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En primer lugar quiero
agradeceros la acogida fraterna que me habéis brindado con espíritu de fe
desde mi llegada a la diócesis, hace apenas unos meses. Uno de mis
primeros cometidos ha sido conoceros, hablar con vosotros largamente,
visitar a los enfermos y ancianos. No nos conocíamos y en poco tiempo
hemos pasado a ser de la familia. A través de vosotros quiero hacer llegar
mi gratitud al resto de los fieles de la diócesis (consagrados y laicos)
que me han acogido como a quien venía en el nombre del Señor.
1. La constitución del
Consejo Presbiteral es un momento fuerte de comunión eclesial
El Consejo Presbiteral es
una reproducción de todo el presbiterio diocesano para ayudar al Obispo en
el gobierno de la diócesis (Cf. C 495). Recordamos lo que dice la
Pastores gregis de Juan Pablo II en los números 86-87:
"86. Es necesario que el
sacerdote tenga la conciencia de que su 'estar en una iglesia particular'
constituye, por su propia naturaleza, un elemento calificativo para vivir
una espiritualidad cristiana. Por ello, el presbítero encuentra,
precisamente en su pertenencia y dedicación a la iglesia particular, una
fuente de significados, de criterios de discernimiento y de acción, que
configuran tanto su misión pastoral, como su vida espiritual". Al
presbiterio de la diócesis pertenecen también todos los presbíteros de los
Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica.
Estos viven los propios carismas en la unidad, en la comunión y en la
misión de la iglesia particular. En ella contribuyen a poner en común la
riqueza de los dones de espiritualidad y de apostolado que les son
propios. Así las iglesias particulares pueden ser enriquecidas a nivel
carismático "a imagen" de la Iglesia universal, a la cual se refieren
ciertas instituciones supra-diocesanas. En realidad, la dimensión de
universalidad es inherente a la comunión con todas las iglesias y a la
naturaleza misma del ministerio presbiteral, que tiene una misión
universal.
87. El Concilio Vaticano
II ha descrito las relaciones recíprocas entre el obispo y los presbíteros
con imágenes y términos diversos. Ha indicado en el obispo al "padre" de
los presbíteros, pero ha unido al aspecto de la paternidad espiritual, el
de la fraternidad, el de la amistad, el de la colaboración necesaria y el
del consejo. Sin embargo, es cierto que la gracia sacramental llega al
presbítero a través del ministerio del obispo, y ésta misma le es donada
en vistas de la cooperación con el obispo en la misión apostólica. Esa
gracia une a los presbíteros a las diversas funciones del ministerio
episcopal, de modo particular a la de servidor del Evangelio de Jesucristo
para la esperanza del mundo. En virtud de este vínculo sacramental y
jerárquico los presbíteros, necesarios colaboradores y consejeros, asumen,
según su grado, los oficios y la solicitud del obispo y lo hacen presente
en cada comunidad.
La relación
sacramental-jerárquica se traduce en la búsqueda constante de una comunión
real del obispo con los miembros de su presbiterio y confiere consistencia
y significado a la actitud interior y exterior del obispo hacia sus
presbíteros. El Consejo presbiteral es el lugar en el que se realiza tal
comunión. Dicho Consejo, representando al presbiterio, es el senado del
obispo y lo ayuda en el gobierno de la diócesis, para promover de modo más
eficaz el bien de todos los fieles. Es tarea del obispo consultarlo y
escuchar de buen ánimo su parecer".
2. ¿Qué significan los diversos Consejos diocesanos? ¿Cómo ejercer la
función de consejero?
Quisiera reclamar vuestra
atención sobre el misterio de la Iglesia para mirar con ojos de fe lo que
acontece en esta Asamblea. No somos un grupo de sacerdotes que se reparte
el poder o que cifra su alegría en haber alcanzado un escaño en esta
suprema institución de la diócesis. Somos un presbiterio que vive la
comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo en torno al
Obispo diocesano como fundamento visible de la unidad de la Iglesia
particular.
