan a considerar que, también como familias cristianas,
estamos de camino en la tierra hacia nuestra patria definitiva. Somos
hijos de Dios y ciudadanos del cielo. Queremos así fortalecer a las
familias cristianas, recordándoles su grandeza y dignidad. Lo hacemos con
unas hermosas palabras de S. León Magno: «Cristiano, reconoce tu dignidad.
Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres
volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces
y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del
poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios».
Siendo
ciudadanos del cielo, vivimos con los pies en la tierra. Por eso somos
conscientes de que vivimos inmersos en una sociedad compleja, donde no
falta la propuesta de una cultura laica que quiere organizar la vida
social y familiar como si Dios no existiera. Se proponen modelos
alternativos a la familia cristiana dándoles el mismo valor e idéntica
consistencia. Se sugiere de mil modos que los hombres y mujeres de nuestro
tiempo pueden construir su convivencia familiar como quieran,
deconstruirla y reconstruirla cuando les apetezca. Todo esto acarrea un
rechazo o un debilitamiento de la identidad cristiana de nuestras
familias.
Dos
rasgos que constituyen su identidad
El primero
es la integración de fe y vida. La fe no puede reducirse a una experiencia
privada, extraña por tanto a la vida familiar. La fe debe penetrar en la
vida de cada uno y en la vida de la familia, manifestándose por
consiguiente en todas las dimensiones de la existencia. Los padres
cristianos deberán dar ejemplo a sus hijos, en el testimonio de una vida
inspirada en el Evangelio y alimentada en los sacramentos, muy
especialmente en la Eucaristía dominical.
El segundo
rasgo que queremos destacar es la inserción en la comunidad eclesial. No
hay familia cristiana al margen de la Iglesia. Para esta integración es
fundamental el desarrollo de la pastoral familiar, de modo que nuestras
comunidades parroquiales sean cada vez más una «familia de familias
cristianas».
Solamente
una familia cristiana con una identidad fuerte será capaz, en estos
tiempos difíciles, de transmitir la fe y de ser, ante los hombres, signo
luminoso de la verdad, la bondad y la belleza del matrimonio y de la
familia.
Algunos
retos actuales
Los padres
cristianos están llamados a educar a sus hijos como ciudadanos del cielo y
miembros solidarios de la familia terrena. Además de transmitirles valores
como el sacrificio, la renuncia, el dominio propio y el respeto, sin los
cuales la convivencia familiar y social se deteriora gravemente, les
educarán en la fe para que vivan con la alegría y la libertad de los hijos
de Dios sintiéndose hermanos de todos los hombres.
En estos
días de Navidad, tan familiares y por eso tan entrañables, invito a las
familias cristianas de la Diócesis a
contemplar el misterio del Dios hecho hombre, a fortalecer su identidad
cristiana y a vivir con gozo la vida terrena aspirando a los bienes del
cielo (Col
3, 1-2).
Que el Señor bendiga a todos en esta Navidad.
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