diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                                                                  testigos del amor más grande          

                                                                     

 
 
 
   

 

 

 

 

 

El Padre os ama

 

Es la buena noticia de Jesús. Se encuentra así como suena en el evangelio de S. Juan. San Pablo, por su parte, llama a los cristianos los ‘amados de Dios’. Hay que experimentar el amor de Dios. Es tan fuerte como el amor del padre y tan entrañable como el amor de la madre. Es apasionado como el amor de los novios y llega hasta la ‘locura’: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Verdaderamente el amor de Dios hacia nosotros es excesivo. Dios se pasa siempre amando a los hombres. Dios nos ama gratis y n os quiere con un amor incondicional.

 

El sacerdote es testigo de un amor así en medio de nuestro mundo. Justamente donde brilla el amor fugaz, no comprometido y lleno de condiciones. El sacerdote ha experimentado el amor de Dios y no puede menos de pregonarlo.

 

 

 

Hablar de Dios

 

Hablar del Dios que ama a los hombres es una necesidad para quien lo siente de verdad. ¿Cómo no contar que el amor de Dios, como el del Padre del pródigo, es un amor que respeta la libertad, que espera el retorno, que se adelanta, que besa y abraza, que ‘restituye’ en la condición de hijo que –para el padre- nunca perdió? Es imposible resistir la tentación de hablar de un Dios que nos dice a los pecadores. “Yo tampoco te condeno. Vete en paz y en adelante no peques más”. O “a quien mucho ama, mucho se le perdona”.

 

No tenemos palabras para expresar la hondura del amor de Dios que vivimos cada día. Pero necesitamos hablar de él porque nos quema en el corazón. Dios mismo pone sus palabras en nuestros labios impuros para que hablemos en su nombre. ¡Qué suerte la nuestra!Un corazón samaritano.

 

El amor de Dios es más que palabras. Por eso Cristo lo anunció con obras y con palabras. El es quien se acerca a todo hombre malherido y marginado para curarle con el vino del consuelo y el aceite de la alegría. Por eso el sacerdote necesita un corazón de padre donde quepan los sufrimientos de sus hijos. Un corazón capaz de conmoverse ante tanta miseria para derramar sobre el mundo la misericordia de Dios.

 

 

 

Necesitamos sacerdotes

 

¿Cómo van a oír hablar de Dios si no hay ministros que se lo anuncien? Es la queja San Pablo (Cf. Rom 10, 14-15). Se necesitan sacerdotes. Y Dios sigue poniendo en el corazón de algunos el deseo de vivir y comunicar su amor a los hombres. Dios sigue llamando. Y con voz potente. Pero muchos se dedican a otras músicas y no tienen oído para la música de Dios. O tienen miedo para dar un sí sostenido.
 

 


El Seminario

 

El Seminario no es sólo un gran edificio. Es un tiempo para aprender a escuchar la música de Dios. Y para aprender a interpretarla de modo que la entienda la gente de hoy. Por eso forma y acompaña. Y sobre todo ayuda a reconocer las huellas del amor de Dios, donde quiera que se encuentren.

 

Tenemos un grupito de seminaristas. Los llevo muy dentro junto con sus formadores. Pero necesitamos más, muchos más. Es cosa de todos animar a los adolescentes y jóvenes que se sientan llamados a vivir exclusivamente dedicados a anunciar con obras y con palabras el amor de Dios, siempre lleno de sorpresas. El sacerdocio, dijo San Agustín, es ‘oficio de amor’. Al Señor de la mies le pedimos que nos bendiga con nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal.

 

 

De corazón os bendigo.

 

 

    

   
   
   
   
   
   
 

13 de marzo de 2007

   
   
   
 
 

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