Es bueno contemplar los
organismos diocesanos como expansión y realización de la comunión
eclesial, que tiene su corazón en la Eucaristía, sus raíces en la Trinidad
santa, fuente e imagen de la Iglesia, y su sentido en el servicio al
Evangelio. Estamos en el campo organizativo de la comunión, no salimos de
ella. Por eso se comprende que el obispo, que es quien preside la comunión
y la Eucaristía, sea también el presidente de los Consejos.
En principio, los
miembros de los consejos diocesanos participan en las orientaciones sobre
la misión de la Iglesia local discerniendo juntos, elaborando en reflexión
abierta el 'consejo' que trasmitirán al obispo, quien debe tomar la
decisión final; es decir ejercen una 'función consultiva', que es una
forma real e importante de colaborar. Antes de decidir el obispo debe
escuchar, consultar, deliberar, debatir, purificar el corazón de intereses
torcidos, pedir a Dios el acierto en la decisión... Y después adoptar la
determinación con libertad y confianza. Un consejo no es, sin más, la suma
de sus miembros; es una corporación consultiva, un cuerpo organizado y
estable; por eso, el parecer decantado tiene un peso particular en la
decisión que adoptará el obispo.
La participación en los
consejos diocesanos requiere un aprendizaje; dado que la mayor parte de
ellos son de reciente creación, nos encontramos todavía en fase de
experiencias y asentamiento. Aunque los estatutos hayan pasado ya la
aprobación 'ad experimentum', quizá debamos crecer todavía en actitudes de
participación y afianzar los comportamientos de la colaboración y del
trabajo conjunto.
Tenemos muchos retos que
superar hasta que los consejos cumplan plenamente la función para la que
han sido pensados, creados y constituidos. Existe el peligro de la
desconfianza en su utilidad, la reserva interior frena la participación,
la desgana introduce languidez y el funcionamiento anémico desacredita la
institución. Necesitamos cultivar también la espiritualidad de la comunión
y de la responsabilidad para contribuir con 'alma' a la marcha de las
cosas que a todos nos afectan. Lo contrario de la participación realista
es la auto-exclusión desanimada.
De otras partes pueden
venir también las dificultades. Se necesita que exista una comunicación
fluida entre los representados y los consejeros; que se colabore con la
palabra libre y la escucha atenta; que no se pierda el respeto entre los
miembros y no desaparezca el clima de serenidad e incluso de cordialidad,
ya que una dimensión de la comunión eclesial es el afecto. También puede
ocurrir que los aspectos formales y de reglamento encorseten la actividad
de los consejos; que el obispo sea alérgico a su vitalidad, o que sea
excesivamente 'aconsejado', es decir, marcado muy de cerca por los
consejos.
Cada consejero debe
asumir su propia responsabilidad, llamada a hacer cuerpo con la de los
demás. El miembro del Consejo no es sólo portavoz de los representados;
sin dejar de serles leal, puede opinar personalmente en presencia de las
cuestiones que surjan y de las intervenciones que tengan lugar. Los
consejeros tienen como punto de mira el bien pastoral de la diócesis;
conviene que tengan la confianza de que su parecer ayudará a dilucidar las
cuestiones planteadas y a madurar las decisiones que se adopten; deben
mantenerse honradamente en los límites de su responsabilidad, que es
aconsejar en lo que se les consulta; no deben paralizar el discernimiento,
introduciendo cuestiones que desbordan el campo de actuación de los
consejos y hasta de la autoridad episcopal.
"El consejero en la
Iglesia debe poseer la comprensión amable de la complejidad de la vida en
general y de la eclesial en particular. Los consejeros y los consejos
rígidos, sin misericordia, incluso quizá bajo pretexto evangélico -lo pide
el Evangelio, por tanto hay que hacerlo-, carecen de esta cualidad
fundamental, que es la comprensión de la miseria humana, de la gradualidad.
Aconsejar no es un acto puramente intelectual, es un acto misericordioso
que intenta mirar con amor la extraña complejidad de las situaciones
humanas concretas".
