Queridos
hermanos y hermanas de las Cofradías y Hermandades Penitenciales de
nuestra Diócesis de Mondoñedo-Ferrol: Os saludo a todos en el nombre de
Jesucristo, el Señor, y os deseo su gracia y su paz. Me es muy grato
comunicarme con vosotros para animaros a proseguir vuestro camino con la
mirada puesta en Jesucristo y en
la Virgen María,
madre suya y madre nuestra, a quien profesáis particular devoción bajo
las diversas advocaciones que celebramos en la Semana Santa.
Introducción
Hace
tiempo que quería dirigirme a vosotros de manera directa, como pastor,
amigo y servidor de todos. Las Cofradías ocupáis un lugar relevante
dentro de la Iglesia, y los cofrades estáis
llamados a llevar a cabo una misión cada día más necesaria en la misión
eclesial de anunciar a Jesucristo en nuestro mundo. Sin ignorar algunas
limitaciones y carencias, manifiesto mi vivo y sincero reconocimiento a
las Cofradías. Representáis en la vida de la Iglesia un cauce privilegiado
de la piedad popular. Tratáis de fomentar la fraternidad y el
mandamiento del amor entre los miembros. Y servís, en no pocas
ocasiones, como cauce para el apostolado de los seglares. Como
Asociaciones Públicas de fieles de la Iglesia Católica
representáis un movimiento de laicos con capacidad de convocatoria, que
tienen jóvenes en sus filas y que gozan de un fuerte arraigo en el
pueblo. Curiosamente, esto acontece en una sociedad tocada de
secularismo donde se potencia una visión de la vida al margen de la
religión, del pensamiento, de la moral, que se ha convertido en el
emblema fundamental de la democracia moderna. El laicismo combativo, si
pudiera, haría desaparecer nuestras procesiones como manifestaciones
religiosas. Las tolera, sin embargo, porque mueven masas, porque están
incrustadas en la identidad de barrios y pueblos, y porque constituyen
un poderoso reclamo para el turismo que sustenta en buena parte nuestra
economía. Pero intentará vaciarlas de los contenidos cristianos y
alejarlas de su vinculación a la jerarquía de la Iglesia Católica.
No son, creo yo, instancias
ajenas a la Iglesia,
las que han de decir lo que las Cofradías debéis ser o debéis hacer en
el futuro. Porque las Cofradías no sois asociaciones civiles, sino
eclesiales. Sin Jesucristo y sin
la Iglesia no seriáis nada, os quedaríais en algo puramente
estético y costumbrista, vacío de hondura y de verdad. No sois en modo
alguno un mero hecho cultural, ni un elemento simplemente social y
popular, ni una «peña de amigos». Aunque algunos os vean así. No os
dejéis seducir por quienes quieren situaros al margen de
la Iglesia, porque eso
supondría vuestra propia muerte. Aunque tengáis que renunciar a ayudas y
apoyos más aparentes que reales. Tampoco las Cofradías, lo sabéis muy
bien, son para lucimiento de nadie, ni para las genialidades o
protagonismos de nadie, ni deben estar al servicio de ningún interés
particular, ni de ninguna apetencia de poder, de imagen o de apariencia.
Hay que salvar y defender la libertad y autonomía de
la Iglesia sin permitir intromisiones abusivas en su vida
interna. Es, en efecto, a
la Iglesia a quien corresponde organizarse en su vida
interna conforme a sus principios y normas. “Las cofradías –ha dicho el
cardenal Rylko- no son solamente el recuerdo de un pasado glorioso y
benemérito. No son una especie de “piezas de museo” para admirar con
nostalgia. No son tampoco una expresión del folclor religioso para
adornar nuestras fiestas litúrgicas. Las cofradías son una realidad viva
y presente que
la Iglesia mira con
confianza y esperanza”.
I. ¿CÓMO CELEBRAR LA SEMANA SANTA?
En la
sociedad actual, la Semana Santa se ha
secularizado. Algunos la viven como una semana de vacaciones para hacer
turismo o para descansar. Se ha descristianizado poco a poco. Las mismas
procesiones que tanto auge están tomando en muchos lugares no siempre
son signo de religiosidad y de fe, sino expresiones culturales que, por
haber sido vaciadas de su contenido, se quedan en lo puramente estético,
o en sentimientos vagamente religiosos.
Es
necesario recuperar la Semana Santa en toda su
verdad. Cuando hacemos nuestra profesión de fe, cuando recitamos el
Credo, estamos confesando algo realmente inaudito. El Hijo de Dios, por
hacerse en todo semejante a nosotros menos en el pecado, llegó a morir
en una cruz como un maldito. Pero Dios le ha levantado de entre los
muertos y vive para siempre. Se trata de algo verdaderamente
sobrecogedor. Resucitando a Jesús de entre los muertos, Dios nos ha
mostrado su gloria de manera definitiva.
Y todo
esto ha ocurrido y sigue ocurriendo ‘por nosotros’ y para nuestra
salvación. La muerte y resurrección de Cristo no pasaron y se esfumaron.
No son un mero recuerdo. Porque el Crucificado, cuya vida sigue siendo
amorosamente entregada por nosotros, se mantiene vivo para siempre, y
porque El sigue sufriendo en los crucificados de la tierra. En la Eucaristía, que El nos dejó
como memorial de su Pasión, anunciamos su muerte y proclamamos su
resurrección hasta que El vuelva. De
la Eucaristía fluye y en ella confluye toda la Semana Santa. Cristo resucitado nos abre
definitivamente a la esperanza. La losa del sepulcro, con la que se
pretendía borrar su memoria, no lo ha podido retener, nadie ha podido
aplastar la fuerza infinita del amor de Dios que se ha manifestado sin
reservas en la cruz. El Autor de la vida, Jesucristo, Hijo de Dios, vive
para siempre. No busquemos, pues, entre los muertos al que está vivo. Su
humanidad, nuestra humanidad, ha penetrado de manera irrevocable en la
gloria de Dios. ¡Dios quiere que el hombre viva! La victoria de Cristo
es nuestra victoria. Nos urge anunciar a Cristo resucitado de entre los
muertos. No podemos guardar silencio sobre su victoria sobre el pecado y
la muerte, porque es la gran alegría para todo el mundo, la gran
esperanza que los hombres necesitan. En ella puede encontrar todo hombre
razones para vivir y para amar con toda la fuerza del corazón, sin
reserva alguna. Sólo desde la fe se entiende la Semana Santa en su integridad. Sólo con fe se pueden
vivir estos días santos, tan inundados por la presencia del Señor. Sólo
con la Iglesia y desde ella, amándola de verdad, se puede
celebrar la Semana Santa.
No se
debería participar activamente en las procesiones sin prepararse durante la Cuaresma y sin participar en
la celebración litúrgica de los misterios de la Pasión, donde éstos se hacen presencia viva, realidad
palpable en la fe, fuerza realmente salvadora. Aquí se supera la pura
representación. Desfilar en las procesiones o contemplarlas a su paso
por nuestras calles y plazas, reclama sensibilidad ante el drama,
sobrecogedor y gozoso al mismo tiempo, del amor de Dios para con los
hombres. Que los desfiles procesionales sean silenciosos, meditativos,
aptos para la contemplación y la plegaria. Lo que vivís en las
celebraciones litúrgicas, llevadlo a vuestras casas, sacadlo a nuestras
calles en las procesiones y manifestaciones populares bañadas de fe. Que
todo quede marcado por esos misterios.
Para poder
gozar del perdón del Señor, los cofrades estáis invitados de una manera
especial a acercaros al sacramento de la reconciliación. En el
sacramento de la Penitencia se actualiza la
fuerza redentora de la cruz de Cristo, su muerte por nuestros pecados,
la paz que El nos ganó derramando su sangre por nosotros. También estáis
especialmente llamados a comer el Cuerpo y beber la Sangre del Cordero de Dios, inmolado por nosotros para
que tengamos vida eterna y adorarle con sencillez, alegría y esperanza,
participando cada domingo en
la Eucaristía.
Las
Cofradías estáis llamadas a vivir, de manera especialmente fuerte, la
caridad que brota del costado abierto de Cristo y de su Cuerpo entregado
con obras de caridad significativas, con limosnas, con visitas a los
enfermos y a los pobres y desamparados, con prestaciones voluntarias a
los servicios eclesiales de caridad.
La
Semana Santa
en Ferrol y Viveiro se cuentan entre las más populares de España. En
ambas ciudades ha resurgido con gran fuerza en los últimos años. Muchos
habitantes de dichas ciudades participan con entusiasmo y fervor
religioso. Y visitantes llegados desde diversos puntos de la geografía
nacional participan en sus actos, llegando a colapsar las calles que
registran con este motivo la mayor concurrencia del año. Por otra parte,
Mondoñedo, San Martín de Mondoñedo y Ribadeo tratan de recuperar sus
tradiciones referentes a la Semana Santa, debidamente actualizadas. Y en Burela
emergen unas procesiones muy unidas a la liturgia con mayor fuerza cada
año.
