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Celebramos la fiesta de la dedicación
de nuestra Santa Iglesia Catedral Basílica de Mondoñedo y este año me
fijaré en la Catedral 1º) como Casa de Dios y casa de los hijos de Dios,
2º) como lugar de oración, sosiego y paz y, por último, 3º) como signo
visible de la Iglesia particular, en este momento en que nos disponemos a
inaugurar el Año Jubilar en honor de S. Rosendo, nuestro obispo y patrono.
1. Casa de Dios y casa de los hijos de Dios
Nuestros templos, y por antonomasia nuestras Catedrales, no son únicamente
bellos exponentes de arte o lugares de cultura. Nacieron y nacen para
congregar al pueblo cristiano y tributar a Dios el culto que le es debido.
En ellos se predica la Palabra de Dios, se celebran los sacramentos y se
reúne al Pueblo cristiano que peregrina. Nuestros templos son, al mismo
tiempo, Casa de Dios y casa de los hijos de Dios.
Casa de Dios y casa de los hijos de Dios es, sobre todo, en cada diócesis,
la Iglesia Catedral, aquella en la que el Obispo tiene su cátedra.
2. Lugar de oración, sosiego y paz
Nuestros templos, sin embargo, además de servir para el culto, son espacio
adecuado para el encuentro personal con Dios, a través de la oración y de
la contemplación.
Frente a tantas preocupaciones exclusivamente económicas, en momentos de
fuerte tribulación, cuando nos sentimos desasosegados y vacíos en nuestro
interior, los templos son como un fragmento de eternidad que con la
presencia del Señor invitan al cambio de comportamientos. ¡Cuánto necesita
el hombre de nuestros días estos espacios sagrados para poder hacer frente
a las embestidas de la ciudad deshumanizada y deshumanizadora que nos
empeñamos en construir! Todos necesitamos sentir en el silencio, la paz
del espíritu por la que suspira el corazón humano. El encuentro con Dios
sana las heridas profundas del hombre. La paz auténtica no es posible si
no abarca la relación con Dios, la relación con nosotros mismos y la
relación
con los hermanos. Sin paz en la conciencia -no lo olvidemos nunca- no se
logra la paz social.
"El sacrificio más importante a los ojos de Dios -nos recuerda S.
Cipriano- es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea
un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo". Por otra parte, la paz de Dios nos hace verdaderamente libres: Nos
recuerda S. Pedro Crisólogo: "La paz es la que despoja al hombre de su
condición de esclavo y le otorga el nombre de libre y cambia su situación
ante Dios, convirtiéndolo de criatura en hijo, de siervo en hombre libre.
La paz es madre del amor, vínculo de la concordia e indicio manifiesto de
la pureza de nuestra mente; ella alcanza de Dios todo lo que quiere, ya
que su petición es siempre eficaz. Cristo el Señor, nuestro rey, es quien
nos manda conservar la paz, que él ha dicho: la paz os dejo, mi paz os
doy, lo que equivale a decir: os dejo en paz, y quiero encontraros en paz;
lo que nos dio al marchar quiere encontrarlo en todos cuando vuelva".
3. Signo visible de la Iglesia espiritual
Por otra parte el templo, nuestra Catedral, es signo visible de la Iglesia
espiritual. Es, por así decirlo, el domicilio social del Pueblo de Dios,
reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,
como gustaba proclamar san Cipriano. La Iglesia material debe reflejar
siempre, la familiaridad con Dios, su benignidad y su humanidad
manifestadas en Cristo, Señor nuestro. "Además el templo catedralicio
-decía el Papa Pablo VI- ha de considerarse como la imagen expresa de la
Iglesia visible que en el mundo entero ora, canta y adora; y se lo ha de
entender como signo de aquel Cuerpo místico, cuyos miembros se unen en
trabazón de caridad, alimentada con el rocío de los dones celestiales"
(PABLO VI, Motu proprio Mirificus eventus [7.12.1965] 11-12).
La catedral está destinada a acoger a la Iglesia diocesana como unidad. La
comunidad que se evoca la Catedral no es una comunidad parroquial o una
comunidad religiosa o una asociación apostólica, sino la diócesis misma.
No simboliza, pues, una parte de la Iglesia, sino la Iglesia entera
realizada como Iglesia particular. Ella es el punto de referencia
permanente para todos los fieles de una diócesis. Puede haber templos
notables por conservar sepulcros o reliquias de mucha veneración o
santuarios famosos que convocan a multitudes, pero sólo la Catedral es el
lugar sagrado, abierto a todos. A la Catedral habitualmente concurre el
pueblo de Dios para la llamada 'misa estacional', que es una designación
acuñada en el siglo II. La Iglesia, el pueblo peregrinante de Dios, hace
un alto en el camino, se detiene, se reúne en una 'estación' del recorrido
para rehacerse del cansancio con la celebración eucarística que fortalece
a los caminantes hacia la patria del cielo. La 'misa estacional',
presidida por el Obispo, que ejerce en virtud de la ordenación episcopal
el ministerio del supremo sacerdocio (Cf LG 26) es la 'principal
manifestación de la Iglesia' (SC 4)
Entre nuestra Catedral, con su historia, su cultura y su arte, y nuestra
Iglesia particular existe una perfecta simbiosis. Nuestra catedral
mindoniense es testigo silencioso del cristianismo en la historia de
nuestro pueblo cristiano. Y nuestra catedral es también la espléndida
muestra de la belleza creada por la fe y la piedad de los cristianos de
Mondoñedo-Ferrol. En ella se abrazan armoniosamente el arte y la fe. Ella
es manifestación
inequívoca de cómo la Iglesia es 'amiga de las letras', de cómo aprecia
la cultura, cultiva la ciencia, predica la verdad.
El día veintiséis de noviembre del año dos mil siete conmemoraremos, si
Dios quiere, el undécimo centenario del nacimiento de San Rosendo, patrono
de nuestra Diócesis. Tras once siglos y en los comienzos del Tercer
Milenio, estimo que esta conmemoración es una excelente ocasión para
acrecentar y renovar la fe que se afianzó entre nosotros con el trabajo
apostólico y, más tarde, con la especial protección de San Rosendo.
Contemplar la persona de San Rosendo es contemplar la figura de un Obispo
que promueve la santidad y que se entrega con generosidad a su ministerio
evangelizador. Fue un Pastor de nuestra Iglesia preocupado por la vida del
pueblo, padre de los pobres, defensor de Galicia, buen organizador de las
estructuras eclesiásticas, promotor de las vocaciones y del apostolado. La
contemplación de la vida y el ministerio de San Rosendo, obra grande y
maravillosa de Dios, nos motiva a desear responder con la mayor fidelidad
posible al amor Dios en fidelidad a nuestra tarea evangelizadora.
Para que todo esto se haga realidad invocamos hoy a San Rosendo y a la
Virgen de los Remedios, nuestros patronos e intercesores ante el Padre.
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