"El consejero -dijo en
cierta ocasión el cardenal Martín- debe tener gran sentido del consejo
como don; y como es don se pide en la oración y no se debe presumir de
poseerlo. Por ser don, no podemos pretender dominarlo, ya que no procede
de nosotros, sino que es un regalo. El consejo no es un arma de que puedo
servirme para poner contra el muro a los otros. Es la misericordia de la
acción de Dios en mí. Pasa, es verdad, por mi racionalidad -la prudencia
es la racionabilidad del obrar-, pero pasa a través de la moción amorosa,
'humedecida' del Espíritu Santo produciendo sensibilidad, confianza,
caridad" .
Es oportuno que no se
mida la eficacia de los consejos diocesanos sólo por los documentos
elaborados y por los consejos transmitidos al obispo. El encuentro con los
hermanos, la escucha recíproca, la información de la vida diocesana, la
experiencia de comunión con el obispo y con los demás miembros, la
búsqueda de respuesta a las cuestiones planteadas, el ejercicio de la
corresponsabilidad... son frutos valiosos en sí mismos.
Por otra parte, no
importa demasiado que tengan carácter sólo consultivo. En la Iglesia no se
toman las decisiones por mayoría, sino que en todo momento hay que buscar
el consenso. Comenta así S. Hilario el salmo 132: "[Es tan gozosa] porque
esta convivencia es fruto de la asamblea eclesial; se los llama hermanos
porque la caridad los hace concordes en un solo querer. Leemos que ya
desde los orígenes de la predicación apostólica, se observaba una norma
importante: "En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo
mismo" (Hech 4,32). Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos
hermanos bajo el mismo Padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu,
todos concurriendo a una misma casa de oración, todos miembros de un mismo
cuerpo que es único".
Aconsejar es, por otra
parte, un momento de creatividad, que supone investigación detenida de las
condiciones presentes y atención a otras experiencias y soluciones
adoptadas en situaciones semejantes. Cuando los consejos son serios,
sopesados y convergentes, cuando son emitidos desde la fe en el Señor y el
amor a la Iglesia; cuando derivan de la escucha vigilante del Espíritu y
de la responsabilidad en la misión cristiana, entonces quien debe adoptar
la decisión no puede considerarlos como meramente opcionales.
3. Algunos posibles temas de estudio
Sugiero que estudiemos
juntos y, bajo la luz del Espíritu del Señor, algunos temas que enumero
sin indicar importancia ni urgencia, porque esto -entre otras cosas- lo
veremos entre todos:
1) La pastoral
vocacional, especialmente las vocaciones al ministerio ordenado.
Necesitamos presbíteros que den vitalidad nueva a nuestro presbiterio y a
nuestra diócesis. Para merecer que el Señor nos los regale hemos de pedir
con insistencia y perseverancia nuevas vocaciones y hemos de empeñarnos en
una labor de promoción de vocaciones al ministerio sacerdotal. ¿Tenemos
suficiente cercanía a los niños y a los jóvenes como para poder hacerles
algún planteamiento de carácter vocacional?
2) La situación de los
sacerdotes, en todas sus dimensiones, con particular atención a su vida
espiritual y a su formación permanente. Nos vamos haciendo mayores y hemos
de cuidar las condiciones de vida en lo que se refiere a alimentación,
cuidados sanitarios, etc... En la vida espiritual quizá hemos abandonado
algunas prácticas que no las hemos sustituido por otras más adaptadas; en
ocasiones dejamos la oración personal para cuando nos lo permita el
trabajo pastoral y así nunca llega el tiempo necesario. Por otra parte, la
formación permanente se le exige hoy a todo profesional si no quiere
quedar anticuado. ¿Estamos suficientemente al día en nuestra formación
teologica, pastoral, canónica, de ciencias humanas, etc.?
3) Exigencias de una
pastoral verdaderamente misionera; no se trata de continuar con una
pastoral de mantenimiento retocándola con algunos matices de pastoral
misionera, sino de hacer de la misión, junto con la comunión, los dos ejes
sobre los que se apoye toda nuestra labor pastoral. La evangelización es
el fenómeno de una Iglesia en expansión. Para eso hace falta una Iglesia
más fuerte, más segura, más creativa en su interior que la sociedad
circundante. La fe vivida por los cristianos tiene que ser más
clara, más firme y más operante.