Desde 1996
trabaja en Ferrol
la Coordinadora
de Cofradías cuya misión es “dirigir, coordinar y representar la acción
de todas las Cofradías, promoviendo al mismo tiempo la legítima
autonomía de cada una y velando para que su actividad se ajuste a
derecho” (art. 2 de sus Estatutos). No sólo se preocupa de conseguir
recursos económicos para que la Semana Santa ferrolana sea
cada vez más vigorosa, sino que ejerce también un papel importante en la
formación religiosa de los cofrades y la sintonía de las Cofradías con
los órganos diocesanos de Pastoral. Por caminos muy similares discurre
el trabajo de
la Junta de Cofradías de
Viveiro.
II. ¿QUÉ ES UNA COFRADÍA?
La
Iglesia
nos brinda la respuesta a esta pregunta en el Código de Derecho
Canónico. El canon 298 dice que las Cofradías son asociaciones de fieles
aprobadas y erigidas por la autoridad eclesiástica, cuyos fines son
"fomentar una vida más perfecta, promover el culto público o la doctrina
cristiana, o realizar otras actividades de apostolado, a saber,
iniciativas para la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de
caridad y la animación con espíritu cristiano del orden temporal".
Quisiera
que esta Carta fuese para vosotros ocasión de un nuevo descubrimiento
del auténtico tesoro que es la fe y la vida cristiana, en toda su
belleza y en toda su verdad. Así podríamos reflejar en nosotros con más
transparencia el rostro de Cristo, Redentor del hombre. Escribió en su
día Mons. Fernando Sebastián: “La principal batalla que debemos dar para
el vigor y florecimiento de las cofradías no es el esplendor de las
procesiones sino el esplendor de la vida de los cofrades. La honra y el
honor de Cristo y de
la Virgen María
no están en las luces, ni en las flores, ni en los bordados, sino en el
esplendor de la fe, de la piedad, de la pureza y de la caridad de los
cofrades y de los hermanos. Al decir esto no quiero acusaros ni
criticaros, quiero más bien animaros a llevar con alegría esta
responsabilidad y esta honrosa carga de la representación de la bondad
de Cristo y del amor de María en todos los momentos de nuestra vida”.
“Si la vida de los hermanos –añadía- es una vida ejemplar y virtuosa,
las procesiones serán también demostraciones religiosas y no habrá
ningún peligro que derivemos a falsas orientaciones de vanidad
colectiva, o que desdibujemos su contenido... Nuestras procesiones
tienen que ser lo que ha sido siempre el arte religioso y la verdadera
religiosidad popular: manifestaciones de la emoción religiosa interior y
resonancias de las celebraciones litúrgicas, testimonio vivo del amor de
Cristo y de fe que invade y envuelve a cuantos durante el año viven
olvidados de estos misterios de amor y de gracia, catequesis en acción
que enseña que todos somos queridos por Dios, que Cristo ha muerto por
nosotros”.
1. Las
Cofradías en el interior de
la Iglesia diocesana
Las
Cofradías podéis ser una fuerza muy importante dentro de la Diócesis. Sois cristianos y no podéis permanecer al
margen de la marcha de la
Iglesia diocesana y del camino trazado por el Concilio
Vaticano II y las orientaciones de los últimos Papas: el camino de una
nueva evangelización, para poner al mundo moderno en contacto con las
energías vivificantes del Evangelio.
Las
Cofradías sois parte integrante de
la Diócesis y de las parroquias donde estáis ubicadas.
Debéis ser acogidas como realidades diocesanas y estar insertas en la
pastoral diocesana. Como también debéis ser acogidas como realidades
parroquiales, ser incorporadas a la pastoral parroquial y tenidas en
cuenta, en vuestra peculiaridad, en las programaciones pastorales
parroquiales: no podéis ir por libre, al margen de las parroquias, por
vuestra cuenta. La integración de la cofradía en la pastoral parroquial
es mucho más fácil cuando los cofrades participan activamente en
servicios parroquiales, como
la Catequesis, Cáritas, Consejo pastoral, Consejo de
economía, etc… Tan necesario es que las parroquias, los sacerdotes e
incluso el Obispo nos acerquemos con estima y respeto hacia las
Cofradías, como que las Cofradías os incorporéis a la vida comunitaria,
sincronizándoos con las orientaciones actuales de la Iglesia. No sois piezas
autónomas. Sois realidades eclesiales para llevar a cabo la obra común
de la evangelización, impulsada y animada por los legítimos pastores en
comunión con el Papa.
Conviene
que las cofradías incorporen algunos objetivos y acciones del Plan
Pastoral diocesano, arciprestal y parroquial en su propia programación,
expresando y viviendo así la comunión eclesial.
Se deberá
valorar positivamente la función del consiliario y acoger siempre sus
orientaciones y disposiciones en la realización de las finalidades
religiosas y en la formación y en la participación en la pastoral en los
diferentes ámbitos eclesiales.
Os invito
a sumaros al esfuerzo de evangelización en el que estamos comprometidos
todos los cristianos, particularmente en nuestra diócesis. Vivimos un
tiempo sin duda difícil para la fe, pero urgentemente necesitado del
Evangelio. En las Cofradías, de tanta raigambre en nuestras tierras, hay
elementos vivos de fe y de vida cristiana que debemos reconocer y
alentar, para que así lleguen a ser instrumentos eficaces de
evangelización. Para ello es preciso que se revitalicen por una más
honda vida cristiana, por una comunión eclesial cada vez más intensa, y
por un renovado compromiso en la acción apostólica y evangelizadora de la Iglesia.
La
cofradía no puede encerrarse en sí misma, ni remirarse constantemente en
el propio espejo. No se pertenece a sí misma. Es de Cristo y habla de
Cristo; es de la Iglesia y camina con la Iglesia. Los cofrades no
podéis encerraros en vuestros “cenáculos”. En el momento histórico que
vivimos se os pide, que respetando la legítima autonomía de las
realidades terrenas como reclama el Vaticano II (cf. GS, 36), luchéis
para que Dios y su ley moral tengan cabida en esta sociedad. Esto lo
podéis hacer porque las Cofradías en el siglo XXI gozáis de la
credencial de ser instituciones humanizadoras en una sociedad sin alma.
Con este
ánimo me dirijo a vosotros y, desde el comienzo, con el auxilio e
intercesión de la santísima Virgen, imploro del Señor, para todos, el
crecimiento y fortalecimiento de la fe, que es la que da autenticidad a
vuestras actividades y manifestaciones cofrades: que vuestra fe sea
“esclarecida y alimentada continuamente con la escucha y la meditación
de la Palabra
de Dios», con la «oración perseverante, con la recepción frecuente de
los sacramentos, especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía», que hagáis de
la Palabra de Dios y
de la fe «la pauta inspiradora de vuestra conducta en todos los ámbitos
de vuestra existencia cotidiana” (Juan Pablo II en el Rocío).
En palabras de Benedicto XVI:
“con estas condiciones, vuestras cofradías, manteniendo bien firmes los
requisitos de “evangelización” y “eclesialidad”, podrán seguir siendo
escuelas populares de fe vivida y talleres de santidad; podrán seguir
siendo en la sociedad “fermento” y “levadura” evangélica, contribuyendo
a suscitar la renovación espiritual que todos deseamos”.
Si la Cofradía se reduce a lo
cultual, se evade de la realidad, se deshumaniza. Si se reduce a lo
caritativo, se convierte en una entidad asistencial, socializante, fría,
paternalista. El sentido evangelizador y misionero hace que la Cofradía salga de sí misma buscando a los alejados. Y
que se vuelva sobre sí misma y revise su vida interior, sus
celebraciones, sus compromisos, su organización, su manera de celebrar
la eucaristía.
2. Las
Cofradías como asociaciones eclesiales
¿Cómo
llevar a cabo todo esto en las Cofradías? Contribuyendo de manera
decidida y de una vez por todas a ser lo que, por verdad y naturaleza,
os corresponde ser: asociaciones eclesiales de fieles cristianos laicos,
instituciones de Iglesia, que están dentro y forman parte de ella. Para
ello, habréis de tener siempre en cuenta la fe y las enseñanzas de la Iglesia. Considerad
de manera particular las enseñanzas del Concilio. Y tened especialmente
presentes las enseñanzas del Papa Juan Pablo II en su Exhortación
Apostólica “Los fieles cristianos laicos”, y cuanto el Papa Benedicto
XVI está diciendo a los fieles laicos.
