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¿Cuaresma y alegría? Parece pura contradicción. Y sin embargo la cuaresma es
el camino que nos conduce a la Pascua, la gran fiesta cristiana, la fiesta
de la alegría por excelencia. Faltan cuarenta días para la Pascua, se nos
anuncia al comenzar el itinerario cuaresmal. No es un tiempo de tristeza,
sino de alegría. Hemos de prepararnos sin tardanza para la gozosa
resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Nada menos que cincuenta días de
alegría pascual. Porque un día es poco para tanta dicha. Hay que descubrir
el gozo que perdura. La Pascua cristiana no termina nunca, no tiene ocaso.
Lo primero no son, por favor, mortificaciones y culpabilidades. Vivir la
Cuaresma en negativo sería casi blasfemo. No mortificaciones, sino
vivificaciones; penitencias para la conversión; no culpa, sino gracia. Los
sacrificios son para la generosidad. Las mortificaciones nos llevan a una
vida mejor.
Conversión
La Cuaresma es un tiempo gozoso, aunque no siempre resulte divertido. Porque
se nos pide un esfuerzo continuado. También se le pide al atleta que ha de
participar en una olimpíada, y sin embargo se entusiasma sólo con
participar. Igualmente se le pide al artista que crea, y nada le llena tanto
como acariciar su obra bien lograda.
La Cuaresma no es privación, sino enriquecimiento. No es negatividad, sino
creatividad. Es un esfuerzo por renovar, construir y conquistar. Ayuda a
crecer, a rejuvenecerse, a desarrollar las mejores cualidades, a estar más
contentos con nosotros mismos. El compromiso hacia fuera no tardará en
llegar. La conversión puede exigir a veces una terapia liberadora. Hay que
renunciar a todo lo caducado, a todo lo que en nosotros se ha pasado de
fecha. A nada que nos miremos dentro descubriremos actitudes, reacciones y
comportamientos que se nos han quedado viejos. Son como los quistes o las
verrugas que nos afean.
Convirtámonos a la vida y a la felicidad. Cuando sentimos la vida interior,
cuando nos centramos en el amor, cuando captamos y compartimos la vida de
los demás, cuando nos abrimos al misterio de la vida, entonces
experimentamos la libertad y el gozo de existir. Nos convertimos, no en
poseedores, sino en adoradores; no en coleccionistas de arte, sino en
artistas; no en repetidores, sino en creadores. El que ‘es’ siente, vibra,
crea, crece, ama, vive. Es calidad de vida. Apegarse al tener es otra cosa.
Porque poseer es apego, endurecimiento, idolatría. El tener cosifica y
deshumaniza. Lo que ganamos en cantidad de vida, lo pierdes en calidad.
Tener es un ídolo que exige un alto precio a cambio de casi nada. Vendemos
nuestra libertad y nuestros derechos de primogenitura a cambio de un plato
de lentejas. Tener pone un sello económico en tu trabajo y en todas nuestras
relaciones. En adelante, no tendremos las cosas, serán las cosas las que se
adueñarán de nosotros. ¡No seamos esclavo! Crucifiquemos el ansia de tener,
la avaricia, la cosificación de la vida. Entonces podremos ser, y podremos
tener cosas, pero redimidas, como medio y no como fin. Seremos más libres y
más felices. Porque feliz no es el que más tiene, sino el que menos
necesita.
Convirtámonos al amor solidario. La vida y la felicidad están en el amar, en
el compadecer, en el compartir, en el vivir con y para los demás. Nuestro
vivir es con-vivir. Vivir en solidaridad es calidad de vida, porque el otro
es para nosotros, no rival, sino estímulo y complemento de nuestra
personalidad. Crucifiquemos el egoísmo y el individualismo. Rompamos esa
tendencia a encerrarnos y clausurarnos en nosotros mismos. El egoísmo va
matando en ti el amor, que es la auténtica vida: «el que no ama está
muerto». El individualismo nos convierte en seres odiosos y recelosos. El
narcisismo nos transforma en seres infantiles y estúpidos. El egoísmo es
también injusto, por no ofrecer a los demás lo que tienen derecho a recibir
de nosotros. Compartamos bienes y talentos, que para eso se nos han dado.
Abandonemos posturas cómodas no solidarias. Salgamos de nuestros refugios y
pongámonos en camino. Con los ojos, las manos y el corazón bien abiertos.
Enseguida encontraremos compañeros de viaje y hombres tirados en la cuneta.
No cerremos los ojos ni pasemos de largo: como el samaritano bueno podemos
acercarnos, compadecernos y hacernos solidarios. Aprenderemos la alegría del
compartir. Así seremos semejantes a Dios, que es comunión de vida. Y
prolongaremos sus manos bienhechoras en la vida de los hombres.