4) Criterios a la hora de
celebrar los sacramentos: Los cristianos, herederos de costumbres de
épocas pasadas, siguen interesados en recibir los sacramentos de mayor
relieve social. Pero no siempre acuden con la suficiente preparación ni
con unas disposiciones personales claras y sinceras para vivir el
sacramento como una verdadera celebración de la gracia de Dios, acogida
con fe como principio de una nueva vida. Por eso, hoy la urgencia primera
es intensificar el anuncio de la salvación de Dios, despertar y fortalecer
la fe, aumentar la estima de la vida sobrenatural y de los bienes del
Reino, despertar los deseos de vivir cristianamente en los fieles que se
acercan a la celebración de los sacramentos. No es raro que pidan
caprichos y pongan el máximo interés en detalles que a nosotros nos
parecen totalmente secundarios. Cuando no se respetan las normas vigentes
en la Iglesia universal y en nuestra diócesis, podemos hacernos sufrir
unos a otros sin pretenderlo.
5) La iniciación
cristiana: si no termina bien en el sentido de que celebrar la
Confirmación suponga la incorporación activa en la vida en la comunidad
cristiana, y no más bien no volver a aparecer por las celebraciones
litúrgicas, seguramente es que tampoco hemos empezado bien.
6) La catequesis de
adultos. Por una parte, nuestros cristianos adultos no están medianamente
formados en la fe y, por otra, cada vez con más frecuencia serán adultos
los que se acerquen a pedir el bautismo, hemos de tener preparados y a
disposición procesos de catequesis para estas personas.
7) Otra de las tareas que
tendrá que afrontar el presente Consejo Presbiteral es la organización de
la economía diocesana, particularmente en lo que afecta al clero. El
dinero y los bienes materiales están al servicio de la pastoral, no al
revés. De vez en cuando es bueno revisar los criterios de funcionamiento
económico. Es preciso actualizar el inventario de bienes muebles e
inmuebles de nuestras parroquias y de la diócesis como tal. No podemos
infrautilizarlos o dejar que se pierdan por nuestra desidia. Hemos de
caminar decididamente hacia la autofinanciación. Para ello hemos de crear
la conciencia en nuestros fieles de que aporten más generosamente. Pero
partiendo de la necesaria transparencia en nuestra gestión de ingresos y
gastos. Sería mi propósito, si lo vemos conveniente entre todos, poner
como condición indispensable para recibir una subvención diocesana o de
alguna otra institución, haber presentado las cuentas de la parroquia
todos los años y haber hecho la colecta diocesana.
8) Afrontemos los tiempos
que se nos echan encima. Preparémonos y preparemos a nuestros fieles. No
podemos atenderles como hasta ahora, pero nadie ha dicho que no podamos
atenderles mejor. Seguramente habremos de constituir Unidades Pastorales
con pequeños Equipos apostólicos integrados por sacerdotes, seglares y
religiosos/as si fuera posible. Que oren juntos. Que traten de poner en
práctica un pequeño proyecto pastoral donde se repartan las actividades,
las responsabilidades y las especialidades. Quizá hemos de descargar un
poquito el trabajo de sábados y domingos para repartirlo mejor los
restantes días de la semana. ¿No sería posible pasar sin prisas por
aquellas parroquias donde no residimos para visitar a los enfermos y
personas mayores, para dar catequesis a los adultos y a los niños si los
hay?
9) En cualquier reunión
de sacerdotes o de fieles cristianos comprometidos en la vida y misión de
la Iglesia, surge siempre el mismo malestar y la misma pregunta. ¿Por qué
los jóvenes se alejan de la Iglesia en cuanto terminan su proceso de
iniciación cristiana?, ¿qué podemos hacer para que niños y jóvenes
descubran, estimen y vivan con seriedad y alegría la vida cristiana?