Las Cofradías sois
asociaciones de cristianos con unas finalidades religiosas[3].
Por tanto, debéis ser asociaciones canónicas y no civiles. Debéis ser
aprobadas por el Obispo diocesano y estar reguladas por las normas
canónicas y los propios Estatutos. La doble naturaleza, canónica y
civil, os puede ocasionar graves dificultades, ya que tendríais dos
Estatutos diferentes y dependeríais de dos jurisdicciones distintas[4].
Surgidas,
pues, de la fe y animadas por ella en su tradición, las Cofradías habéis
de ser realidades vivas. No nos interesa que seáis trasmisoras de un
pasado muerto ni que viváis exclusivamente de nostalgias. Lo que carece
de fe pronto se convierte en mero gesto exterior, ritualista y
superficial. Las Cofradías hoy necesitáis ser tan vivas, tan verdaderas,
religiosamente, como lo hayan podido ser en los mejores tiempos. Sólo
así, cargadas de vida cristiana en medio de vuestra sencillez, podréis
ofrecer un rostro vivo del Evangelio de Jesucristo.
3. Con
elementos comunes y específicos
Cada
Cofradía o Hermandad tiene unos fines específicos; por eso son
diferentes. Pero a todas ellas les ha de animar unos elementos de vida
comunes. Son, por lo demás, los elementos que animan a toda
la Iglesia, a
cualquier realidad eclesial, a toda comunidad como a todo movimiento o
asociación de fieles. Son elementos que, hoy, tiempo de renovación
profunda, suscita y reaviva el Espíritu Santo y que discurren con
especial fuerza desde el concilio Vaticano II. Por ello, sin traicionar
en modo alguno los fines específicos, al contrario para propiciar el que
puedan llevarse a cabo, os pido a todas las Cofradías, a todos los
cofrades, hermanos y hermanas, que seáis como
la Iglesia quiere que
sean actualmente todas las asociaciones de fieles cristianos:
–escuelas
de formación cristiana para todos, sobre todo a través de una
adecuada catequesis, de los novenarios y otros actos de piedad, más aún,
de otras actividades de formación, sobre todo en el campo de la doctrina
social de la Iglesia;
–ayuda
y aliento para la vida cristiana de sus miembros, espacio
comunitario donde se ore y se estimule la participación real y efectiva
de todos sus miembros en los sacramentos y se fomente la vida espiritual
de los asociados;
–ámbito
en el que se viva el mandamiento nuevo del amor a través de la
fraternidad y ayuda mutuas de sus miembros entre sí y de la solidaridad
con los demás, especialmente con los más necesitados: lugar y escuela de
caridad cristiana; que todas las Cofradías tengan bien planteado y
realizado el ministerio de la caridad;
–testimonio
vivo y ejemplo de vida cristiana en el mundo, en la vida diaria de
la calle, del trabajo, de la profesión. Presencia real de la fe en
Cristo en la familia, en las realidades sociales, económicas, políticas,
culturales;
–ámbitos
donde se viva la comunión eclesial con el Papa, con los Obispos y
los presbíteros de las respectiva diócesis y parroquias en las que están
insertas;
-estructuras
eclesiales al servicio del apostolado y la evangelización de los
laicos.
Al mismo
tiempo, y de manera inseparable, es necesario asumir el actual
“dinamismo de revitalización de la vida eclesial”, suscitado y alentado
por el Espíritu Santo en estos tiempos posteriores al Concilio y
abiertos al tercer milenio del cristianismo, que se caracteriza ‘por
algunas exigencias connaturales’ a la misión de
la Iglesia y planteadas hoy con especial vigor:
-» una
renovación, personal y comunitaria, de la experiencia de encuentro y
seguimiento de Jesucristo, conforme a la vocación universal a la
santidad;
-» un
renovado sentido de pertenencia a
la Iglesia en cuanto misterio de comunión, fundada y
siempre renovada por los ministerios y carismas que le regala el
Espíritu Santo mientras vive en la historia;
-» una
‘nueva evangelización’ que se comunique desde un ímpetu misionero en
todas las situaciones, ambientes y culturas, siguiendo la ‘vía del
hombre’, para abrir a Cristo su corazón y todas las dimensiones de su
existencia y convivencia;
-» un renovado compromiso de
presencia, solidaridad y servicio de los cristianos, que sea expresión
de la fecundidad de la caridad al encuentro de las necesidades humanas,
del empeño en el combate por defender y promover la dignidad de las
personas, las familias y los pueblos, a la luz de la renovada y
relanzada doctrina social de la Iglesia»
4. En la Iglesia, hogar y escuela de
comunión
Permitidme
igualmente que insista en otro aspecto particularmente importante para
todo cristiano y para toda institución de Iglesia: me refiero a la
dimensión eclesial y de comunión que es connatural a nuestra existencia
cristiana y que, con la gracia del Espíritu Santo, debemos entre todos
mantener y fortalecer. Sabéis muy bien, como cristianos que sois, que la
fe cristiana, tiene una dimensión esencialmente eclesial: creemos
dentro de la Iglesia, con la fe de
la Iglesia y en
Iglesia. Creemos en el misterio de la Iglesia; somos agregados por el bautismo al cuerpo
eclesial de Cristo; la vida de fe nos lleva a participar de la misión
que Cristo ha confiado a su Iglesia, sujeto de la misión. Se trata de
una comunión de vida y misión que se sustenta y expresa en la profesión
del mismo Credo, en la participación en los sacramentos y en la práctica
de la vida cristiana conforme a los mandamientos de Dios. Cuando
hablamos de comunión hablamos de comunión en la fraternidad, vivida la
vida ordinaria, en la familia, en la parroquia, en las diversas
Asociaciones y Hermandades; comunión también en la diversidad por la
complementariedad, mutua aceptación y reconocimiento de los diversos
carismas y dones que el Espíritu suscita en
la Iglesia y para su edificación.
"La
pertenencia a las cofradías y asociaciones piadosas es una forma de
estrechar los lazos de pertenencia a
la Iglesia, y un nuevo
motivo para sentirse llamado a vivir más plenamente las exigencias del
Bautismo, por el que todo cristiano ha sido incorporado a Cristo. El ser
'cofrade' debe llevar consigo una práctica fiel y constante de los
deberes de un miembro vivo de
la Iglesia, consciente y adulto. A un cofrade se le deben
pedir, además de los mínimos que
la Iglesia señala para
todos los cristianos, un especial respeto y amor al nombre de Dios, la Virgen y los santos, la
participación habitual en
la Eucaristía del domingo y la frecuencia de los
sacramentos de
la Penitencia y de
la Comunión, y un
modo de vida coherente con la moral católica" (DRP 150),
Juan Pablo II nos dejó esta
importante y programática afirmación: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de
la comunión: este es el gran reto que tenemos para el milenio que
empieza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también
a las profundas esperanzas del mundo”[6].
Ante la
creciente realidad del individualismo y de la competitividad que van
aislando cada vez más a las personas como si fueran islas, nuestra
sociedad tiene la necesidad de
la Iglesia como casa y
escuela de comunión. La globalización económica y social en constante
proceso de crecimiento, si no es solidaria, en vez de conducir a la
unión de los pueblos entre sí, contribuye a intensificar la separación
entre Norte y Sur en el mundo. Las esperanzas más profundas de los
hombres y mujeres de nuestro tiempo están centradas en la paz, en la
fraternidad, en la solidaridad, en la acogida, en la comprensión, en el
perdón, en una palabra, en el respeto auténtico y eficaz de la dignidad
de la persona humana. Cuando decimos que la Iglesia debe ser casa y escuela
de comunión y de misión, estamos diciendo implícitamente que cada
institución que forma parte de
la Iglesia también lo debe ser. Convirtiéndose en casa y
escuela de comunión y de misión, cada Cofradía es fiel al designio de
Dios y responde también a las profundas esperanzas del mundo.
El II Congreso de Cofradías de
Cataluña pidió a estas instituciones “practicar y profundizar la
espiritualidad propia de las Cofradías, congregaciones y hermandades,
que se fundamenta en la gratuidad, la fraternidad y la misericordia,
hasta convertirse en el estilo de vida de los miembros de cada
agrupación”[7].
Así pues,
el amor debe ser la primera y principal finalidad de cada cofradía de
Semana Santa, ya que los misterios de la pasión y muerte de Jesucristo
son una expresión patente del amor infinito y misericordioso de nuestro
Salvador hacia toda la humanidad. Cuando una Cofradía realmente se
esfuerza en ser una casa y escuela de comunión, es cuando da un
testimonio auténtico del acompañamiento de Jesucristo siempre, pero
especialmente en los momentos más importantes de su obra redentora.
