Muchos de los jóvenes que se
dicen cristianos no van a Misa. Ni siquiera los que van a clase de
religión o asisten a la catequesis. Entre los 18 y los 25 años, ¿estamos
seguros de que más de un 10% va a Misa asiduamente?. Y los que van
tienen que soportar frecuentemente las burlas de sus compañeros. Hoy
entre los jóvenes, ser religioso es algo así como estar mal de la
cabeza. Se puede creer en los astros, en los adivinos, en la magia
blanca o negra. Pero creer en Dios y en Jesucristo levanta sospechas. La
superstición está mejor vista que la verdadera religión. También un
considerable número de cristianos adultos no van a Misa. Es duro pero es
verdad.
Los sacerdotes, los educadores y
los padres y madres de familia cristianos no podemos considerar este
hecho como irreversible. Hemos de examinar seriamente este fenómeno y
tratar de cambiar la tendencia. La participación en la eucaristía es el
ejercicio primordial de la fe cristiana. La Misa "no da igual”, no vale
ir sólo “cuando nos apetece”. Ni vale tampoco refugiarse en aquello de
“a mí no me dice nada” o “los que van a Misa muchas veces son peores que
los demás". Todo esto huele demasiado a subjetivismo, a excusas y a un
menosprecio real de la Eucaristía.
La reacción no puede consistir
en insistir más en las antiguas consideraciones. Si no hay verdaderos
convencimientos y una auténtica valoración personal de la Misa no vamos
a conseguir nada. Hoy los mecanismos de la mera imposición, del castigo
o del temor no funcionan. Tenemos que despertar en los cristianos
jóvenes una estima y valoración personal de la Eucaristía como una
necesidad para la propia vida. ¿Cómo? Esa es la cuestión.
Primero y principal,
desarrollando en nosotros esa misma estima y valoración. Si los jóvenes
ven que sus padres no van a Misa, si ven que algunos cristianos adultos
comprometidos tampoco van, y todo esto ocurre con el silencio resignado
de los sacerdotes, es lógico que saquen la conclusión de que se trata de
algo poco importante. Primero de todo: dar buen ejemplo, sentir, vivir,
sacudir la pereza y el respeto humano. ¿Y después?
Junto con el testimonio de las
personas cercanas y valoradas, los jóvenes necesitan una buena
presentación de los valores fundamentales de la Eucaristía. Unas buenas
catequesis, atractivas, inteligibles y personalmente asimiladas harán
surgir y crecer la estima y la valoración de la Eucaristía. Con tiempo,
de manera muy personal.
La estima de la Eucaristía tiene
que apoyarse en unas ideas claras y en unas experiencias vividas.
Podemos decir que la Eucaristía es la asamblea festiva de la comunidad
cristiana, pero si los jóvenes nos ven serios y aburridos, no volverán a
celebrarla. Si la Palabra de Dios no se proclama convenientemente y las
homilías son largas y aburridas, no lograremos convencerles de que en la
Escritura podemos encontrar luz, apoyo y estímulo para nuestra vida. Si
no participamos en el banquete eucarístico o comulgamos de cualquier
manera, sin la debida preparación, ¿cómo convenceremos de que la
Eucaristía es el alimento de la vida diaria del cristiano. Si al salir
de la Misa no nos comprometemos en el trabajo por la fraternidad y la
justicia entre los hombres, ¿cómo podrán entender que la Eucaristía nos
transforma por dentro y nos capacita para cambiar el mundo en que
vivimos?
Junto con unas buenas
catequesis, en la parroquia, en el colegio y en la propia familia, es
importante hacer algunas celebraciones en plan catequético, explicando
cada día una cosa. Se pueden intercalar explicaciones de dos o tres
minutos al comienzo, antes del momento penitencial, antes o después de
las lecturas, en el momento del ofertorio, al comenzar la Plegaria
eucarística, al final de la misma, antes o después de la Comunión. Hay
que ayudar a los jóvenes a vivir la Misa por dentro, a entrar en ella
con la fe y con el corazón, a rezarla y gustarla personalmente.
La Misa de los domingos tiene
que ser una Misa de la comunidad, con asistencia y participación
espiritual de las familias cristianas enteras. Y de todos los grupos o
comunidades de la parroquia. Pero entre semana se pueden celebrar Misas
explicadas y compartidas con pequeños grupos homogéneos, con los chicos
de la catequesis, con los de los diferentes cursos de los colegios, con
un grupo de familias o de jubilados. Todo, menos la inercia y la falsa
resignación.
Quiero animaros a todos a hacer
este esfuerzo de renovación. Un cristiano que no vive habitualmente la
Eucaristía es un cristiano desnutrido, raquítico, condenado a la
esterilidad espiritual y a la deserción eclesial y religiosa. Una
comunidad cristiana donde muchos de sus miembros prescinden
habitualmente de la Eucaristía, es una comunidad empobrecida, sin
aliento espiritual y predispuesta para ser colonizada por las ideas y
las costumbres de la indiferencia religiosa y del desconcierto moral. En
cambio la Misa, bien celebrada, es un gozo inmenso. Hay muchos
cristianos que no saben lo que se pierden.