10) En la renovación
espiritual y comunitaria de nuestras parroquias, la Eucaristía dominical
tiene que adquirir el papel central que le corresponde en la vida de la
Iglesia y en la vida espiritual de los cristianos. A partir de la
Eucaristía, junto con la confesión sacramental frecuente y la atención
personal a cada uno de los fieles, habrá que recuperar la conciencia de la
llamada a la perfección de cada persona, de cada matrimonio, de cada
familia. Esto requiere una dedicación plena y constante del pastor a cada
fiel, sean catequistas o catecúmenos, personas aisladas o familias.
A nadie se le piden
imposibles. Pero ¿no podemos estar todos un poco más disponibles y ser
capaces de compartir trabajos y responsabilidades? Las divisiones entre
nosotros, la pastoral del mínimo esfuerzo, las ligerezas doctrinales, la
comodidad y el temor a los conflictos no son las mejores ayudas para
inaugurar una época de renovación pastoral y eclesial. Una Iglesia
misionera en el momento presente y en la sociedad actual necesita contar
con sacerdotes bien preparados intelectualmente, profundamente entregados
al servicio de Cristo y de su Iglesia, entusiasmados con el valor y la
importancia de su ministerio, dispuestos a dar la vida día a día en una
diligente disponibilidad y en un exigente servicio al cuidado espiritual
de la comunidad que les ha sido confiada. Unidos todos con el Obispo en
una viva conciencia de unidad, de la grandeza de su misión y de la
gravedad de su responsabilidad. Vivimos, a veces, demasiado preocupados de
nosotros mismos, de nuestros intereses, de nuestros problemas, de nuestros
métodos.
Os invito a mirar el
futuro con esperanza, a levantar el ánimo y desarrollar en nuestra
diócesis un movimiento de aliento, de esperanza, de alegre iniciativa
apostólica. No tenemos que resignarnos a perdiendo fuerza poco a poco. Es
verdad que vivimos una profunda crisis en la aceptación de la fe y en la
perseverancia de los cristianos. Pero también es verdad que los factores
objetivos profundos juegan más a favor de la fe que de la increencia: a)
El mensaje de Jesús, presentado con autenticidad y entusiasmo se abre
camino y conmueve los corazones más cerrados; b) El hombre está hecho a
imagen y semejanza de Dios, para vivir y convivir con El. Vivimos
envueltos por su gracia, de manera que nunca podemos prescindir
definitivamente de las promesas. Las dolorosas consecuencias de nuestros
propios pecados, más pronto o más tarde, nos hacen añorar la casa y el
amor del Padre del Cielo. Ni el ateísmo, ni el agnosticismo, ni la
indiferencia religiosa son situaciones naturales del hombre, ni pueden ser
tampoco situaciones definitivas para una sociedad. El orgullo del hombre
rico de occidente es más débil de lo que parece. Y, en cambio, la
debilidad de la fe es más fuerte que la fuerza aparente del ateísmo y de
la indiferencia.
Es posible que por medio
de los sufrimientos de esta época de empobrecimiento y creciente
debilidad, Dios nos esté pidiendo una mayor autenticidad, una purificación
de nuestro orgullo colectivo y una recuperación de la fe en El como
principio de vida y de salvación. Son los santos y los mártires los que
impulsan la expansión de la fe y el crecimiento de la Iglesia. La
autenticidad traerá el crecimiento. La calidad traerá la cantidad, pero la
cantidad no garantiza la calidad.
"La esperanza no defrauda
porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el
Espíritu que se nos ha dado" (Rom 5,5). Miremos el futuro con serenidad,
contrastemos opiniones y pareceres, presentemos iniciativas con vistas a
vivir con entusiasmo nuestro ministerio. No nos dejemos ganar por el
derrotismo que nos paraliza. "La Iglesia está viva, la Iglesia es joven.
La Iglesia lleva en su seno el futuro de la humanidad" ha proclamado el
Papa Benedicto XVI a los cuatro vientos.
Confiemos en el Espíritu
Santo y caminemos confiados en la protección de María, Madre de la
Iglesia.
Mondoñedo, 25 de enero de 2006
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