Pertenecemos a la Iglesia como fruto de la
comunión de fe, de esperanza y caridad de la que Dios nos hace
partícipes en ella y a través de ella, y de la participación en su
misión. Esta comunión está vertebrada por el Espíritu Santo y por los
sacramentos, singularmente de
la Eucaristía y del
ministerio ordenado: nuestra comunión es con el Papa y con los Obispos,
Sucesores de Pedro y los demás Apóstoles, ellos son la garantía y
cimiento de nuestra comunión. Los presbíteros, ministros que participan
de la sucesión apostólica por su vinculación sacramental y colaboración
especial a los Obispos, son fundamentales para mantenernos todos en esta
comunión; ellos, en comunión con los Obispos y el Papa, son maestros y
pastores del pueblo de Dios; los párrocos son colaboradores del
ministerio de los Obispos. Por todo ello, esta pertenencia nuestra de
los cristianos a la Iglesia es en la diócesis, y a través de las
parroquias o comunidades estables.
Las
asociaciones de fieles cristianos, las Hermandades, sois ámbitos
específicos que participáis, conforme a vuestras peculiaridades, de la
vida y misión de la Iglesia; os caracterizáis por
la complementariedad, nacéis de
la Iglesia y vivís en ella, lográis vuestros fines en la
medida en que vivís en la
Iglesia; lleváis a
la Iglesia. Por esto es necesario que cultivéis este
sentido eclesial, el amor a
la Iglesia, la pasión por ella; que os sintáis
profundamente unidos a la Iglesia. El hecho de ser
miembro de una Cofradía debe ayudar a amar más y más a la Iglesia. Esta es nuestra
Madre que nos ha engendrado por el bautismo a la vida de hijos e hijas
de Dios y la alimenta constantemente con
la Palabra revelada y los sacramentos. Sin la Iglesia los cristianos no
tendríamos lo que Dios nos ha dado a través de ella: la fe, la
revelación, los sacramentos de vida nueva.
5. Las
cofradías, mediación para la evangelización
La comunión es para la misión.
Hay una profunda relación entre Cristo, la Iglesia y la evangelización. Durante este “tiempo de
la Iglesia”, es ella
la que tiene la misión de evangelizar. Esta tarea no se consigue sin
ella y, todavía menos, en contra de ella. Existe la contradicción de
separar a Cristo de
la Iglesia, queriendo
amar a Cristo pero sin
la Iglesia. Esta dicotomía aparece netamente como un
absurdo en estas palabras de Jesús recogidas en el Evangelio: “Quien os
rechaza a vosotros, me rechaza a mí”[8].
El Papa
Benedicto XVI, en tiempos de apostasía silenciosa y olvido de Dios, os
dice: “En la época de grandes cambios que estamos atravesando,
la Iglesia… os necesita también a vosotros, queridos
amigos, para llevar el anuncio del Evangelio… a todos, recorriendo
caminos antiguos y nuevos”. “Vuestras beneméritas cofradías, arraigadas
en el sólido fundamento de la fe en Cristo, con la singular
multiplicidad de carismas y la vitalidad eclesial que las distingue, han
de seguir difundiendo el mensaje de la salvación en medio del pueblo,
actuando en las múltiples fronteras de la nueva evangelización”. Os pide
también que fortalezcáis vuestra presencia confesante en la vida
pública, con coraje y sin complejos, “siendo en la sociedad "fermento" y
"levadura" evangélica, contribuyendo a suscitar la renovación espiritual
que todos deseamos” y resistiendo a la tentación de huir del mundo,
buscando transformarlo desde dentro y ordenando las realidades
temporales según el plan de Dios. Por mi parte, estoy convencido de que
si las Cofradías se toman en serio su compromiso apostólico, pueden
aportar una extraordinaria riqueza a
la Nueva
Evangelización a la que todos estamos convocados.
El
cristiano cofrade no es un ser un solitario, sino solidario; un hermano,
que sabe trabajar en equipo, que participa en la vida de la parroquia,
que se implica en la catequesis, en la vida litúrgica, en
la Caritas parroquial, o en el Consejo de Pastoral
parroquial, compartiendo sus dones con sus otros hermanos cristianos. En
la diócesis y en la parroquia no sobra nadie. No cabe, pues,
automarginarse. Tampoco podemos actuar como francotiradores. Todos somos
necesarios a la hora de anunciar a Jesucristo a nuestros hermanos. Hoy
más que nunca, por la peculiar situación que está viviendo
la Iglesia en España, es preciso robustecer nuestra mutua
comunión, aunar fuerzas y trabajar unidos con los sacerdotes, con los
miembros de las otras cofradías, evitando celotipias, protagonismos y
todo aquello que puede dañar o debilitar la comunión.
6. Las
Cofradías, mediación para la formación
El Papa
pondera mucho en su discurso la necesidad de la formación y os invita a
multiplicar las iniciativas y actividades para propiciarla. Tales
iniciativas puede protagonizarlas cada una de las Cofradías en
solitario. ¡Qué hermoso sería, sin embargo, que en una misma ciudad se
unieran varias Cofradías, a través de la Coordinadora o de
la Junta de Cofradías,
para programar actividades formativas! Lo importante es que vuestras
Cofradías, bajo la guía del Consiliario y nunca sin su consejo, se
conviertan cada día más en escuelas de formación de un laicado maduro y
misionero, capaz de responder generosamente a los desafíos dramáticos
que la Iglesia debe afrontar en nuestra época.
“Con el objetivo de responder
a las grandes expectativas de
la Iglesia, ha manifestado el cardenal Rylko, las Cofradías
deben afrontar con seriedad la importante tarea que el siervo de Dios
Juan Pablo II confiara a todas las asociaciones laicales: tender hacia
la “madurez eclesial”. En efecto, la madurez no se obtiene de una vez
para siempre. Cada generación está llamada a alcanzarla nuevamente para
sí, por lo tanto también la vuestra. Pero ¿qué significa en concreto
“madurez eclesial”? El mismo Pontífice nos sugiere la respuesta en la
exhortación apostólica Christifideles laici (n. 30), indicando
cinco criterios fundamentales de discernimiento. Mencionamos brevemente
estos criterios de evaluación de la madurez eclesial de las asociaciones
laicales: ante todo la primacía dada a la vocación de todo cristiano a
la santidad, es decir el «“alto grado” de la vida cristiana ordinaria» (Novo
millennio ineunte, n. 30); la obediencia incondicionada al
Magisterio de la Iglesia, tanto en la doctrina como en la praxis de la
vida cotidiana; la dócil obediencia y la comunión sincera con los
Pastores en las diócesis y parroquias; el compromiso efectivo en la
misión de la Iglesia de anunciar a Cristo en
un mundo indiferente frente a la fe, que pretende vivir como si Dios no
existiese; finalmente, la presencia incisiva en la sociedad, resistiendo
a la tentación de huir de ella y buscando transformarla desde dentro
como fermento con el espíritu evangélico. Siguiendo estos principios
fundamentales, vuestras Cofradías se convertirán realmente en escuelas
de formación de un laicado maduro y misionero, capaz de responder
generosamente a los desafíos dramáticos que
la Iglesia debe
afrontar en nuestra época. Para llegar a esta madurez, las Cofradías
fieles a su carisma, deberán evitar cualquier forma de contraposición en
el seno de
la Iglesia, así como
huir de toda tentación de aislamiento, de cerrarse en sí mismas, de
auto-referencialidad. Estas deben insertarse orgánicamente, en espíritu
de comunión y colaboración, en el tejido vivo de las diócesis y
parroquias. Cristo aún hoy nos exhorta a todos nosotros: «Vosotros sois
la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo…» (Cfr. Mt 5, 13.
14); «Id por todo El mundo y proclamad
la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15). Por ello,
este Congreso asume también el significado de un renovado envío
misionero por parte de
la Iglesia a los que
participáis en él. Sois una extraordinaria riqueza para realizar la
nueva evangelización. Estoy seguro que durante el Congreso cada uno de
vosotros se unirá al profeta para decirle al Señor: «¡Heme aquí,
envíame!» (Is, 6, 8)”
(Cardenal Rylko).
La
formación adecuada es absolutamente necesaria en los responsables de la Cofradía. Es necesario que
haya un deseo y una voluntad de participar en las ofertas de formación.
Hay que animar a todas las cofradías para que se dediquen a esta
finalidad de la formación de sus miembros. Es una colaboración valiosa a
la evangelización, a la catequesis y a la iniciación cristiana.
El trabajo
de formación, de preparación y de realización de un servicio eclesial en
la comunidad cristiana o en la sociedad implica que quien lo realiza
pueda disponer de un acompañamiento continuado. Animo a los consiliarios
de las cofradías a realizar con generosidad este ministerio de formación
y acompañamiento.