Convirtámonos a la verdadera oración. Al orar nos abrimos al Ser, nos
dejamos invadir por el Amigo y contemplamos, agradecemos, adoramos y amamos.
Orar es entrar dentro de nosotros mismos para poder descubrir a Dios
en nuestra más íntima intimidad. Y, al mismo tiempo, es descubrir al Dios
presente en las demás personas, en los acontecimientos de la vida, en la
naturaleza toda. Orar es dejarse interpelar por la palabra de Dios, es
acercarnos al ‘libro vivo’ que es Jesucristo. Orar es entrar en la verdad y
la profundidad de todo, ver y escuchar, sentir y comprender y trabajar y
relacionarse y amar. Abandonemos, pues, la superficialidad, la dispersión,
la algarabía interior. Hay mucho ruido en nosotros y mucho vacío. Para poder
orar, necesitamos podar cantidad de apegos y desviaciones. Los excesos en el
tener, en el comer y en el disfrutar, adormecen, embotan la sensibilidad e
impiden el encuentro con lo que está más allá de lo sensible. El ayuno
purificador es un buen ejercicio cuaresmal. Busquemos el silencio. Los
ruidos, las distracciones y las preocupaciones nos impiden oír la palabra
del hermano y la Palabra de Dios. Ayunemos de palabras y deseos inútiles. El
silencio exterior e interior ayudan a entrar en el misterio. Concéntremonos.
Somos complicados y estamos agitados, inquietos, nerviosos, a veces rotos
por dentro. Nos falta tiempo y nos sobran prisas. Así no podremos orar. Es
cuestión de pacificarse. Es cuestión de relativizar y buscar prioridades,
aceptando limitaciones. Es cuestión de organizarse. La Cuaresma nos puede
ayudar a comprender que sólo Dios basta.
Un corazón nuevo
La metáfora ya es muy conocida, pero tiene hondura. Hay una operación
radical a la que todos podemos someternos: es la operación de corazón. No es
cuestión de limpiar o trasplantar una arteria o de poner una válvula más o
menos. Es un trasplante total. "La enfermedad que padece el mundo, la
enfermedad principal del hombre, no es la pobreza o la guerra, es la falta
de amor, la esclerosis del corazón”. Es el diagnóstico de Madre Teresa de
Calcuta. O sea, que tenemos el corazón necrosado, un corazón de piedra.
Necesitamos que nos pongan un corazón nuevo. Y que Dios nos haga transfusión
de su sangre, oxigenada con el aire del Espíritu. Pero no nos
asustemos. Lo "gracioso" es que este trasplante ni cuesta ni supone tanto
sacrificio. Es más un don que una operación, es más una gracia que una
terapia. Lo único necesario es que nos dejemos cambiar.
Necesitamos un corazón nuevo que sea de veras corazón, un corazón tejido de
ternura y benevolencia, un corazón grande y sensible, un corazón compasivo y
misericordioso. O sea, un corazón parecido al Corazón de Dios. La
misericordia es lo que define a Dios. Cuando Moisés quiere conocer su
gloria, es decir, su intimidad, su realidad más profunda, y le pregunta por
su nombre, recibe esta respuesta: «Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y
compasivo, tardo a la ira y rico en bondad y fidelidad» (Ex. 34, 5-7).
Compasivo y misericordioso. En hebreo son palabras tomadas de los
sentimientos y gestos maternales. Dios es Padre con entrañas maternales.
Siente como una madre cuando lleva a su hijo dentro. Dios se conmueve por
sus hijos hasta la compasión y la ternura. Esta misericordia de Dios se ha
manifestado definitivamente en Jesucristo. Por eso se le conmovían
fácilmente las entrañas: ante el enfermo, ante el hambriento, ante el
pecador, ante todo el que sufría.
¿Qué se nos pide en esta Cuaresma?
Solamente una cosa, que nuestro corazón rebose misericordia para poder
acercarnos y acercar a los demás a infinita misericordia del Dios de
Jesucristo. ¿Eso es poca cosa? Es lo más grande que podemos hacer, la
Cuaresma más hermosa que podemos practicar. La más hermosa y la más
necesaria. Porque vivimos en un mundo sin misericordia. Un mundo duro, frío,
competitivo: un mundo que crea soledad, que divide y enfrenta a los hombres.
Un mundo deshumanizado, sin entrañas, sin corazón. En este mundo nuestro no
hay misericordia para los vencidos, para los débiles, los pobres, los
ancianos, los enfermos y minusválidos, para las víctimas, para los
fracasados.
Cuaresma: en ella queremos entrar como camino para llegar a la alegría
pascual un poco más resucitados.
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