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En la Semana Santa
nuestro pensamiento y nuestro afecto se dirigen a los Santos Lugares donde
se desarrollaron los acontecimientos centrales de la fe cristiana. La
jornada del Viernes Santo, celebración de la muerte del Señor, es un día
en cual todos los católicos del mundo recordamos de forma especial a
nuestros hermanos cristianos que viven en la Tierra de Jesús.
Son una pequeña minoría, solamente el 2% de la población, frente a la gran
mayoría judía y musulmana. Ellos son una minoría olvidada que vive entre
musulmanes y judíos en una situación de inseguridad y marginación. Es una
situación nueva que supone para ellos todo un desafío. Pero esta situación
no les impide sentirse herederos de la primera comunidad cristiana. A
pesar de las dificultades, la presencia cristiana, aun siendo
numéricamente pequeña, es fundamental porque aporta valores
desinteresados como la justicia, la paz, la dignidad, los derechos del
hombre que probablemente ningún otro organismo presente allí es capaz de
ofrecer. La voz de la Iglesia es una voz profética.
Palestina continúa siendo el escenario de un conflicto que se prolonga
desde hace décadas, y que priva a las comunidades y a las instituciones
católicas de los medios adecuados para el mantenimiento y la promoción de
las actividades religiosas, sociales y culturales. Esa dolorosa situación
provoca pobreza y paro, con duras consecuencias para las familias y para
el conjunto de la población. Y alimenta el preocupante fenómeno del éxodo
de los cristianos, sobre todo de los matrimonios jóvenes, que no se
encuentran con perspectivas de un futuro seguro y digno.
Estos cristianos necesitan ayuda de los hermanos en la fe para que no
vivan en pobreza permanente ni se vean condenados a la emigración. Es un
deber para todos los católicos del orbe, el acompañar con la oración y el
respaldo económico a las comunidades cristianas de aquella Tierra Bendita.
La Santa Sede desea que la colecta del Viernes Santo tenga por finalidad
ayudar a los cristianos de los Santos Lugares. Seamos generosos con unas
comunidades vivas, fuertemente probadas por la historia dramática de
aquella región. Y, sobre todo, intentemos conocerlas mejor para poder
amarlas más. Un buen camino para lograr estos objetivos es promover
peregrinaciones a Tierra Santa desafiando la inseguridad que al fin y al
cabo no es de tanta importancia. El futuro de estas pequeñas comunidades
depende, en buena parte, de nosotros.

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