Todas las
cofradías tienen que valorar la calidad de sus miembros y no la
cantidad, si quieren ser eclesiales y mantener siempre el espíritu y el
prestigio que deben tener como instituciones de
la Iglesia que son.
7. Las
Cofradías, mediación para el culto y la espiritualidad laical
Las
Cofradías habréis de llevar a cabo vuestras finalidades propias y
peculiares de cada una en toda su autenticidad y actualidad, teniendo
siempre presente que estas finalidades nacen y se fundamentan en la vida
y misión de la Iglesia. Como entidades que buscan de manera muy
principal el culto a Cristo Crucificado o algún misterio de la Pasión del Señor, a la Eucaristía, a la Santísima Virgen María
en sus diversas advocaciones o a algunos de los Santos y Santas del
cielo, ese culto, como nos pide Jesucristo en el Evangelio ha de ser un
culto en espíritu y en verdad. De eso se trata cuando hablamos de
autenticidad: los cristianos practican un culto espiritual que se da en
el corazón, en la vida. No podemos arriesgarnos a que El Señor nos diga:
«Me honráis con los labios, con esplendores externos, con
manifestaciones que quedan en la superficie, pero no con el corazón, con
una vida cristiana coherente con el Evangelio, con una verdadera caridad
y servicio hacia los hombres».
Hay que evitar un culto
separado de la fe. Esto sucedería si las Cofradías se apasionaran por el
culto procesional, realizado incluso de manera impecable, pero no
tuvieran interés por
la Palabra de Dios,
que debe iluminarlo e introducirlo. “Las Hermandades pueden ser una
buena ayuda, un soporte para la educación de la fe y la práctica
religiosa. Pero ni suplen ni agotan todo lo que supone ser cristiano y
vivir en la Iglesia”[10].
Promover el culto público no significa limitarse a los desfiles
procesionales, que, por otro lado, no son más que una prolongación de
otra realidad más esencial que tiene lugar en las celebraciones. Juan
Pablo II ha afirmado que “desligar la manifestación de religiosidad
popular de las raíces evangélicas, reduciéndola a una expresión
folklórica o costumbrista, sería traicionar su esencia verdadera”[11].
El culto
cristiano va unido a la vida. No puede quedarse en un formalismo
religioso vacío de una proyección de compromiso cristiano que se
manifiesta en la práctica de la caridad, en la animación cristiana del
orden temporal, es decir, en la coherencia entre fe y vida.
No puede existir un culto
separado de la Iglesia,
ya que la última finalidad del culto es reunir en un mismo pueblo a los
hijos de Dios dispersos por el pecado[12],
de manera que “escuchando la Palabra de Dios y participando
en la eucaristía, rememoren
la Pasión [...] y den gracias a Dios, que los ha devuelto a
una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los
muertos”[13].
Cuando una
Cofradía venera a una imagen de Cristo Crucificado, en su Pasión, o
resucitado o en alguno de sus misterios, cuando venera a la Santísima Virgen en alguna de sus advocaciones o a los
santos es para identificarse más con Jesucristo, o con la Virgen María o con los
santos invocados. Es para vivir intensamente la devoción, la gratitud,
los sentimientos de Cristo, de Nuestra Señora o de los santos, en la
oración y en la fidelidad a Dios que en ellos se nos hace patente.
Las
manifestaciones exteriores -procesiones, pasos, imágenes, etc.- han de
responder a este espíritu y han de ser una auténtica manifestación de la
fe y una llamada para quienes las contemplen a que se unan a los mismos
sentimientos que inspiran aquellas manifestaciones. Todas estas
manifestaciones externas, cuando surgen de una fe viva, cuando son
expresión de verdadera devoción, cuando van acompañadas de oración y
buenas obras, constituyen un interrogante para los que las observan, una
llamada a la fe.
Que, por
ejemplo, los que vayan en las procesiones desfilando expresen de verdad
que la muerte de Cristo en
la Cruz es la puerta de
la salvación para el mundo, y que lo hagan de manera que eso se
transmita, se entienda, llegue al corazón de los que asisten desde las
aceras de las calles.
Se trata
de ir caminando, dando pasos poco a poco, pero sin detenernos. El tiempo
apremia. Vivimos en una situación en que no podemos dormirnos en los
laureles o encerrarnos en algunos asuntos que, aun siendo importantes,
no son lo principal. Lo principal es evangelizar y para eso revitalizar
nuestra vida cristiana personalmente y la vida de las diferentes
instituciones eclesiales y, por tanto, también de las Cofradías.
8. Las Cofradías, mediación para la caridad
"El culto,
aunque constituya la finalidad principal de una cofradía o asociación
piadosa, no puede absorver todas las energías. Más aún, la autenticidad
del culto se verifica también en la práctica real del amor fraterno y de
los compromisos a que debe conducir la participación en los actos
litúrgicos y piadosos. Los miembros de la cofradías no pueden vivir hoy
de espaldas a la misión de la Iglesia y a las necesidades de
los hombres [...] A nivel institucional y corporativo, las Cofradías y
Asociaciones piadosas deberían destinar una parte proporcional, no
meramente simbólica, de sus ingresos para obras de promoción humana y de
caridad, llevadas a cabo por las mismas asociaciones o por las
instituciones ya existentes en
la Iglesia y en la
sociedad. No se puede olvidar que la imagen más perfecta de Dios es el
hombre, y Cristo está presente en los hermanos más necesitados (Mt
25,40.45)" (DRP 160)
Sería un contrasentido grande celebrar la Semana Santa en medio del despilfarro insolidario o en
una actitud que delata una preocupación por salvar lo propio y
despreocuparse de las necesidades ajenas cuando la fila de los parados
crece sin parar, cuando tantas familias sufren verdadera angustia por
falta de trabajo y tantos jóvenes se esfuerzan en vano por encontrar un
primer empleo, cuando se están viviendo a nuestro alrededor situaciones
de pobreza que se hacen insostenibles y que desgarran la familia o
cuando existen tantos millones de hermanos que pasan hambre, víctimas de
nuestra injusticia o de nuestra insolidaridad. Celebrar cristianamente
la Semana Santa reclama de todos misericordia ante toda
miseria humana, valor y fuerza para un compromiso solidario frente al
hermano solo y desamparado, ayuda para mostrarnos disponibles ante quien
se siente explotado y deprimido. Celebrar
la Semana Santa, como venimos diciendo hasta la saciedad,
es celebrar el Amor de Dios entregado de manera irrevocable en su Hijo
que muere en el Calvario y resucita para nuestra salvación.
Por esto, celebrar con verdad
la Semana Santa exige de las Cofradías, en conformidad con
su identidad más propia, una conciencia más honda y concreta de las
graves consecuencias que la pérdida o la tibieza de la conciencia moral
solidaria tiene en la vida personal, comunitaria y social. Celebrar en
cristiano los misterios santos que se contemplan esos días exige de los
cofrades, como de todos los cristianos, una radical renovación personal
y social capaz de asegurar justicia, solidaridad y transparencia. Para
el cristiano, celebrar la semana santa reclama y exige compartir con una
audacia grande que sólo puede brotar de haber acogido y creído en el
amor desbordante de Dios que se despoja de todo y se rebaja hasta la
muerte y una muerte de Cruz.
Ponderaba
el Papa Benedicto XVI en un discurso a
la Confederación de Cofradías de las diócesis de Italia la
dimensión caritativa de las Hermandades. Haciendo honor a su nombre, “se
han distinguido [por sus] muchas iniciativas de caridad en favor de los
pobres, los enfermos y los que sufren, implicando a numerosos
voluntarios, de todas las clases sociales, en esta competición de ayuda
generosa a los necesitados”. No olvidemos que cuando las Cofradías
comenzaron a surgir en la Edad Media, aún no existían
formas estructuradas de asistencia pública que garantizaran los
servicios sociales y sanitarios a los sectores más débiles de la
sociedad. Hoy esa finalidad sigue vigente porque, a pesar del aumento
del bienestar económico, todavía quedan muchas bolsas de pobreza y, por
tanto, queda mucho por hacer en el campo de la solidaridad. Pero subraya
el Papa que las Hermandades “no son simples sociedades de ayuda mutua o
asociaciones filantrópicas”. Son asociaciones de cristianos que quieren
vivir el Evangelio, a cuya entraña más profunda pertenece el ejercicio
de la caridad y el servicio a los pobres, “por amor a Dios y por amor a
los hermanos, que es el signo distintivo y el programa de vida de todo
discípulo de Cristo, así como de toda comunidad eclesial”, puesto que
como nos dice San Juan en su primera carta, “no podemos decir que amamos
a Dios a quien no vemos, si no amamos al prójimo a quien vemos”. Sé que
muchas de vuestras Hermandades se toman muy en serio este rasgo de
vuestra verdadera identidad. Y me produce una gran alegría. Pienso, sin
embargo, que es necesaria una mayor cooperación y coordinación entre las
Hermandades para emprender juntos proyectos comunes ambiciosos,
especialmente cara al Tercer Mundo.
Evitar
cualquier forma de antitestimonio y escándalo que pudieran darse en el
funcionamiento de las entidades, en las personas que las dirigen o en el
uso que se haga de los bienes. "Con el tiempo las cofradías han
conseguido crear un patrimonio económico y artístico que les lleva en
ocasiones a realizar gastos cuantiosos en los actos de culto,
especialmente en las procesiones. Otras veces es el pueblo el que quiere
esa suntuosidad, y son los mismos fieles los que se desprenden de joyas
y de dinero para el culto y el adorno de las imágenes y de los
santuarios. Por eso, para evitar la extrañeza de otros cristianos y la
deformación de los propios miembros de la cofradía, sería deseable que,
una vez alcanzado un cierto nivel estético, se procurasen adecuar los
gastos a las necesidades reales del culto dentro de un espíritu de
austeridad evangélica y atendiendo también al entorno social" (DRP 153).
Con todo,
esto no significa que podáis descuidar el cultivo de la vida espiritual
y de la vida interior que es el motor de todas las demás actividades. En
este sentido, afirma el Papa: “para comunicar a los hermanos la ternura
providente del Padre celestial es necesario surtirse en el manantial,
que es Dios mismo, mediante momentos prolongados de oración, mediante la
escucha constante de su Palabra y mediante una existencia totalmente
centrada en el Señor y alimentada con los sacramentos, especialmente
la Eucaristía”. Sin
un amor profundo al Señor, cultivado en la oración, es imposible
mantener por mucho tiempo los compromisos fraternos y de servicio. Nunca
podremos, en definitiva, amar a los pobres como Dios los ama. El Papa
desea que las Hermandades y Cofradías continúen “siendo escuelas
populares de fe vivida y talleres de santidad”.
“Las cofradías –reconoce el
cardenal Rylko- han sido también ámbitos de diaconía de la caridad,
siempre creativos y previsores. Han sabido responder a tiempo y con
eficacia a los continuos desafíos y necesidades con los que en su
momento, a lo largo de la historia el mundo ha interpelado a la Iglesia. Esta urgente tarea se presenta también hoy a
vosotros: ¡Servir a la misión de
la Iglesia en nuestros tiempos! “.
9. Las Cofradías y la liturgia y la piedad popular
Sin
embargo, teniendo en cuenta los objetivos específicos de las cofradías
de Semana Santa, la formación tiene una relación directa con los
contenidos de la liturgia. Debemos resaltar las relaciones entre la
liturgia y la piedad popular, ya que las cofradías están íntimamente
relacionadas con esta piedad.
No podemos
olvidar que estas cofradías se proponen contribuir a la celebración
religiosa relacionada con los misterios de la pasión, muerte y
resurrección de Jesucristo, con contenidos y en ambientes propios de la
piedad popular. Por este motivo es importante hablar brevemente de las
relaciones entre la liturgia y la piedad popular y procurar también una
buena formación litúrgica de los cofrades, especialmente de los que
asumen responsabilidades de gobierno en la Cofradía.
La liturgia y la piedad
popular son dos expresiones legítimas de culto cristiano, aunque no son
homologables. Ambas no se deben oponer, ni equiparar, sino armonizar.
Liturgia y piedad popular son, por tanto, dos expresiones populares que
se tienen que poner en contacto mutuo y fecundo; en todo caso, la
liturgia tiene que constituir el punto de referencia para encarrilar con
lucidez y prudencia los anhelos de oración y de vida carismática que se
encuentran en la piedad popular, y, por su parte, la piedad popular, con
sus valores simbólicos y expresiones, podrá proporcionar a la liturgia
algunas coordenadas para una inculturación válida y estímulos para un
dinamismo creador eficaz[15].
III. EL SERVICIO DE LOS PASTORES: EL
OBISPO Y LOS SACERDOTES
Es
necesario que seáis atendidas por vuestro Obispo con toda solicitud
pastoral. He de velar por vosotros, para que contéis con las ayudas que
necesitéis en vuestra vida de fe y en las responsabilidades, legítimas y
peculiares exigencias, y en las tareas asociativas cofrades.
Igualmente
es necesario que esto mismo lo encontréis en los sacerdotes. Pido desde
aquí a todos que os atiendan, que seáis objeto de su solicitud y caridad
pastoral. Necesitáis los sacerdotes consiliarios en vuestras respectivas
parroquias, como parte de las mismas parroquias; sin consiliarios que os
atiendan no seriáis capaces de llevar a cabo las exigencias de
formación, de oración y celebración, de impulso y aliento evangelizador
que pesan sobre vosotros.
Es cierto
que, en ocasiones, surgen desconfianzas, distancias y aun tensiones
entre Cofradías y sacerdotes. Es necesario superarlas. Los hermanos y
hermanas cofrades sois miembros amados de
la Iglesia y debéis ser acogidos como lo que sois en
la Iglesia, con toda amplitud, con toda solicitud y amor
hacia cada uno de vosotros. Vosotros, por vuestra parte, debéis acoger,
ayudar y colaborar codo con codo con los sacerdotes, como les
corresponde a su misión de pastores, imprescindibles para que haya
Iglesia. Si algunas veces surgen esas tensiones o se dan algunas
reservas, es necesario superarlas en seguida, mirar hacia adelante,
puesta la mirada en las exigencias de comunión, de fraternidad, de
diálogo, de colaboración, de trabajo en la común obra de evangelización
de nuestro mundo. Si, en algunos momentos, han surgido incomprensiones
es preciso abrir una nueva época: la época del entendimiento, de la
confianza, de la valoración mutua, de la estrecha colaboración. “Que
todos seamos uno!”, como pide el Señor.
1.
Estatutos renovados
La
relación del obispo con cada una de las cofradías durante el proceso de
aprobación y durante su vida y actividad es una auténtica garantía para
estas instituciones y para todos sus miembros. El pastor diocesano debe
aprobar los Estatutos de las Cofradías. Los Estatutos se deben observar
siempre porque son una garantía para la propia Cofradía y también para
todos sus miembros, que se entregan con interés y generosidad a
la Cofradía.
Como
asociaciones eclesiales, que cultivan el sentido de pertenencia a la Iglesia, su amor hacia ella y su comunión con ella,
habréis de guardar celosamente vuestra identidad, rigiéndoos por
vuestros propios Estatutos debidamente aprobados por la Iglesia, y, por lo mismo, vuestra independencia y
libertad, que no puede ser instrumentalizada por nada ni nadie ajeno a
la misma Iglesia. Puesto que vuestros fines y contenidos son religiosos
y no culturales, el patrimonio artístico no altera vuestra propia
identidad cristiana y eclesial. Los recursos de las Cofradías habrán de
estar al servicio de su vida y misión eclesiales. La gestión económica
habrá de inspirarse en la enseñanza moral de
la Iglesia, guiada por
una coherente jerarquía de valores, entre los que destaca la caridad
cristiana, obra y don del Espíritu. A este respecto, es preciso valorar
las necesidades y las actividades de conformidad con sus fines y
procurar administrar rectamente los recursos, siempre con el sentido de
austeridad evangélica y caridad cristiana, a tenor de las normas
canónicas.
Los Estatutos al paso de los
años pueden quedar desfasados. Esta es una realidad que han
experimentado con el paso del tiempo muchas asociaciones. "La
promulgación del Código de Derecho Canónico de
1983 ha
hecho necesario adecuar la legislación diocesana y los Estatutos de las
Cofradías y Asociaciones piadosas a la nueva legislación general de la Iglesia. Junto a esta
tarea se han actualizado los reglamentos y se han revisado los libros
devocionales que contienen las prácticas de piedad obligatorias o
aconsejadas para los cofrades"(DRP 157). Está prevista la actualización
de los Estatutos en sus artículos. Hay que tener presente que las
modificaciones de los Estatutos, aun aprobadas por la asamblea general
de la Cofradía, no entran en vigor hasta que han sido
aprobadas por la autoridad eclesiástica competente. Esta es una medida
sensata que establece la normativa canónica en bien de las asociaciones
y como expresión de la comunión eclesial[16].
Es muy importante que en las
celebraciones de asambleas generales y de otros órganos de gobierno de
las cofradías, los dirigentes tengan a mano – además del libro por
antonomasia para los cristianos, que es
la Biblia – los Estatutos, y que antes de tomar decisiones
o de realizar elecciones, que están reguladas en los estatutos, se lean
los artículos pertinentes para que se actúe siempre de acuerdo con lo
que es la norma constitucional de
la Cofradía. Para decirlo de una manera gráfica, en la mesa
de la presidencia debe haber dos libros: la Biblia y los Estatutos[17].
2.
Nuevos cofrades
¿Hay una
fisonomía eclesial del cofrade? En los que forman las Cofradías
penitenciales o aspiran a ser sus miembros deberían confluir algunos
rasgos cristianos específicos. El alma que impulsa y unifica la
actividad del cofrade es la fe cristiana y la devoción personal, por
supuesto siempre dispuesta a madurar. En la pertenencia a una Cofradía
debe haber siempre un sentido de Iglesia. Todo cofrade, que significa
hermano, a la luz de la historia más genuina de las cofradías, debe
tomar parte en alguna actividad de carácter caritativo-social y en un
proceso de formación inicial o permanente. Ser cofrade es algo muy digno
que debe abarcar la vida entera. Pero en algunas ocasiones muchos llevan
el nombre de cofrade y luego se olvidan de vivir de forma coherente con
lo que significa tal nombre.
El cofrade
que, consciente de su identidad y de lo importante que es seguir a
Jesucristo, se une a otros hermanos con idéntica inquietud para la mutua
ayuda en orden al crecimiento espiritual y al apostolado:
Es un
cristiano consciente y responsable.
El cristiano es el discípulo de Cristo, es decir, el que por la fe
reconoce a Jesucristo como Dios y hombre verdadero, que ha venido al
mundo para salvarnos y cuya vida y palabra dan sentido a la vida
Es
discípulo de Cristo.
Significa estar aprendiendo constantemente de El. Leer con frecuencia el
Evangelio. Empeñarse en una formación permanente, no necesariamente
académica y complicada. Pero sí asidua. Quien no se toma en serio
profundizar en el conocimiento y seguimiento de Jesucristo, acaba por no
entender lo que distingue al cristianismo de otras religiones y creer
que lo importante es no hacer mal a nadie.... El Catecismo de la Iglesia Católica puede ser un buen instrumento.
Es
peregrino del amor.
Dios que es amor, ha creado todo por amor. Por eso el hombre que ama,
vive. Y está llamado a vivir, en la medida de lo posible, en la
comunidad de amor del Dios trino. El amor crea relación, comunicación.
Ser cristiano es tomar conciencia de que Dios nos ama y lanzarnos, desde
el amor de Dios, a querer a los hermanos. Viviendo en el amor cristiano,
construye la comunidad
Es
hombre de Iglesia.
Ser cristiano y sentirse Iglesia son dos dimensiones que se implican
mutuamente. Pretender vivir la fe cristiana al margen de la Iglesia es un grave error. El cofrade entiende
la Iglesia como su
espacio natural para vivir la fe. La santidad de la Iglesia no es ocasional ni
fluctuante, sino plena y esencial. Esa es nuestra fe. Y ese es nuestro
gozo porque sabemos que la santidad capital de la Iglesia repercute en beneficio de los miembros que
acogen la gracia de Cristo. Por la santidad de la Iglesia podemos ser santos. Y
por la santidad de sus miembros podemos encontrar apoyo en nuestro
camino de santidad. El cofrade ama y defiende a la Iglesia. Deterioran
la imagen de la Iglesia
los enfrentamientos entre la jerarquía de la Iglesia y alguna asociación
erigida canónicamente. La
Iglesia tiene unos objetivos, unos horizontes y unos
instrumentos de acción que no coinciden con la sociedad civil, con la
que algunos la pretenden confundir. El cofrade entiende y asume la
institución eclesial.
La Iglesia es una en
la misión y diversa en los ministerios.
Más
preocupado por la calidad que por el número.
Importa mucho la selección a la hora de admitir y plantear exigencias a
quienes pretenden ser miembros de las Cofradías. No hay por qué excluir
a nadie que reúna las disposiciones mínimas exigibles; pero no importa
demasiado el número. Debe preocupar la calidad. Hay que tener todo el
respeto y la paciencia necesaria con los ritmos personales de cada uno y
comprensión hacia las debilidades y fragilidades de todos. Pero esto no
debe, en modo alguno, justificar la pereza, no dar pasos hacia una fe
más viva y operante, y contentarse con el hecho de contar muchos
‘apuntados’ pero poco identificados con lo que es una Hermandad o
Cofradía, tal y como la Iglesia pide.
3.
Cargos directivos
El
auténtico cofrade no rehúye los cargos directivos, ni tampoco los busca.
Importa también mucho la elección de los cargos directivos de las
Cofradías. Estos reciben una misión encomendada por
la Iglesia y han de
actuar en su nombre y siguiendo sus orientaciones. Su función no se
reduce a una mera gestión administrativa u organizativa. Se trata de un
apostolado, una responsabilidad, un servicio a la Iglesia. Por ello entraña una peculiar responsabilidad
y comunión. En la Iglesia,
las responsabilidades no se improvisan, requieren condiciones de
idoneidad personal y apostólica, vida eclesial probada, formación,
espiritualidad, compromiso. Es necesario crear nuevas formas de
acompañamiento y comunión en favor del mejor cumplimiento de las
responsabilidades. El estilo de participación y colaboración en la Iglesia no se inspira en la
organización de la vida política o pública, sino en la comunión y
corresponsabilidad, que el Espíritu Santo siembra en el cuerpo eclesial
de Cristo.
Importa
mucho la selección a la hora de admitir y plantear exigencias a quienes
pretenden ser miembros de las Cofradías. No hay por qué excluir a nadie
que reúna las disposiciones mínimas exigibles. Pero no importa demasiado
el número; debe preocuparnos sobre todo la calidad. Hay que tener todo
el respeto y la paciencia necesaria con los ritmos personales de cada
uno y comprensión hacia las debilidades y fragilidades de todos. Pero
esto no debe, en modo alguno, justificar la pereza, no dar pasos hacia
una fe más viva y operante, y contentarse con el hecho de contar muchos
‘apuntados’ pero poco identificados con lo que es una Cofradía, tal y
como
la Iglesia pide.
Si la
formación es muy importante para todos los cristianos, y para todos los
cofrades, debe serlo particularmente para los que son los dirigentes de
las Cofradías, sus Hermanos Mayores o Presidentes de las mismas. Los
dirigentes de una Hermandad, entre los que se encuentra también el
Consiliario, han de constituir un núcleo donde, en primer lugar, se
cultiva la vivencia de los misterios de Cristo que dan contenido a sus
fines; están puestos al frente de las Cofradías para servirlas,
impulsándolas y animándolas. A los dirigentes les corresponde asimismo
actualizar, de acuerdo con la renovación de
la Iglesia, los métodos y actividades relacionadas con sus
fines. Han de fomentar entre sus hermanos y hermanas cofrades el sentido
de pertenencia y la integración en la vida diocesana y parroquial.
Fomentarán entre los asociados la vivencia de los fines propios de
la Cofradía y cuidarán la mejor participación de todos los
cofrades en los actos propios que configuran la vida de la Cofradía favoreciendo una creciente
corresponsabilidad en el desempeño de la índole secular común a todos
los cristianos.
La actitud que han de tener
los que ocupan cargos directivos no puede ser otra que la de Jesús, que
no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida para salvación de
todos. Las actitudes de servicio y de disponibilidad de los miembros de
las Cofradías son las que todos deberían tener, sin buscar los propios
intereses y renunciando a personalismos y a protagonismos indebidos. Los
dirigentes de las cofradías deben dar testimonio de vivir aquellos
contenidos de la espiritualidad de comunión para que sirva de ayuda y
estímulo para los otros miembros. En definitiva, todos los Cofrades
deben buscar el bien de la Iglesia y de la Cofradía y tienen que elegir a los miembros que mejor
puedan realizar los servicios que se necesitan. Los obispos del Sur de
España, en su carta pastoral sobre las cofradías, afirman: “Deseamos que
aquellas personas que ejercen cargos políticos de relieve, en los que
están sometidos a ideologías y a la disciplina de partidos concretos, se
abstengan de participar en el ejercicio del gobierno de las Hermandades,
de las Cofradías y de sus consejos locales, por ser esta la forma más
conveniente de evitar los conflictos de conciencia, de salvaguardar la
coherencia y la libertad de la persona”[19].
Al
recordar estas exigencias no estoy haciendo juicio de nadie, sino
recogiendo el sentir de la Iglesia y vuestro propio
sentir. Algunos de vosotros me lo habéis manifestado en no pocas
ocasiones. Quiero dejar aquí constancia y testimonio de sincero
agradecimiento a los hermanos y hermanas de las Juntas de Gobierno que
estáis cumpliendo este servicio con entrega y con sentido cristiano y
eclesial. Sé que vuestra tarea no es fácil y que, con más frecuencia de
la que pueda parecer, es fuente de sufrimientos.
Conclusión: Una llamada a la conversión y a la renovación
Me dirijo
a vosotros para invitaros a la conversión y a la renovación. Es Dios
mismo quien os llama a volveros a El en este tiempo de gracia que nos
toca vivir. Hoy, época de secularismo y descristianización, de nuevo
paganismo y de increencia ambiental y cultural, no se puede suponer, sin
más, ni la conversión ni la fe por el hecho de que se participe en actos
religiosos cristianos. Por otra parte es tiempo de misión y para
anunciar el Evangelio con hechos y con palabras resulta imprescindible
una renovada adhesión de mente y de corazón, de la persona y de la vida
toda, a Jesucristo.
Dirijamos
todos atentamente nuestra mirada a Jesucristo para aceptarle plenamente
como nuestro único Señor y Salvador. Sigamos a quien es para nosotros el
Camino, la Verdad y la Vida. Nuestro centro de
atención cada día, y de manera singular en los momentos presentes, ha de
ser Jesucristo. Más allá y por encima de los aspectos organizativos, más
allá de los usos y costumbres, todo en la vida cofrade ha de orientarse
a buscar y encontrar a Jesucristo, en
la Palabra, en los sacramentos, en la Iglesia.
De una
manera muy especial pido para vosotros y para mí el regalo de la
conversión. La conversión a Dios tal y como Dios se nos ha revelado en
Jesucristo es, sin duda, el bien más grande que los cristianos podemos
hacer a los hombres y a la sociedad. Y es un bien que el mundo de hoy
reclama de nosotros, también de los cofrades, y que tiene derecho a
pedirnos.
Es verdad
que, como al andar hombres por medio y en el correr de los tiempos, se
han podido mezclar aspectos que desfiguran la propia naturaleza
religiosa y cristiana de estas asociaciones. Ciertamente las formas de
vida y las realizaciones prácticas de las Hermandades y Cofradías, al
igual que otras formas de vida e instituciones de nuestra Iglesia,
necesitan reforma y purificación conforme a las exigencias del
Evangelio. Como dijo el Papa Juan Pablo II en el santuario de Nuestra
Señora del Rocío, vuestras actividades en las Hermandades tienen “mucho
de positivo y alentador, pero se les ha acumulado también... ‘polvo del
camino’, que es necesario purificar!”. Se necesita volver a “las raíces
evangélicas de la fe” en Jesucristo, en las que se asientan las
Hermandades y la religiosidad popular. Es necesaria una verdadera y
sincera conversión, una auténtica reforma, que es, ante todo, renovación
interior de la mente y del corazón, para asemejarnos más a Jesucristo.
Sólo así seremos testigos convincentes de la humanidad nueva que Cristo
ha inaugurado en la tierra.
Queridos
hermanos de las Cofradías de nuestra diócesis de Mondoñedo-Ferrol:
Confío en vosotros. También espero mucho de vosotros. Por ello todos
estamos llamados a renovar, fortalecer y animar nuestras Cofradías. A
todos pido esfuerzo y generosidad. Tenéis todo mi apoyo pero reclamo el
vuestro y vuestra colaboración. Hay que superar inercias y rutinas para
acercarnos a la vida nueva de la Pascua. Al servicio de esto está la normativa
diocesana: los Estatutos ‘marco’ para las Cofradías, para las Juntas de
Cofradías, para la elección de Hermanos Mayores, otras directrices, etc.
No se trata de poner trabas ni dificultades. No hay ningún recelo, ni se
pretende imponer cargas pesadas. Todo es llevadero si lo hacemos con
buen espíritu: el espíritu de fe y el sentido de Iglesia. No veáis otra
cosa en esta Carta que el valor que atribuyo a las Cofradías, y la
certeza de que cuento con vuestra colaboración y vuestro ánimo. Que Dios
y su gracia nos sostengan. No tengamos ningún miedo. Merece la pena esta
renovación. El Señor y la Santísima Virgen nos
ayudarán. Estamos seguros.
Con mi
bendición para todos,
+Manuel
Sánchez Monge,
Obispo de
Mondoñedo-Ferrol
Ferrol, 25
de febrero de 2009. Miércoles de ceniza.
CUESTIONARIO-GUÍA PARA EL ESTUDIO EN
GRUPO DE LA CARTA
PASTORAL:
“LAS
COFRADIAS Y HERMANDADES PENITENCIALES EN EL TERCER MILENIO”
INTRODUCCIÓN
¿En qué se
basa el Obispo para afirmar que las Cofradías ocupan un lugar relevante
en la Iglesia.
¿Qué se
desprende de que las Cofradías sean asociaciones eclesiales y no
meramente culturales?
Comenta la
frase siguiente: “Tampoco las Cofradías, lo sabéis muy bien, son para
lucimiento de nadie, ni para las genialidades o protagonismos de nadie,
ni deben estar al servicio de ningún interés particular, ni de ninguna
apetencia de poder, de imagen o de apariencia”
CAPÍTULO I
¿Cómo
debería celebrar la Semana Santa un cofrade
auténtico?
¿Qué
debería suponer la conversión como un encuentro real con Jesucristo?
Afirma
nuestro Obispo: “Ciertamente las formas de vida y las realizaciones
prácticas de las Hermandades y Cofradías, al igual que otras formas de
vida e instituciones de nuestra Iglesia, necesitan reforma y
purificación conforme a las exigencias del Evangelio”. ¿Cuáles serían en
concreto esa reforma y esa purificación en nuestra Cofradía?
CAPÍTULO
II
¿Qué tres
grandes elementos conforman la naturaleza de una verdadera Cofradía?
¿Cómo
habría que enfocar las procesiones según las indicaciones de Mons.
Sebastián?
1. Las
Cofradías en el interior de
la Iglesia diocesana
¿Qué
implicaciones acarrea el sentirse verdaderamente insertados en la Diócesis? Y en concreto, ¿sumarnos al proceso
evangelizador?
3. Con
elementos comunes y específicos
De los
elementos comunes de toda Cofradía, ¿cuál de ellos sería necesario
potenciar más en la tuya?
4. En la Iglesia, hogar y escuela de
comunión
¿Qué
significa para los cofrades vivir la comunión eclesia? ¿Cómo vivir la
diversidad en la complementariedad?
5. Las
cofradías, mediación para la evangelización
¿Qué os
sugieren las palabras del Papa Benedicto XVI sobre la contribución de
las Cofradías a la ‘nueva evangelización’?
6. Las
Cofradías, mediación para la formación
Las
Cofradías, escuelas de formación de un laicado maduro y misionero, ¿cómo
potenciarlo entre nosotros? ¿Cómo ser sal y fermento evangélico en medio
de nuestra sociedad?
¿Qué
compromisos concretos puede implicar tomarse en serio eso de “valorar la
calidad de sus miembros y no la cantidad” en
la Cofradía a la que pertenezco?
7. Las
Cofradías, mediación para el culto y la espiritualidad laical
Culto como
expresión de fe y unido a la vida
8. Las
Cofradías, mediación para la caridad.
“Sería un
contrasentido grande celebrar la Semana Santa en medio del despilfarro insolidario o en
una actitud que delata una preocupación por salvar lo propio y
despreocuparse de las necesidades ajenas cuando la fila de los parados
crece sin parar, cuando tantas familias sufren verdadera angustia por
falta de trabajo y tantos jóvenes se esfuerzan en vano por encontrar un
primer empleo, cuando se están viviendo a nuestro alrededor situaciones
de pobreza que se hacen insostenibles y que desgarran la familia o
cuando existen tantos millones de hermanos que pasan hambre, víctimas de
nuestra injusticia o de nuestra insolidaridad”.
CAPÍTULO
III
1.
Estatutos renovados
"La
promulgación del Código de Derecho Canónico de
1983 ha hecho necesario adecuar la legislación
diocesana y los Estatutos de las Cofradías y Asociaciones piadosas a la
nueva legislación general de
la Iglesia. Junto a esta tarea se han actualizado los
reglamentos y se han revisado los libros devocionales que contienen las
prácticas de piedad obligatorias o aconsejadas para los cofrades"(DRP
157) ¿Tenéis Estatutos actualizados y aprobados? ¿Los conocen todos y
cada uno de los cofrades?
2. Nuevos
cofrades
¿Cómo
proceder para mejorar la aceptación de cofrades nuevos?
3. Cargos
directivos
¿Qué
obligaciones tienen los Hermanos Mayores y directivos dentro de
la Cofradía y cómo
las cumplen?
BENEDICTO
XVI, A las cofradías de Italia, 27.11.2007.